El fin del liberalismo de la identidad Mark Lilla es profesor de Humanidades en la Universidad de Columbia

12/12/2016

Es obvio que Estados Unidos se ha convertido en un país más heterogéneo. También es algo bonito de ver. Visitantes de otros países, sobre todo de aquellos que tienen problemas al incorporar diferentes etnias y creencias, están admirados de lo que hemos conseguido. No de forma impecable, por supuesto, pero sin duda mejor que cualquier país europeo o asiático. Es un éxito rotundo.

¿Pero cómo debería esta diversidad configurar nuestra política? La respuesta liberal estándar durante casi una generación ha sido que deberíamos tener en cuenta y “celebrar” nuestra diversidad. Lo que es un estupendo principio de moral pedagógica (pero nefasto como cimiento de políticas democráticas en nuestra era ideológica). En los últimos años, el liberalismo americano ha caído en una especie de pánico moral ante la identidad racial, sexual y de género que ha deformado el mensaje del liberalismo y ha impedido que se convirtiera en una fuerza unificadora capaz de gobernar.

Una de las muchas lecciones de la reciente campaña de las elecciones presidenciales y su repugnante resultado es que la era del liberalismo basado en la identidad debe llegar a su fin. Hillary Clinton se mostraba en sus mejores y más estimulantes momentos cuando hablaba de los intereses americanos en el mundo y de cómo se identifican con nuestra concepción de la democracia. Pero en lo que se refiere a la vida doméstica, en la campaña tendió a perder esa amplitud en su visión, cayendo en la retórica de la diversidad, apelando explícitamente a afroamericanos, latinos, L.G.B.T. y mujeres cada dos por tres. Fue un error estratégico. Si se mencionan las minorías en Estados Unidos, es mejor que se mencionen todas. Si no, aquellos que hayan sido omitidos se darán cuenta y se sentirán excluidos. Y, como muestran los datos, esto es lo que pasó exactamente con la clase trabajadora blanca y con aquellos sectores del electorado con firmes convicciones religiosas. Dos tercios de votantes blancos sin título universitario votaron a Donald Trump, al igual que lo han hecho más del ochenta por ciento de votantes blancos de religión evangélica.

La energía moral que rodea a la identidad ha tenido, por supuesto, muchos buenos resultados. La discriminación positiva ha redefinido y mejorado la vida corporativa. La iniciativa “Black Lives Matter” (“Las vidas negras importan”) ha lanzado una llamada de atención a la conciencia de todos los estadounidenses. Los esfuerzos de Hollywood por normalizar la homosexualidad en nuestra cultura popular ayudaron a normalizarlo en las relaciones familiares y la vida pública.

Pero la fijación con la diversidad en nuestras escuelas y en la prensa ha engendrado una generación de liberales y progresistas egocéntricamente inconscientes de la realidad fuera de sus grupos autorreferenciales e indiferentes a la tarea de acercarse a los estadounidenses de cualquier condición social. Nuestros hijos están siendo alentados desde edades muy tempranas a hablar de sus identidades individuales, incluso antes de que las tengan. Para cuando llegan a la universidad, muchos asumen que el discurso de la diversidad agota el discurso político, de modo que aunque resulte increíble, poco tienen que decir sobre cuestiones eternas como la clase, la guerra, la economía y el bien común. Esto, en gran parte, es debido a los currículos de historia que se imparte en los institutos, que proyectan anacrónicamente las identidades políticas de hoy en el pasado, creando una imagen deformada de las fuerzas y de las personalidades principales que configuraron nuestro país. (Los logros de los movimientos por los derechos de las mujeres, por ejemplo, fueron reales e importantes, pero no se pueden entender sin antes comprender el logro de los Padres Fundadores al establecer un sistema de gobierno basando en la garantía de los derechos.)

Cuando los jóvenes llegan a la universidad, se les anima a mantener esta fijación sobre ellos mismos por la acción de grupos de estudiantes, miembros de sus facultades y también funcionarios cuyo trabajo a tiempo completo consiste en tratar –y aumentar el sentido de– “cuestiones de diversidad”. Fox News y otros medios de comunicación conservadora se burlan de la “locura de campus” que rodea tales asuntos, y las más de las veces hacen bien en ridiculizarla. Se lo ponen en bandeja aquellos populistas demagogos que quieren deslegitimar el aprendizaje a ojos de quienes nunca han puesto pie en un campus. ¿Cómo explicar al votante medio la supuesta necesidad moral de dar a los estudiantes universitarios el derecho de elegir el pronombre de género que quieren que se use para dirigirse a ellos? ¿Cómo no reírse con esos votantes con la historia de un bromista de la Universidad de Michigan que cuando se le preguntó cómo quería que se dirigieran a él respondió “Su Majestad”?

Esta consciencia de diversidad en los campus se ha filtrado a los medios liberales durante años, y no de forma sutil. La discriminación para mujeres y minorías en periódicos y medios audiovisuales estadounidenses ha sigo un logro social extraordinario –e incluso ha cambiado, en el sentido más literal, la cara de los medios de comunicación de derechas, a medida que periodistas como Megyn Kelly y Laura Ingraham han ganado importancia–. Pero también parece haber alentado la suposición, especialmente entre jóvenes periodistas y editores, de que simplemente por centrarse en la identidad han cumplido su trabajo.

Hace poco realicé un pequeño experimento durante un año sabático en Francia. Durante un año entero solo leí publicaciones europeas, no americanas. Mi intención era intentar ver el mundo como lo hacían los lectores europeos. Pero fue mucho más instructivo regresar a casa y darme cuenta de cómo la lente de la identidad ha transformado la información estadounidense en los últimos años. Cada cuánto, por ejemplo, la historia más floja del periodismo americano –sobre el “primer X en hacer Y”– se cuenta y se vuelve a contar. La fascinación por el drama de la identidad ha afectado incluso a la información sobre el exterior que, lamentablemente, no abunda. A pesar de todo lo interesante que pueda resultar, por ejemplo, leer sobre la suerte de las personas transgénero en Egipto, ello no contribuye a ilustrar a los estadounidenses acerca de las poderosas corrientes políticas y religiosas que determinarán el futuro de Egipto, e indirectamente, el nuestro. Ningún de los principales medios en Europa pensaría en adoptar tal enfoque.

Pero es en el terreno de la política electoral donde el liberalismo ha fallado más espectacularmente, como acabamos de ver. La política nacional en periodos prósperos no gira sobre “diferencia”, sino sobre lo común. Y ganará quienquiera que atraiga mejor la visión de los estadounidenses sobre nuestro destino compartido. Ronald Reagan lo hizo muy hábilmente, independientemente de lo que uno piense de su enfoque. Y también Bill Clinton, quien tomó ejemplo de Reagan. Despojó al Partido Demócrata de su ala de progresismo identitario, concentró sus energías en programas nacionales que beneficiarían a todos (como un seguro médico nacional) y definió el papel de Estados Unidos en el mundo tras 1989. Y al estar en el gobierno durante dos mandatos pudo lograr mucho para diferentes grupos en la coalición demócrata. La política de identidad, en cambio, es sobre todo expresiva, no persuasiva. Esto es por lo que nunca gana elecciones –pero puede perderlas–.

El recién descubierto, casi antropológico, interés de los medios de comunicación en el “airado hombre blanco” revela tanto sobre el estado de nuestro liberalismo como lo hace sobre esta difamada, y previamente ignorada, figura. Una interpretación liberal adecuada de las recientes elecciones presidenciales sería que el señor Trump ganó en gran medida porque consiguió transformar la desventaja económica en furia racial — la tesis del whitelash*. Y esto es significativo porque sanciona la convicción de superioridad moral de los liberales que permite a estos ignorar lo que aquellos votantes dijeron que eran sus principales preocupaciones. También alienta la fantasía de que la derecha republicana está condenada a la extinción demográfica a largo plazo, lo que significa que los liberales sólo tienen que esperar a que el país caiga en sus manos. El sorprendentemente alto porcentaje de voto latino que ha ido a parar a Trump debería recordarnos que cuanto más tiempo permanezcan los grupos étnicos en este país, más políticamente diversos se harán.

Finalmente, la tesis del whitelash resulta cómoda porque absuelve a los liberales de la necesidad de reconocer que su propia obsesión con la diversidad ha alentado a estadounidenses blancos, rurales y religiosos a verse como un grupo desfavorecido cuya identidad está siendo amenazada o ignorada. Estas personas no están realmente reaccionando contra la realidad de nuestra América plural (tienden, después de todo, a vivir en áreas homogéneas del país). Sino que reaccionan contra la omnipresente retórica de la identidad, que es lo que entienden por “corrección política”. Los liberales deberían tener en cuenta que el primer movimiento identitario en la política de Estados Unidos fue el “Ku Klux Klan”, que aún existe. Aquellos que juegan al juego de la identidad deberían estar preparados para perderlo.

Necesitamos un liberalismo postidentitario, y debería partir de los pasados éxitos del liberalismo preidentitario. Tal liberalismo se centraría en ampliar su base, dirigiéndose a los estadounidenses en tanto que estadounidenses y enfatizando los problemas que afectan a la gran mayoría de ellos. Hablaría al país como una nación de ciudadanos que están juntos en esto y que deben ayudarse unos a otros. Y para asuntos más específicos que están muy cargados simbólicamente y que pueden alejar potenciales aliados –sobre todo aquellos que se refieren a sexualidad y religión–, dicho liberalismo debería conducirse de forma discreta, con sensibilidad y con sentido de la proporción. (Para parafrasear a Bernie Sanders, América está harta de oír hablar a los liberales sobre “los malditos cuartos de baño”*.)

Los profesores comprometidos con tal liberalismo deberían volver a enfocar la atención en las principales responsabilidades políticas que les incumben en una democracia: alentar la conciencia de ciudadanía y formar ciudadanos comprometidos con su sistema de gobierno y con los principales poderes y acontecimientos de nuestra historia. Un liberalismo postidentitario también debería insistir en que la democracia no se trata solamente de derechos; también establece deberes para sus ciudadanos, como los deberes de mantenerse informado y votar. Una prensa liberal postidentitaria empezaría informándose sobre áreas del país que han sido ignoradas y sobre lo que importa allí, especialmente la religión. Y se tomaría en serio su responsabilidad de ilustrar a los estadounidenses sobre las principales fuerzas que configuran la política mundial, sobre todo su dimensión histórica.

Hace algunos años me invitaron a una convención en Florida para hablar en un seminario del famoso discurso de las Cuatro Libertades de Franklin D. Roosevelt, de 1941. La sala estaba llena de representantes de organizaciones locales –hombres, mujeres, negros, blancos, latinos–. Empezamos cantando el himno nacional, y después nos sentamos para escuchar una grabación del discurso de Roosevelt. Mientras miraba a la multitud y veía el conjunto de razas distintas, me quedé asombrado de cómo su actitud de concentración expresaba todo lo que compartían. Y al escuchar la emotiva voz de Roosevelt mientras apelaba a la libertad de expresión, a la libertad de culto, a la libertad frente al miedo y a la miseria –libertades que Roosevelt exigía para “todas las personas del mundo”– me acordé de cuáles son los verdaderos cimientos del liberalismo americano moderno.

Traducción de Clara Ayuso


Nota del traductor. El término liberal alude a su acepción anglosajona equivalente a progresista.
* Whitelash: juego de palabras entre white, blanco, y backlash, reacción violenta.

* Referencia al caso actualmente pendiente de decisión del Tribunal Supremo sobre la obligación de los centros educativos de habilitar un tercer cuarto de baño para alumnos transgénero.

Texto reproducido con permiso del autor, publicado en The New York Times con el título “The End of Identity Liberalism” (18/11/2016).
http://www.nytimes.com/2016/11/20/opinion/sunday/the-end-of-identity-liberalism.html?_r=0 

Lilla ha publicado también en Cuadernos de Pensamiento Político nº 33 “La inocencia política” http://fundacionfaes.bluecell.es/file_upload/publication/pdf/20130423222454la-inocencia-politica.pdf