CORONAVIRUS El mundo en reclusión: ¿por qué, con qué fin y hasta cuándo?

14/05/2020

Han pasado dos meses desde que buena parte del mundo se encerró entre cuatro paredes con el objeto de mitigar los contagios producidos por una enfermedad infecciosa por primera vez en la historia. Ese curso de acción terminará revelándose como el mejor, el peor o algo intermedio. Pero esa misma indeterminación lleva a reconocer que la decisión se adoptó y se mantiene por intuición, no porque tenga una base real que la medicina y la epidemiología aún no han podido suministrar. Llegados a este punto, sin embargo, se acumulan las interrogantes.

1.           Se dice que el confinamiento de la población era necesario para frenar la pandemia y que, en ausencia de esa medida, el número de muertos habría sido mucho mayor. Parece plausible. Pero la comparación de casos y fallecimientos entre países europeos consumidos por la pandemia, incluso durante buena parte del periodo de reclusión, y otros (Suecia) con un régimen mucho menos estricto no abona esa idea. Tampoco lo hace la comparación entre estados de EE. UU. con el máximo de restricciones (Nueva York) y el mínimo (Florida). De hecho, el vector va en dirección contraria.

¿Sigue la pandemia un curso similar independientemente de lo drástico de las medidas de “distanciamiento social”, ralentizándose según los contagios abarcan a un cierto porcentaje de la población? ¿Podría el confinamiento continuar o incrementar la ola de contagios en el interior de familias que viven a puerta cerrada en una proximidad continua en vez de esporádica por el ejercicio de sus actividades normales fuera de casa? ¿No se habría conseguido un resultado epidemiológico de igual valor al que supuestamente se ha ganado con el confinamiento de haberse establecido, en cambio y simplemente, la necesidad de circular con mascarilla y guantes? ¿No se conseguiría ahora?

 2.           La enfermedad es considerablemente más grave cuando afecta a ancianos y personas con determinados cuadros médicos preexistentes, pero, en la generalidad de los casos, es leve, hasta el punto de resultar con frecuencia asintomática, para prácticamente todas las personas de menos de 60 años sin problemas de salud. Parece ser mucho más grave que una gripe para el primer grupo y menos grave que esta, en cambio, para el segundo.

¿No tendría sentido que las personas confinadas fueran las vulnerables mientras que el resto continuara haciendo su vida normal con precauciones?

 3.           Hasta que llegue la vacuna, ese unicornio blanco cuyo advenimiento puede producirse en seis meses, seis años o nunca, la única garantía contra la epidemia es la llamada inmunidad colectiva. Esta es, a su vez, otro unicornio al que no se puede vislumbrar sin saber antes cuánta gente es seropositiva, es decir, ha pasado la infección. Estudios realizados por las Universidades de Stanford (en el condado de Santa Clara, California), el Instituto Tecnológico de Massachusetts (en un condado cerca de Boston), o el propio gobierno del estado de Nueva York, dan a entender que la prevalencia de la infección sería entre 30 y 80 veces mayor de la que establece el número de casos diagnosticados. De hecho, las pruebas realizadas en España a los futbolistas de las plantillas de Primera y Segunda División (un total de aproximadamente 1.000 individuos) han resultado en un 16% de jugadores con anticuerpos.

Extrapolando ese porcentaje a la población española en general (y, aun corrigiendo por una supuesta mayor proximidad entre futbolistas de la que hay entre trabajadores de otros sectores, lo que no es tan evidente), el número de seropositivos en España sería 35 veces mayor que el que se desprende de las cifras oficiales, en línea con los estudios de EE. UU. citados. Eso sería una buena noticia por dos motivos: uno, porque disminuye drásticamente lo letal de la enfermedad (en vez de una mortandad del 10%, estaríamos por debajo de un 0,3%); y dos, porque acerca a la pared inmunológica de la inmunidad colectiva.

Suponiendo que otros estudios terminen de corroborar ese panorama, ¿no tendría sentido, de nuevo con la excepción de las personas vulnerables, dar por concluidas las restricciones para el resto? Alcanzar la inmunidad de grupo sin grandes problemas de salud entre los demás, ¿no resultaría a la postre la única garantía de sobrevivir a la epidemia para las personas vulnerables, fuera de la existencia de una vacuna con la que no podemos contar por ahora y quizá en años?

 4.           Rutinariamente se nos advierte de que hay una probabilidad alta de rebrotes (en semanas, en otoño, el próximo invierno…) de la pandemia tan acusados como los que forzaron el confinamiento en marzo.

¿No es eso admitir que el confinamiento, salvo para escalonar los casos (bueno) y para mantener la pandemia durante mucho más tiempo que el de su ciclo natural (malo) es un callejón sin salida? ¿Vamos a estar confinados un trimestre sí, otro no y vuelta a empezar? ¿Por cuántos años? ¿Puede una sociedad civilizada perdurar en esa forma?

 5.           La pandemia se ha cobrado ya camino de 30.000 muertos, según cifras oficiales, en España. Pongamos que se pone fin a la misma, Dios quiera, este año, el próximo, dentro de dos, con menos de 50.000. La gripe ordinaria produce la muerte en España, cada año, de entre 6.000 y 12.000 personas. Muchas menos, pero en un orden de magnitud que no es radicalmente diferente. De hecho, la gripe de 1957-58 mató a más de 1 millón de personas en el mundo y a 116.000 solo en EE. UU., (probablemente más de las que dejará la actual pandemia).

Supongamos que un año de estos se anuncia que la gripe u otra enfermedad infecciosa viene especialmente virulenta y puede llevarse por delante a 20.000 personas. ¿Confinaremos a la población entonces? ¿Dónde está el corte –en 10.000, 20.000, 30.000 u otra cifra? ¿A partir de qué número de fallecidos hay que recluir a la gente en sus casas? Si la sociedad y sus autoridades consideran que hay que pagar el precio más alto por evitar 40.000 muertes, ¿por qué debería ser indiferente a las de 20.000 conciudadanos?

Es comprensible que no haya respuestas para muchas de estas cuestiones, pero eso es diferente a pretender que no existen las preguntas. La pandemia es aterradora porque lo es en sí y porque las sociedades occidentales de hoy, a diferencia de las que se sucedieron hasta hace medio siglo, nunca han hecho frente a algo similar. Con todo, si dos meses de cuarentena de sanos y enfermos, al mayor coste imaginable, no han mitigado sustancialmente el problema, entonces habrá que idear otras estrategias que prioricen la lucha contra la pandemia sin fingir que nada más importa siquiera un poco. Una sociedad no puede adorar al becerro de oro del virus con exclusión de todo lo demás. La vida individual y la vida civilizada son más complejas que eso.

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