Ahora Bruselas

22/03/2016

Cuatro meses después de los atentados en París, Bruselas ha sido el escenario y la víctima del terrorismo islámico. De nuevo los denominados “objetivos blandos” –el área de facturación de American Airlines y el metro– con bajo riesgo y gran potencial letal, pero esta vez en una ciudad con un estado de alerta terrorista muy alto y una extraordinaria movilización del ejército y la fuerzas de seguridad. Esta circunstancia y el hecho que los atentados se han producido al día siguiente de que fuera detenido Salah Abdeslam, considerado el principal responsable de los atentados de noviembre en París, abren algunos interrogantes añadidos sobre una creciente capacidad de desafío del terrorismo yihadista y sobre el papel central que ocupan los retornados de los conflictos en Oriente Medio para la ejecución de la estrategia terrorista.

Los ataques en Bruselas se encadenan con los atentados en París casi sin solución de continuidad, en un patrón de presión terrorista sostenida que, por muy convencidos que sean los llamamientos a la normalidad, empieza a dejar huella en el discurrir de la vida social y ciudadana en Europa y en el funcionamiento de sus instituciones.

La campaña terrorista –porque de campaña terrorista hay que hablar– no es, por tanto, una sucesión de atentados, sino que está guiada y alentada por el hilo conductor del desafío radical contra nosotros, esa amplia primera persona que reúne a los europeos demócratas, celosos de sus libertades y dispuestos a seguir ejerciendo sus derechos cívicos. Lo que no puede ocultarse es que este desafío encuentra a una Europa seriamente debilitada. La crisis migratoria ha puesto de manifiesto una fuente de desestabilización política que afecta a la cohesión de la Unión y genera peligrosas turbulencias en los climas de opinión internos de los Estados. El desgaste de las capacidades del Estado Islámico que han podido producir los ataques aéreos en Siria e Iraq, parecen compensarse con una creciente presencia del esta organización en Libia.

La Unión muestra una y otra vez sus dificultades a la hora de definir políticas adecuadas para estos tiempos de crisis. Y si difícil es definirlas, la incapacidad para la ejecución de dichas políticas es sencillamente desalentadora. En muchos Estados europeos el populismo de derecha e izquierda enturbia la opinión pública vendiendo soluciones fáciles y daña las instituciones que deben ejercer el liderazgo político y democrático en la respuesta al terrorismo.

El terrorismo yihadista es un mal incorporado a nuestras sociedades de una manera mucho más intensa de lo que podemos pensar. Arraiga en la desarticulación cultural, se cohesiona en comunidades virtuales para encontrar sentimientos de identidad, pertenencia y movilización como hacen tantos cientos de miles de comunidades virtuales que viven en la red. Capta a elementos que se radicalizan en el libre flujo de información y opinión en el que encuentran materiales fácilmente accesibles para descubrir el fanatismo. Se camufla y mueve en entornos de simpatía, en esos ámbitos sociales segregados tan queridos por el paradigma multicultural presentes en tantas ciudades europeas. Sus soflamas, en fin, forman parte, aun enloquecidas, de ese ruido de fondo antioccidental que en ningún lugar encuentra mejor cultivo que en el propio Occidente. Bruselas, capital de Europa, es el símbolo de lo mucho que tenemos que preservar frente al terrorismo, en la misma medida en que representa buena parte de lo que debemos revisar en la estrategia, las actitudes y el compromiso con los valores que compartimos para hacer frente con éxito a este desafío que se presenta largo y sacrificado.