ANÁLISIS | ¿Por qué Rusia se está involucrando en el conflicto sirio?, por Mila Milosevich

16/09/2015

La analista de la Fundación FAES y experta en Relaciones Internacionales, Mira Milosevich, afirma en el último Análisis FAES que “desde el comienzo de la guerra civil siria, Rusia no ha cambiado los objetivos de su seguridad nacional ni de su política exterior”. “Putin ve el hecho de que Siria se convierta en un Estado fallido como una extraordinaria oportunidad para incrementar la presencia e influencia de Rusia en la región”, señala. A su juicio, “el objetivo principal de Rusia es la lucha contra Estado Islámico, para impedir su extensión hacia el Cáucaso, ya que de ello depende su seguridad territorial”.

“A diferencia de los titubeantes occidentales que, ahora, por la presión migratoria, se ven obligados a improvisar, Putin tiene un plan, lo que no significa que consiga cumplirlo”, manifiesta. Milosevich explica que “la guerra de Siria no es solo un conflicto por el control del territorio y de los recursos en un Estado fallido. Supone, además, choques entre el nacionalismo árabe y el integrismo musulmán, entre las dos ramas mayores del Islam (suní y chií), entre Rusia y Occidente, amén de la ruptura interna del yihadismo y de un proceso de cambio del equilibrio del poder en la región. En cualquier caso, Rusia se prepara para cualquier escenario futuro porque su intención es no abandonar su influencia en Oriente Medio”.

“LAS IMÁGENES DE SATÉLITE (publicadas por Stratfor) que han revelado que Rusia está construyendo una base de operaciones en el aeropuerto Bashar al Assad de Latakia, así como el incremento de su apoyo militar al régimen sirio, son pruebas de que Rusia está dispuesta a defender sus intereses en la zona. Una vez más, los políticos occidentales han malinterpretado la estrategia rusa, pues los contactos de Moscú tanto con la oposición siria como con EE.UU., Francia, Irán, Arabia Saudí, Turquía, Jordania, Egipto y Qatar, les habían llevado a inferir que Rusia retiraría su apoyo a la debilitada dictadura de Al Assad. El presidente Obama, en sus discursos de los pasados 6 y 14 de julio, dijo que “quizá Rusia juegue un papel positivo en Siria”. Pero la reciente petición de EE.UU. a Grecia y Bulgaria –que prohíban el uso del espacio aéreo a los aviones rusos que transportan ayuda militar a Siria– es una clara señal de que Obama no cree ya en el papel pacificador y constructivo de los rusos.

Sin embargo, lo cierto es que, desde el comienzo de la guerra civil siria, Rusia no ha cambiado los objetivos de su seguridad nacional ni de su política exterior. El mantenimiento del apoyo del Kremlin a Al Assad se debe a que considera que no está acabado (si bien reconoce que ha perdido el control de la mayor parte del territorio, aunque todavía conserve el de la zona más poblada). Putin ve el hecho de que Siria se convierta en un Estado fallido como una extraordinaria oportunidad para incrementar la presencia e influencia de Rusia en la región. Por otra parte, Moscú quiere reiterar su desacuerdo con la estrategia de EE.UU. en la lucha contra el terrorismo, considerando que consiste básicamente en el cambio de regímenes. La protección de su única salida al Mediterráneo, la base naval de Tartu, tampoco carece de relevancia; pero su objetivo principal es la lucha contra Estado Islámico, para impedir su extensión hacia el Cáucaso, ya que de ello depende su seguridad territorial. Los motivos geopolíticos de su política exterior son muy complejos, dada la volatilidad de la zona y el número de actores que participan directa o indirectamente en el conflicto sirio.

La ajetreada actividad diplomática de Moscú no supuso la retirada del apoyo a Al Assad, sino el intento de crear y liderar una coalición contra el Estado Islámico y una transición pacífica en Siria para, de este modo, fortalecer su imagen internacional (muy dañada en el conflicto de Ucrania). De paso, seguirá con su habitual fórmula de la “diplomacia a través de las armas” (como proveedor de armamento a todos los bandos en conflicto). Algunos de sus otros objetivos no son menos importantes: conservar su imagen tradicional de protector leal de sus clientes y aliados (en contraste con los EE.UU., que debilitaron su alianza con Arabia Saudí por del acuerdo nuclear con Irán). Además, desde la guerra de Yom Kipur (1973), en la que la coalición de Egipto, Siria y Jordania apoyada por la Unión Soviética fue derrotada y humillada por los israelíes con la ayuda de los EE.UU., todos los líderes rusos han estado obsesionados por recuperar la influencia en Oriente Medio. Dado el aislamiento actual de Rusia y el cambio de alianzas de EE.UU., Putin no perderá la oportunidad de intentar convertirse en el árbitro de los conflictos de la región.

A diferencia de los titubeantes occidentales (las líneas rojas de Obama respecto al uso de armamento químico se han convertido en líneas rosas) que, ahora, por la presión migratoria, se ven obligados a improvisar, Putin tiene un plan, lo que no significa que consiga cumplirlo. Es cierto que cuenta con aliados y con fuerza militar presente en la zona. De momento, ha fortalecido sus alianzas con los países de mayoría suní, que se ven abandonados por los EE.UU. tras el acuerdo de Obama con Irán.

El mayor obstáculo para sus ambiciones es el número de actores involucrados: EE.UU., Al Assad, la dividida oposición siria, el Estado Islámico, Arabia Saudí, diversas organizaciones terroristas entre las que destacan Hézbola y al-Qaeda, Turquía, Irak e Irán. Conseguir una coalición contra el Estado Islámico es un propósito lógico (por tenerlo todos como enemigo común) pero difícil de conseguir entre tantos actores con intereses contrapuestos.

La guerra de Siria no es solo un conflicto por el control del territorio y de los recursos en un Estado fallido. Supone, además, choques entre el nacionalismo árabe y el integrismo musulmán, entre las dos ramas mayores del Islam (suní y chií), entre Rusia y Occidente, amén de la ruptura interna del yihadismo (entre el Estado Islámico y otros grupos terroristas como Al-Qaeda) y de un proceso de cambio del equilibrio del poder en la región. En cualquier caso, Rusia se prepara para cualquier escenario futuro porque su intención es no abandonar su influencia en Oriente Medio.