La amenaza del proteccionismo en EE.UU. Francisco Cabrillo. Catedrático de la Universidad Complutense

22/11/2016

Tras la victoria de Trump, mucha gente –dentro y fuera de los Estados Unidos– parece pensar que el país puede ir al desastre en los próximos años. Creo, sin embargo, que tal idea es equivocada. Las instituciones norteamericanas, con su complejo sistema de contrapesos, son, afortunadamente, muy sólidas; y parece difícil que un presidente –aunque sea un tipo tan particular como Trump– pueda dañarlas de forma significativa.

¿No hay ningún motivo de preocupación, entonces? Me temo que no es así. Hay un sector muy importante en el que el nuevo presidente podría causar serios daños a la economía de su propio país, y a la del resto del mundo: el comercio exterior. En la peor tradición del populismo norteamericano, el presidente electo se declaró, a lo largo de toda la campaña electoral, partidario de proteger la industria nacional con restricciones a las importaciones; y ha amenazado a China con establecer elevados aranceles a los productos provenientes de aquel país.

Esta estrategia tiene, al menos, dos fuentes importantes. La primera es la vieja tradición proteccionista norteamericana. Una de las cosas que aprendí, hace ya muchos años, en aquel país, fue a distinguir entre la economía de mercado, por una parte; y el denominado sistema americano de libre empresa, por otra. Este último defiende la libertad de empresa en el interior del país, pero no integra en su concepto de libertad económica el derecho que todos tenemos a comprar allí donde resulta más barato y vender allí donde nuestro producto es más caro. Las ideas de Trump parecen bastante de acuerdo con este principio.

La segunda razón es, naturalmente, el populismo que ha impregnado buena parte de su mensaje electoral y que ha convencido a millones de votantes. En su oposición al libre comercio internacional, las ideas de Trump coinciden con las de diversos partidos de extrema izquierda y de extrema derecha en muchos países y tienen creciente aceptación popular. Por ello, propuestas dirigidas a reducir las importaciones provenientes de China, a frenar las negociaciones del TTIP o a poner obstáculos a los logros ya alcanzados en el Acuerdo Norteamericano de Libre Comercio no encontrarían demasiada oposición ni en la opinión pública ni en el legislativo. En los Estados Unidos las iniciativas liberalizadoras en materia de comercio exterior tienen que partir del poder ejecutivo, ya que hay muy pocas probabilidades de que nazcan en el Congreso. La presencia de numerosos lobbies, representantes de grupos de interés, y las políticas de “vota sí al proyecto de mi estado y yo haré lo mismo con el próximo proyecto de ley que presentes en la cámara” hacen que el Congreso sea una institución en la que tienden a dominar casi siempre las tendencias proteccionistas.*

Los norteamericanos deberían ser conscientes, sin embargo, de que esta política, aunque les pueda parecer beneficiosa para desarrollar su industria, crear empleo en determinados sectores y elevar los salarios, podría tener, si realmente se aplicara, unos efectos muy perjudiciales para la economía de su propio país. Y deberían recordar que tiene un precedente importante que muestra lo que puede ocurrir cuando se busca elevar el crecimiento económico con políticas que restringen el comercio internacional. La última vez en la que el país dio un paso decidido hacia el proteccionismo fue el año 1930, cuando el Congreso aprobó, con muy amplia mayoría en las dos cámaras, el arancel Smoot-Hawley, una de las peores decisiones en toda la historia de la política económica de Norteamérica. Con los nuevos aranceles proteccionistas se intentaba, en los primeros momentos, apoyar a los agricultores frente a la competencia internacional en unos momentos de crisis; y, más tarde a otros sectores que se apuntaron al carro de la protección. Populismo puro, sin duda, que contó con el apoyo de buena parte de la población. Pero la medida provocó reacciones adversas en otros países y contribuyó, en buena medida a hundir el comercio exterior de los Estados Unidos y a agravar la recesión de la década de los años treinta.

Las ideas de Trump tienen, por tanto, precedentes en la historia de su país. Y estas experiencias muestran lo peligroso que puede resultar hacer experimentos proteccionistas… aunque a muchos votantes y a muchos políticos les guste. 

* Nota del editor: Trump acaba de anunciar su intención de retirar a EE.UU. del Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP)

La amenaza del proteccionismo en EE.UU.