Tras la victoria de Donald Trump José Herrera, director del área Internacional de la Fundación FAES

10/11/2016

El 9 de noviembre de 1989 el mundo moderno inició una nueva era con el derribo del Muro de Berlín. Hoy, el día en el que se cumplen 27 años de aquel acontecimiento histórico, los norteamericanos han elegido un presidente cuyas principales propuestas conocidas son la construcción de muros contra la inmigración y barreras contra el comercio y la libertad económica.

Los Estados Unidos han demostrado su fortaleza como sociedad y la solidez de sus instituciones en momentos tan traumáticos como los atentados terroristas del 11S o la crisis financiera de 2008. De ahí que la profunda división con la que culmina esta campaña presidencial pueda y deba ser superada lo antes posible.

Tanto el Partido Republicano como el Partido Demócrata deben hacer una profunda reflexión sobre las razones que han llevado al triunfo de Trump, pero sobre todo sobre la responsabilidad histórica que afrontan. El Partido Republicano, cuya división interna permitió la irrupción en la política del hoy presidente electo, ha obtenido una importantísima mayoría en Congreso y Senado que debe servir para promover las reformas necesarias, pero también y muy especialmente para garantizar la separación de poderes y ejercer sus "checks and balances", unos límites y controles al poder presidencial que se antojan hoy más necesarios que nunca.

Por su parte, el Partido Demócrata sale profundamente herido de esta elección. América necesita un partido demócrata moderado como el que habitualmente ha participado en los grandes consensos. Sería un gravísimo error que la principal consecuencia de la derrota de Hillary Clinton fuera el escoramiento del partido hacia la extrema izquierda populista, tal y como ha ocurrido al Partido Laborista del Reino Unido o a otros partidos tradicionalmente socialdemócratas. Es de desear que sus responsables acierten en la gestión de esta grave crisis y la resuelvan de manera urgente.

Se equivocan quienes apuntan que Trump ha ganado porque le han votado solamente los hombres blancos mayores de 65 años, procedentes de la "América profunda" y de baja formación. Se trata de una simplificación absurda. Entre sus casi sesenta millones de votantes hay hombres y mujeres de diferentes razas, procedencia, formación y condición, y que son un perfecto reflejo de la diversidad de los Estados Unidos y de la frustración causada por las fallidas políticas de la administración Obama en todos los sectores de la sociedad. El mejor reflejo de ello es el triunfo de Trump en un estado de hondas raíces hispanas como Florida, a pesar de sus conocidas y condenables expresiones contra los inmigrantes latinos.

Desde la segunda guerra mundial, Estados Unidos ha sido un país clave en los grandes avances y equilibrios internacionales. El desarrollo del mundo civilizado ha ido de la mano de la globalización y la apertura comercial, y estas han tenido como principal impulsor a la nación más poderosa del mundo. La gestión por parte de la administración Obama de las diferentes crisis que afectan a los países de norte de África y Oriente Medio son el vivo ejemplo de que, cuando los Estados Unidos dejan de liderar, son otros actores internacionales menos comprometidos con la democracia los que ocupan el vacío dejado. Y las consecuencias suelen ser nefastas para todos.

Esperemos que el Trump candidato, locuaz y verborreico, dé paso a un nuevo Trump presidencial, contenido y reflexivo, que deje de lado las propuestas proteccionistas y apueste seriamente por lograr, conforme a su lema electoral, que "América vuelva a ser grande de nuevo". El mundo lo necesita, y Estados Unidos no puede quedarse al margen o abordar en solitario retos como la resolución de la crisis en Oriente Medio, la amenaza del terrorismo global, la proliferación nuclear o los inmensos cambios sociales, económicos, políticos o culturales derivados de la revolución tecnológica en que estamos inmersos.

Trump no tiene otro camino para lograr una América grande que el de asumir el liderazgo global que le corresponde. En el lado europeo debería encontrar los socios adecuados para fortalecer esa comunidad atlántica basada en valores y no sólo en intereses. En la historia reciente de los Estados Unidos tiene algunos buenos ejemplos de presidentes que supieron liderar globalmente apoyándose en el vínculo atlántico, y también el ejemplo reciente de las consecuencias de las malas políticas adoptadas por la administración saliente en relación a países tan diversos como Siria, Irán, Cuba, Libia o Venezuela. Él mismo, los americanos y el resto del mundo nos jugamos mucho. Esperemos que acierte.