Lenguaje en propiedad

30/07/2018

Fernando R. Genovés es doctor en filosofía, ensayista y analista especializado en filosofía moral y política


“Corrección política” y “política lingüística”
La expresión “dictadura de lo políticamente correcto” de ningún modo la juzgo exagerada, tales son los daños y quebrantos que su extensión está causando en la sociedad. La“corrección política” no debería confundirse con un manual de “buenas maneras” ni con un diccionario básico de conducta social. En realidad, ha llegado a erigirse en un prontuario doctrinal demoledor y sectario, tan chocante y caprichoso como arbitrario y mudable, atendiendo a las voces que patrocina o prohíbe emplear al usuario de la lengua.No solo aspira al control del uso del lenguaje sino a apropiárselo en su conjunto, estigmatizando a quienes no se ajusten al canon establecido bajo su autoproclamada jurisdicción.

La “corrección política” produce efectos tan devastadores como una “política lingüística” propiciada por los gobiernos. Todo ello con una peculiaridad que la torna todavía más siniestra: es promovida y fiscalizada, en su mayor parte, por la sociedad civil, si bien a los colectivos sociales que la impulsan les mueva un propósito netamente político. En este sentido, el término “político” en español (que no contempla la distinción entre policy y politics), incluido en sus distintas etiquetas, no oculta sus verdaderas intenciones.

“Por esto –advierte John Stuart Mill– no basta la prevención contra la tiranía del Gobierno, sino también contra la tiranía de la opinión y de los sentimientos prevalecientes” (Sobre la libertad).

“Compañeros de viaje” y “compañeros de lenguaje”
El avance del totalitarismo empieza por el lenguaje (George Orwell). Manipular las palabras, darles la vuelta, retorcerlas, cambiarles el significado, ganarlas para una “causa”, constituye el inveterado recurso de la propaganda.

La familia terminológica que compone el patrón lingüístico “realmente existente” es numerosa, consolidándose y aumentando cada día: “social”, “cívico”, “sostenible”, “renovable”, “género”, “cambio”, “progreso”, “paz”, “derechos”, “solidaridad”, “igualdad”, “público”, “indignación”, “empatía”, “verde”, “rojo”, ¡“la Roja”!.

La propaganda, en la exposición universal progresista, funciona hoy de modo parecido al reclamo del mágico crecepelo en las casetas de feria de ayer. Estas artimañas publicistas, partiendo de presupuestos falsos, así como generando ilusorias expectativas, acaban persuadiendo a no pocos de la verdad y la bondad de lo voceado. A base de repetición, gran parte de la población reproduce el guion de modo mimético, mecánico, rutinario. También porque teme ser excluida socialmente por no expresarse como hacen los demás. Las ideologías totalitarias no avanzan sin “compañeros de viaje”. Tampoco las “políticas lingüísticas” sin “compañeros de lenguaje”.

El lenguaje, así contemplado, no se usa como un instrumento de comunicación (su función natural), sino como un arma de imposición y de manipulación. Algo así como un código de acceso y salida, una contraseña, un santo (laico) y seña, como la “neolengua” según George Orwell, que ceda o prohíba el paso, según los casos.

Es tal el control fiscalizador de este tránsito de palabras que vale tanto para un cosido como para un roto; es decir, para “crear” lenguaje o para repararlo. Obsérvese atentamente en la agilidad de algunos a la hora de reaccionar y “tapar agujeros”.

Algunos ejemplos poco ejemplares
El movimiento feminista de nuestros días presiona con firmeza en aras a la prohibición o el boicot de ciertas tareas e imágenes calificadas de “ofensivas” para las mujeres, ya no limitadas al clásico “sus labores”. El trabajo de azafatas en eventos deportivos y recreativos o la exposición de determinadas obras de arte y anuncios publicitarios donde se muestre carne femenina, caen bajo su dedo acusador por entender que “cosifica” (término que remite al vocabulario marxista) la dignidad y ¡los derechos! de la mujer.

En Hollywood, grupos de actrices bajo el lema #Me Too, después de más de un siglo de show business y del pre-code, denuncian que la “Meca” del cine está convirtiéndose en un harén, en una nueva Babilonia. Algunas colegas en Europa, y buena parte del público en general, han calificado estas actuaciones de excesivas e improcedentes, cuando no de cínicas y oportunistas. Ahora bien, ¿qué términos destacan en dicha crítica? “Puritanismo”, “caza de brujas”, “lista negra” y otras expresiones “propias” en los usos de la izquierda. Muy pocas voces hablan al respecto de “censura”, de “purgas” o de prácticas parejas a la “Revolución cultural” en la China de Mao o de la afición a la destrucción iconoclasta por parte de grupos islamistas.

Las feministas más extremistas de hoy en día (Femen & Cía) exteriorizan un activismo desmelenado y salido de madre, en el cual, curiosamente, el desnudo militante se emplea como “arma de lucha”. Por semejante proceder, que incluso deplora parte de la izquierda política, son llamadas “feminazis” y no, por ejemplo, “femimarxistas” ni animadoras de “violencia feminista”, lo cual supondría “hablar con propiedad”, es decir, correctamente. En cambio, sí oímos, una y otra vez, la expresión “violencia machista” para señalar agresiones o actos violentos producidos en el seno de la familia, lo que, propiamente, debería ser definidocomo “violencia doméstica”, sin aditivos ideológicos (por ejemplo, la misandria u odio al varón).

El partido político CUP (Candidatura de Unidad Popular), minoritario en el Parlamento de Cataluña en las últimas elecciones, grupo autodefinido como “anticapitalista”, se ha caracterizado –durante los recientes episodios acaecidos en este región de España en pro del secesionismo– por saltarse las vallas y los semáforos de las calles (siemprecruzan “en rojo”), normas, reglamentos y leyes recogidas en el Código Civil y Penal y aun en sentencias emanadas del Tribunal Constitucional. Los más atrevidos en sus críticas se refieren a tales desacatoscomo expresiones de “fascismo”, jamás de “comunismo”. Y es que todavía resuena esta otra sentencia intimidatoria, cosecha del 68, lanzada a la posteridad por Jean-Paul Sartre: “todo anticomunista es un perro”.

Para la dictadura de la “corrección lingüística” en boga lo correcto no es hablar con propiedad (llamar a las cosas por su nombre), sino entender el lenguaje como propiedad de sus presuntos gestores y custodios. No importa que, por lo general, estos se declaren, mire usted por donde, enemigos de la propiedad privada.