Nuevo número de la revista Nota Editorial de Cuadernos FAES de Pensamiento Político

30/03/2020

La pandemia del coronavirus no es una guerra, pero sus consecuencias se están viviendo como si lo fuera. Algunas, como el confinamiento, incluso se comparan con desventaja. Sin embargo, no hay que dejarse llevar por la hipérbole, tampoco a la hora de anticipar las consecuencias, su impacto cultural, la conmoción política que puede causar. Importa esencialmente conseguir la regresión de la epidemia, salvar vidas, extremar la protección a los más vulnerables. Viene después el gravísimo impacto que tendrá sobre la economía la práctica paralización de la actividad con afectación de todos los sectores. Y luego, a no mucho tardar, empezarán a ponerse de manifiesto otras consecuencias de orden político, cultural y social que todavía somos incapaces de anticipar con precisión y mucho menos de medir.

El coronavirus se fortalece como un agente de transformaciones radicales. Se dice que China, de regreso triunfante en la lucha contra el virus, puede saltar a la primacía mundial, que la globalización tal y como la conocemos ha acabado, que esta crisis terminará de hacer insalvable la sima que separa la relación transatlántica. Trump puede ver seriamente comprometida su reelección después de que respondiera a los primeros estadios de la pandemia en Estados Unidos con su incorregible frivolidad tuitera. El italiano Antonio Tajani advierte de que la falta de solidaridad europea con su país amenaza con convertir a Italia en un firme candidato a un proceso populista como el que se ha saldado con el brexit. La desinformación con orígenes que ya nos resultan conocidos añade sordidez conspiratoria al drama. En Rusia resulta que el coronavirus no existe, y no ha hecho falta rascar mucho para que los habituales haters de la democracia liberal, a derecha e izquierda, se rindan complacidos a la eficacia de las dictaduras frente a la torpeza de la democracia y, tal vez por ello, al comunismo reverdecido se le hace la boca agua al pensar que, esta vez sí, el coronavirus será, por fin, la tumba del capitalismo.

Sabemos que el entramado de la gobernanza internacional ha perdido el paso de la pandemia y de sus efectos casi desde el principio. La ONU, la OMS, el FMI, el Banco Mundial, el G20, el G8, y cuantos organismos y foros podamos pensar parecen haber perdido pie ante una crisis global, de desarrollo rápido –aunque mucho menos rápido como el que se quiere hacer creer para disculpar errores claros de dirección y gestión– y con un impacto casi catastrófico sobre los mercados y la actividad económica. La capacidad de respuesta ante crisis económicas o de seguridad no ha contado como experiencia para enfrentar una crisis que tenía esos dos componentes a la vez, más uno dominante de salud pública. Si a lo anterior añadimos el vacío que ha dejado la Administración de los Estados Unidos a la hora de impulsar una respuesta global y coordinada a la crisis, la sensación de que estamos ante un sálvese quien pueda es más que inquietante. Lo vivido dista radicalmente de la actuación de Bush y Obama ante la crisis financiera internacional y su dedicación a adecuar instrumentos de coordinación global y mantener la mayor cohesión posible entre socios y aliados. Frente a lo que ha sido la responsabilidad de los Estados Unidos en situaciones de esta índole, Donald Trump explicó que le resultaba muy engorroso llamar a los líderes europeos para comunicarles su decisión de cerrar el país a los vuelos procedentes de Europa de modo que aquellos se enteraron por la prensa.

La Unión Europea ha ido mejorando su respuesta a medida que la extensión y los efectos de la pandemia se han ido haciendo evidentes. El error de la presidenta del Banco Central Europeo, Christine Lagarde, en su primera declaración pudo resultar casi providencial para esta enmienda, pero aun así la UE debe rehacer sus prioridades y abordar de una vez la cuestión de la mutualización de la respuesta con todas las precauciones que sean necesarias para prevenir el riesgo moral. En otros canales, la Fundación FAES ha expresado su preocupación ante una suspensión sin más del Pacto de Estabilidad y Crecimiento sobre el que se asienta el euro. Son tiempos extraordinarios, sin duda, pero sería una grave irresponsabilidad extender la idea de que el euro tiene que ser el precio a pagar por salir de la crisis causada por la pandemia.

En esto de rehacer las prioridades, la Unión Europea no es la única que debe darse por aludida. Si nos fijamos en la situación española, es evidente que poco va a quedar de esa agenda compartida por el PSOE con la izquierda radical populista de Podemos. Esa agenda de polarización ideológica, impuestos, gasto público y deconstrucción constitucional, llevada adelante mediante los pactos estratégicos sellados con los independentistas, incluido Bildu con su negacionismo de la violencia terrorista. La realidad poco tiene que ver con la retórica alucinada del populismo y de esa realidad –mucho más si hablamos de política– forman parte también los cisnes negros que, de nuevo con un gobierno socialista, no se quisieron ver cuando ya se avistaban en el horizonte. El mes de marzo comenzó con la despreocupada convocatoria a la manifestación del 8M, con frívolas risotadas progresistas a cuenta del coronavirus, y ha terminado con la prórroga del estado de alarma que ha supuesto la suspensión general de varios derechos y libertades fundamentales, entre ellos la libertad de circulación y los derechos de reunión y manifestación, con tiempo –eso sí– de que el socio de los socialistas en el gobierno alentara entretanto una cacerolada contra el Rey. Hay mucho que conocer y mucho que aprender de lo ocurrido.

Pero con ser importante lo anterior, la crisis del coronavirus nos está devolviendo a una realidad en la que no pueden tener cabida las prioridades extraviadas en las que nuestro país se ha visto atrapado. No tendremos más remedio que pensar con mucha más prudencia a qué dedicamos el dinero público, qué causas abrazamos, en qué debates nos adentramos, en qué políticos podemos confiar.

 

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