Histórico y heroico

09/12/2015

Escribo cuando la Mesa de la Unidad venezolana ha sobrepasado la frontera decisiva de los 112 escaños. Con este resultado, Maduro está políticamente obligado a adelantar las elecciones presidenciales.

Hace poco, sin embargo, vivimos una noche triste en Madrid. Se hablaba de la sentencia que un tribunal contaminado hasta la náusea había impuesto a Leopoldo López: 13 años, 9 meses y 7 días de cárcel. Lilian Tintori, como siempre, iluminaba a los demás con su sonrisa. Entre anécdotas del juicio, contó: “La juez leyó la sentencia. Leopoldo me miró. Yo lo miré. Los dos pensamos exactamente lo mismo y sin hablar nos prohibimos el uno al otro seguir pensándolo: ¡Vamos a tener más de 50 años!”. Y Lilian estalló en risas. No porque dudara un segundo de la crueldad de Maduro ni de la capacidad del chavismo para perpetuar su grotesca agonía otros 15 años más: ahí está el perfil desconchado del malecón de La Habana, con sus consignas arcaicas y sus siluetas desoladas, para recordar a los venezolanos que las dictaduras no se desploman solas. Lo que movía a Lilian era otra cosa, mucho más poderosa y profunda: la impresionante fuerza de su convicción democrática. Ella, Leopoldo, Antonio Ledezma, su mujer Mitzy, María Corina Machado, Henrique Capriles, Julio Borges... Nunca perdieron el ánimo. Jamás perdieron la esperanza. Siempre confiaron en los venezolanos, en sí mismos y en la libertad.

Las elecciones venezolanas del 6 de diciembre pasarán a la historia como uno de los momentos estelares de la humanidad, por citar al noble Zweig. No sólo marcan el principio del fin del chavismo, compendio anacrónico de miseria y violencia. También ofrecen lecciones políticas y morales importantes. La primera es que votar no es sinónimo de democracia. Esto parece evidente, pero ha costado sangre, sudor y lágrimas que fuera asumido por los gobiernos respetables del mundo. Durante años, unos y otros, europeos y americanos, jugaron frívolamente con los eufemismos. Democracia bolivariana. Democracia híbrida. Democracia populista. Democracia formal. Por temor o por simple cálculo, no querían llamar a las cosas por su nombre. No querían decir: “Venezuela es una dictadura, aunque se vote”. Como si no se hubiera votado, y abundantemente, bajo Franco. Esto permitió al chavismo estirar durante años una inmerecida pátina de legitimidad. La misma que ahora intenta recuperar gracias a las elecciones del domingo.

Tanto desde las enfáticas tribunas oficiales como desde el subterráneo de las redes sociales llega el mismo mensaje averiado: “Con que era una dictadura, eh. Con elecciones y opositores victoriosos, eh”. Sí, lo era. Y lo seguirá siendo mientras haya presos políticos, medios censurados, una justicia sometida y una policía política. Las elecciones del 6 de diciembre no fueron unas elecciones democráticas, sino un combate desigual entre dictadura y democracia. Y ganaron los defensores de la democracia. Quien legitima esas elecciones no es Nicolás Maduro al convocarlas o al reconocer su derrota. Quien convierte una estafa democrática en una esperanza para la democracia es la oposición. Porque acepta librar una contienda electoral clamorosamente desigual. Porque moviliza a los ciudadanos de forma masiva y a la vez pacífica en defensa de su derecho a votar en libertad. Y porque lo consigue a pesar del encarcelamiento de sus líderes, de la mordaza mediática, del chantaje y amedrentamiento de amplios sectores de la población y hasta del asesinato de uno de sus dirigentes en pleno mitin de campaña. Ha sido una gesta histórica y heroica. Un triunfo de la democracia clásica sobre la dictadura posmoderna.

La segunda lección que deja este memorable 6 de diciembre remite al viejo debate sobre las estrategias y actitudes en política. Entre la condescendencia de un ex presidente extranjero convertido en muda coartada del chavismo y el coraje de un hombre que acepta ingresar en la cárcel para desnudar los abusos de una dictadura media un abismo político y moral. Y lamento que Zapatero sirva una vez más de contraejemplo. No hay virtud más importante en política que la responsabilidad. Y no hay responsabilidad sin riesgo. Es decir, sin valentía. El alcalde Ledezma, al que los asistentes al 30 aniversario de Cedice en Caracas escucharon pronunciar uno de los más estremecedores y eficaces alegatos contra el chavismo. Y al que las fuerzas chavistas detuvieron como a un vil terrorista. María Corina Machado, que desafió las amenazas, el acoso y la inhabilitación para recorrer cada palmo de su país en una campaña cuesta arriba. El bravo Julio Borges, que vuelve victorioso a una Asamblea en la que fue brutalmente agredido... Los dirigentes de la unidad venezolana no son simples demócratas; son militantes de la democracia. Saben que la democracia tiene que ser defendida o inexorablemente se evapora, primero holograma y luego vacío. Y saben que esa defensa tiene un alto coste personal. Por eso son admirables y por eso son líderes.

De hecho, esta proliferación de liderazgos ha sido, y sigue siendo, uno de los principales desafíos internos de la ya mayoría política venezolana. Y aquí también se impone una lección. Así como “una casa dividida contra sí misma no podrá seguir en pie” (Lincoln), tampoco la oposición venezolana habría logrado desafiar y derrotar en las urnas al chavismo sin la conmovedora unión forjada por partidos de ideología radicalmente diferente pero un suelo transversal de valores democráticos comunes. Delicada, precaria, por momentos profundamente agrietada, la Mesa de la Unidad ha prevalecido sobre las rivalidades internas y las maniobras externas de división. Hoy es el brillante precedente de la Transición democrática que Venezuela merece y necesita. Es sin duda un guiño entrañable del destino que a partir de ahora venezolanos y españoles puedan celebrar juntos el 6 de diciembre.


Este artículo fue publicado originalmente el 8 de diciembre de 2015 en el diario El Mundo.