Trump: “Make America Great Again”? Javier Méndez Llera, secretario general del Instituto Español de Analistas Financieros

29/11/2016

Muchos analistas financieros hemos intentado profundizar sobre las escasas manifestaciones respecto de su pensamiento económico que el nuevo Presidente ha realizado a lo largo de su atípica –y, sin duda, polémica– campaña electoral reciente. A la hora de escribir estas líneas tampoco teníamos noticias sobre el grueso de lo que será su equipo económico para estos cuatro años, que empezarán desde el próximo mes de enero*. ¿Qué sabemos hasta ahora? Hay tres grandes líneas de actuación que sí conocemos y cuya implementación (sin más información de la que disponemos en estos momentos) podrían generar impactos económicos y financieros relevantes; algunos de ellos positivos, pero otros (quizás bastantes) con efectos claramente negativos.

La primera de ellas se refiere a un deseo de limitar en EE.UU. (probablemente no hacer desaparecer) el proceso de liberalización del comercio internacional que la reciente globalización de la actividad económica ha traído consigo y a la que podemos sumar su deseo de poner en práctica una deportación masiva de inmigrantes. La segunda se centra en un plan de recorte de impuestos muy significativo y la tercera se estructura en torno a un importante relanzamiento de infraestructuras del país (“infrastructures that will be second to none”).

Como intentaré explicar a continuación, esta combinación de políticas nos genera un conjunto de expectativas de impacto económico en el medio plazo. Primero, de relanzamiento de la economía interna (deseable; positiva). Segundo, un probable incremento del gasto público, del déficit y de la deuda (sin duda, negativo, al margen de que puedan ser cómodamente financiados). Todo ello, en tercer lugar, puede acabar presionando al alza los tipos de interés a medio-largo plazo (no necesariamente malo per se) con vistas a contener las previsibles presiones inflacionistas. Y en cuarto lugar, un efecto colateral que sería la revalorización del dólar que, a la postre, puede acabar generando el efecto contrario al deseado, ya que sería especialmente gravoso para la actividad manufacturera del país, al margen del impacto en terceras economías.

¿Tiene razón el nuevo Presidente cuando se embarca en un proceso de revisión de los grandes tratados de comercio con el resto del mundo (Pacífico, Canadá, Europa)? Obviamente, esta iniciativa tiene un profundo trasfondo político. En términos económicos, habría que valorar hasta qué punto decisiones radicales en este sentido pueden generar disrupciones en los suministros de la actividad económica interior y en las ganancias de productividad que necesita la economía estadounidense para hacerse más competitiva. Ligado de alguna forma a lo anterior, la salida masiva (si así fuese el caso) de mano de obra (inmigrante) podría reducir el tamaño de la fuerza laboral, que acabaría presionando al alza los salarios; una receta peligrosa para la productividad y las expectativas inflacionistas. Algunos “think tanks” americanos la establecen en torno a un 5% de la masa laboral.

El otro elemento definidor de su campaña se centra en su deseo de proceder a una reducción muy agresiva de los impuestos. En este momento no tenemos información precisa al respecto y, por otro lado, será necesaria una negociación no sólo con la oposición Demócrata sino también otra negociación interna dentro del Partido Republicano de cara a su implementación efectiva. ¿Cuál será el nuevo tipo del Impuesto de Sociedades? (Trump ha indicado que lo quiere ver en el 15%) o si al final se implementa un IRPF (“Income Tax”) con sólo tres escalas de gravamen. ¿Desaparecerán muchas deducciones? De todo ello poco sabemos en este momento. Sin duda, unos impuestos más efectivos en términos de capacidad recaudatoria serán una noticia positiva, pero dependiendo de los niveles que alcancen los recortes impositivos, junto con una política fiscal muy expansiva (las famosas infraestructuras) se puede acabar presionando el déficit fiscal y, a la postre, el nivel global de deuda pública. A estos efectos, EE.UU. goza de una ventaja indudable a la hora de financiarse al tener una divisa de referencia en el mundo, pero también los mercados financieros tenderán a descontar un sobreendeudamiento con desplazamientos al alza de la curva de tipos de los “Treasuries” en mayor cuantía del descuento que se hace en estos momentos. El efecto también puede desplazarse a los mercados internaciones de deuda gubernamental en un momento quizás poco propicio para ello.

Lo anterior, sin duda, está relacionado con la política monetaria que pueda poner en práctica la Reserva Federal norteamericana para acompañar lo que parece, de entrada, una política fiscal de signo fundamentalmente expansivo. Todos sabemos que la política monetaria de la FED es independiente de las decisiones del Gobierno, pero también dependerá del inquilino(a) de la misma. ¿Seguirá Ms Yellen? (su mandato termina en 2018) ¿Se nombrará un nuevo responsable de la FED más “halcón” o “paloma”?

Suponiendo que todo nos lleva hacia un escenario de tipos al alza, ello tendrá consecuencias en varios frentes. En primer lugar, como decíamos, una apreciación del dólar USA, haciendo sufrir a los exportadores americanos e incrementando los efectos del “nuevo proteccionismo”. También la subida del dólar seguirá comprometiendo los niveles de deuda emitidos en esta moneda de un conjunto muy significativo de países emergentes. Por otro lado, un dólar fuerte incrementará la capacidad de mayor endeudamiento de los EE.UU. al facilitar los flujos de capital hacia este país y, por tanto, permitiendo una cómoda financiación de una política fiscal expansiva, lo que la puede retroalimentar. Al mismo tiempo, se pueden producir disrupciones en los mercados de bonos en momentos sensibles por los altos niveles de deuda emitidos en los mercados de renta fija, ya que varios bancos centrales (muy especialmente nuestro BCE europeo) mantienen políticas monetarias expansivas (sin que haya visos de que esto cambie en los próximos meses al calor de las recientes declaraciones del gobernador Dragui); políticas que llevan en vigor ya mucho tiempo y que muchos analistas piden que se reconsideren al calor de los desequilibrios financieros que se podrían estar generando.

En definitiva, el “recetario” de la futura Administración Trump, en estos momentos, apunta a una economía fuertemente estimulada hacia el crecimiento económico. Lo anterior es consistente con el ideario político de una mejora de las condiciones de los ingresos personales para el americano medio. Este último punto debe ser valorado cómo positivo en tanto y en cuanto se pueda generar un cierto trasvase de rentas hacia capas muy castigadas por la significativa subida de los índices de desigualdad económica en este país. Y no olvidemos que el Presidente electo hizo de ello la bandera fundamental de su discurso político, lo que le ha permitido que el sólido sistema democrático americano le haya aupado a la presidencia del país.

Por lo tanto, la legitimidad política no puede ser puesta en duda. Faltaría más. Ello, no obstante, no debe hacernos olvidar que la ortodoxia económica debe imperar, incluso ante tensiones políticas y sociales de importante calado ya que, como he intentado desarrollar en las líneas anteriores, incluso los más nobles objetivos políticos pueden volverse en la contra de sus promotores si no se produce un planteamiento equilibrado de las medidas económicas para implementarlas.

* Nota del editor: Donald Trump acaba de elegir al inversor multimillonario Wilbur Ross como secretario de Estado de Comercio

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