España e Israel convergen electoralmente Elecciones en Israel: cambio de bisagra y cambio de primer ministro

19/09/2019

Elías Cohen es secretario general de la Federación de Comunidades Judías de España


En el pasado, España e Israel poco se parecían a la hora de formar gobiernos, a pesar de tener sistemas de representación política muy similares. Ahora, ambos países convergen electoralmente. En España habrá repetición de elecciones ante la imposibilidad de formar una coalición de gobierno o de alcanzar los cacareados pactos programáticos, y en Israel, celebradas las segundas elecciones en cinco meses, puede que aún tengan que acudir –no es una posibilidad remota– a una tercera cita con las urnas.

La coalición “Azul y Blanco”, liderada por el ex jefe del Estado Mayor, Benny Gantz, y por uno de los políticos más mediáticos de Israel, Yair Lapid, ha ganado las elecciones legislativas del pasado martes obteniendo 32 escaños (de 120 totales). El Likud del primer ministro en funciones Benjamín Netanyahu, ha quedado en segundo lugar con 31 escaños. Desconocemos quién será capaz de formar gobierno, pero la respuesta necesariamente pasa por Avigdor Liberman y su partido “Israel es nuestra casa”, que ha conseguido 9 escaños.

En este sentido, los resultados de las últimas elecciones israelíes pueden suponer el fin de la era Netanyahu, un periodo de tiempo en el que Israel ha experimentado una profunda transformación.

Ciertamente, Israel es un país muy diferente al de hace 20 años, y Benjamín Netanyahu es una las marcas distintivas de dicho fenómeno. Uno de los grandes cambios sociales se refleja en los resultados electorales. En las elecciones del 9 de abril, un 56% de los votantes eligió partidos de derechas y religiosos; en las elecciones celebradas el 17 de septiembre, lo hizo un 53%. Si no fuera por la animadversión actual entre Liberman y Netanyahu, podría repetirse una coalición de partidos de derechas y partidos religiosos con una mayoría de 64 escaños. Israel es, en suma, mayoritariamente conservador en lo social, liberal en lo económico y más escéptico ante el proceso de paz con los palestinos; algo impensable no hace tanto tiempo, cuando el laborismo era hegemónico.

En España estamos empezando a experimentar las vicisitudes de la democracia parlamentaria, pero en Israel las coaliciones de gobierno han existido desde su fundación. Así, la habilidad para formar alianzas se torna más importante aún que ser la lista más votada, y por ello los partidos bisagras han sido y son fundamentales para la gobernabilidad del país. Son los verdaderos forjadores del sistema.

Durante décadas, los partidos ultraortodoxos se han erigido como decisivos para la formación de gobiernos y por ello han obtenido réditos y privilegios desproporcionados a cambio de sus escaños. Sin embargo, las pasadas elecciones han dejado una situación novedosa: Avigdor Liberman puede convertirse en la llave del nuevo gobierno en detrimento de los partidos religiosos.

Después de estas últimas elecciones, pues, se han abierto tres escenarios. Todos ellos contemplan un cambio de bisagra y, probablemente, un cambio de primer ministro.

Un gobierno de unidad nacional sin Netanyahu. Liberman ha llamado públicamente a la formación de un gobierno de unidad nacional integrado por su partido, por Azul y Blanco y por el Likud –se presupone, sin Netanyahu–, y los números dan de sobra. Con esta fórmula, además, Liberman dejaría fuera del poder a sus tres adversarios políticos naturales: la izquierda, los ultraortodoxos y los árabes. La jugada sería maestra para “Israel es nuestra casa” y sacaría el mayor provecho posible a los 9 escaños que ha obtenido. El Shas (formación ultraortodoxa), por su parte, ha dicho que estaría dispuesto a sumar sus también 9 escaños. Ambos partidos han sido socios de gobierno del Likud de Netanyahu. Así es la democracia indirecta.

Ayman Odeh, ante la perspectiva de un gobierno de unidad nacional, ha intentado postularse como futuro líder de la oposición, y es que la lista electoral que lidera, la “Lista Unida”, una coalición de partidos árabes, es la tercera fuerza política de país con 12 escaños, muy por encima del partido laborista, en constante declive.

Una de las grandes incógnitas de esta opción es qué hará el Likud como partido ante la tesitura de obligar a su líder, el primer ministro de Israel con más días en el cargo pero azotado por escándalos de corrupción, a dar un paso atrás como condición para entrar en el gobierno. Netanyahu no se dejará retirar fácilmente, llegado el caso.

Un gobierno en minoría, con apoyo de la Lista árabe. Es la oferta del anterior primer ministro y anterior ministro de Defensa Ehud Barak, actual líder del partido Israel Democrático: un gobierno minoritario formado por los partidos de izquierdas y Azul y Blanco, que no obtendría el número mágico de 61 escaños, pero podría salir adelante gracias a la abstención de la Lista Unida. Odeh también se ha ofrecido a esta opción ante la posibilidad, aún viva, de que el Likud forme una coalición de derechas o, mucho más factible, se constituya un gobierno de unidad nacional virado hacia la derecha.

Terceras elecciones. Si ningún candidato consigue formar una alianza cuando venzan los plazos establecidos, el Parlamento se disolverá y se convocarán nuevas elecciones. Es una situación nueva en Israel (tres elecciones seguidas sin formar gobierno) y no existen pistas sobre cómo se comporta el electorado ante tal disyuntiva. Acudiendo a casos análogos, en estas situaciones son los partidos grandes los que absorben voto de los pequeños.

La mejor opción para Israel es, a tenor de sus desafíos presentes y futuros, un gobierno estable y con el máximo apoyo posible, alineado con los intereses nacionales del país y sin el lastre de partidos bisagras minoritarios. Volviendo a las comparaciones entre ambos países, puede ser también la mejor opción para España: un gobierno estable o con un apoyo mayoritario, provisto de una agenda nacional y sin hipotecas complicadas o imposibles de asumir.

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