ANÁLISISEl legado de José María Aznar. La obsesión española, por José María Marco

08/03/2016

En los años 80, en nuestro país no había ningún partido político que representara al centro derecha social. Manuel Fraga, líder del partido que aspiraba a representarlo, hablaba de la “mayoría natural”. Era algo legítimo, pero parecía dejar de lado el trabajo de articular políticamente esa mayoría que no viene nunca dada y sólo puede llegar a existir mediante un esfuerzo consciente de articulación de propuestas y elaboración de grandes coaliciones sociales.

La izquierda, que había ocupado el centro gracias a la genialidad táctica de Felipe González, es decir, sin abandonar su radicalismo de fondo, pretendía monopolizar la legitimidad democrática, como si el fracaso de UCD implicara un fracaso ontológico del centro derecha a la hora de gobernar una democracia. Con Felipe González, se ensayó el experimento propuesto por Indalecio Prieto después de los desastres de la República y la Guerra: la única posibilidad democrática española era la Monarquía, con un partido socialista hegemónico. La consecuencia lógica era que no se gobernaría España sin, por así decirlo, el permiso del PSOE.

La llegada de José María Aznar y del Partido Popular al gobierno, tras las elecciones generales del 3 de marzo de 1996, acabó con esta situación y permitió que se empezara a recuperar la normalidad democrática. Normalidad no quiere decir –claro está– que las mayorías absolutas son ilegítimas. La normalidad se refiere al hecho de que la democracia liberal es pluralista por esencia y siempre debe existir la posibilidad de una alternativaalgo que en las democracias liberales europeas se suele denominar izquierda y derecha.

Los socialistas fingieron no entender lo ocurrido y se esforzaron por presentarlo como un asalto al poder. Lo ocurrido, sin embargo, era que esa normalización democrática –que el propio Aznar llamó, sin demasiada fortuna, una “segunda Transición”– no se realizó mediante el recurso a los extremos sino al revés, construyendo una mayoría, que para entonces había dejado de ser “natural”, capaz de servir de base social a un partido de centro: de centro derecha, claro, pero de centro. El nuevo Partido Popular sería un partido político unido, disciplinado. También sería capaz de presentar propuestas integradoras, y tendría implantación en todo el país. En él tendrían representación españoles de todas las edades, educación, cultura y condición social. Un partido popular y nacional, y en consecuencia un partido de centro. La primera condición de un partido de centro es hacer inteligible el marco político –la nación– en la que se puede establecer el diálogo y la discrepancia. Así es como se llegó al poder en 1996: desde un partido centrado, que los electores, también los jóvenes, reconocieron como tal.

La tarea básica del nuevo gobierno era el refuerzo de la idea nacional española –en términos políticos, el patriotismo–, que es la condición sine qua non de una actitud centrista. Las negociaciones con los nacionalistas eran obligadas, porque los dos grandes partidos nacionales seguían siendo incapaces de llegar a acuerdos sobre algunas cuestiones. Aun así, el gobierno de Aznar varió la actitud ante el terrorismo nacionalista. La base doctrinal es la de que las víctimas del terrorismo etarra lo eran por ser españolas. Es la idea de España, con la ley como recurso único y sin atajos de ninguna clase, la que debe guiar la lucha contra el terror. Así fue como se sentaron las bases de la rendición de la ETA años después, en 2011, aunque esta se consiguiera por métodos distintos de los previstos por Aznar y su gobierno.

Dado que la lucha contra el terrorismo no es tarea de un solo país, su eficacia requería también una nueva posición internacional. España no podía seguir ocupando el lugar relativamente secundario, sobre todo en la UE y ante Estados Unidos, que venía ocupando desde la Transición. La continuidad con algunas de las grandes líneas de gobiernos anteriores llevaba también aparejada un nuevo protagonismo en la UESe tradujo en el empeño, conseguido, de que nuestro país estuviera entre los fundadores del euro, y esto reforzó a su vez la capacidad de iniciativa ante los socios europeos y fuera de la UE, por ejemplo en el Mediterráneo y ante Marruecos.

Aznar pensaba –y lo sigue haciendo– que la naturaleza de España requería un reforzamiento del lazo atlántico, que debe ser una de las bases de nuestra política exterior. Esto llevó a continuar las políticas ante Latinoamérica, pero también a un diálogo más intenso con Estados Unidos. El 11-S lo reforzó, por la experiencia de España ante el terrorismo. Además, las consecuencias del ataque abrieron una oportunidad para que nuestro país jugara un papel crucial en la escena internacional, como socio privilegiado de Estados Unidos y Gran Bretaña. No hubo necesidad de enviar fuerzas al área de combate, al menos hasta la destitución del dictador iraquí y el final de lo que –por desgracia– estaba destinado a ser la primera parte de la Guerra de Iraq. En este punto el legado del gobierno del Partido Popular de Aznar se ha echado a perder, aunque quedó una renovada conciencia del papel que le corresponde a nuestro país. Aznar también profundizó el legado previo de la relación con Israel y volvió a situarla entre las prioridades gubernamentales. El centro derecha giró así hacia posiciones pro Israel. También varió la idea que muchos españoles tienen de Israel y el judaísmo, un asunto que atañe a su propia identidad.

El refuerzo de la nacionalidad española requería también una reconsideración de la historia de nuestro país. España debía dejar de ser visto como una excepción, un problema, una anormalidad de la historia de Europa. Esto condujo a una revisión de la interpretación tradicional según la cual la modernización de nuestro país es monopolio, como la democracia, de una corriente política, encuadrada –naturalmente– en el espectro progresista-socialista. El pasado constitucionalista de nuestro país, la Monarquía constitucional, el legado liberal volvían a ser inteligibles y recuperables para el presente. (Aznar impulsó también una política de consolidación y recuperación del patrimonio cultural que está en la base de muchos de los monumentos y equipamientos de acceso público hoy en día).

El nuevo Partido Popular se refundó en 1989, el mismo año en el que se vino abajo el Muro de Berlín y parecía que se acababa cualquier alternativa socialista al orden liberal. La desmovilización del adversario ideológico, junto con las convicciones más liberales, menos estatistas del nuevo Partido Popular, llevaron a poner en marcha una política económica que contribuyó a sacar a nuestro país de la crisis de la primera mitad de los años 90, y sentó las bases de muchos años de crecimiento económico. El éxito económico experimentado entre 1996 y 2003, con un crecimiento del PIB español situado en el 3,6 por 100 de media anual, demostró que una política de racionalización del gasto y bajada de impuestos, novedosa con respecto a las que se venían aplicando en nuestro país desde la Transición, no era incompatible ni con la prosperidad ni con la creación de empleo. Al revés. Allí donde los gobiernos socialistas habían sido incapaces de crear un solo puesto de trabajo, el Partido Popular dejó como legado 2,8 millones más de personas incorporadas a la población activa y la creación de 4,5 millones de empleos. (En 1995 España tenía una población ocupada de 12,5 millones de personas, 200.000 menos que en 1977, y en 2003 contaba con 17 millones.) El paro, que era del 22,1 por ciento en 1996, bajó hasta el 10,53 por ciento en 2004. En 2003 el déficit era del 0,40 por ciento (frente al 5,40 en 1996) y la deuda pública del 47,60 por ciento del PIB (frente a una del 65,60 por ciento en 1996).

En el legado menos positivo de los dos mandatos de José María Azar está la ausencia de una reforma laboral y la de una reforma educativa que habrían ajustado el modelo español al siglo XXI. Habríamos salido así de los parámetros vigentes antes de la globalización y el descrédito de las políticas socialistas. Los cambios en la consideración de la historia y la naturaleza de España tampoco respondieron a la expectativa inicial, aunque suscitaron una reacción virulenta. Algunas medidas sencillas, como la aprobación de algún tipo de regulación de la convivencia de personas del mismo sexo habrían centrado aún más la propuesta del Partido Popular y habrían evitado que los socialistas, más tarde, se apropiaran de una causa estratégica como es la de la homosexualidad y los derechos.

Durante los mandatos de José María Aznar, el PSOE emprendió cambios que llevaron a pensar en una renovación del socialismo español, como la ocurrida en el laborismo británico con Tony Blair. No ocurrió así, y el socialismo español volvió a encallar en el radicalismo al que la salida de Felipe González le condenaba, por falta de reformas internas como las ocurridas en el centro derecha. Las decisiones de Rodríguez Zapatero demostraron que el PSOE iba a persistir en su identidad clásica, antiliberal, algo que desde entonces le ha impedido volver a conseguir la mayoría absoluta. El reequilibrio hacia el centro por parte del PP no fue por tanto seguido, como se podía haber esperado, de un reequilibrio general del sistema político.

Finalmente, el legado de Aznar incluye también su salida de la vida política al término del segundo mandato como presidente del Gobierno. No estaba destinado a convertirse en una norma. Aun así, el gesto apuntaba hacia algo necesario, al menos cuando reina la normalidad política en una democracia liberal.

El legado de José María Aznar consiste por tanto en la demostración comprobable de lo provechosa que es una política económica basada en la libertad y en la confianza, y no en la expansión del Estado. Consiste también en la ampliación y la consolidación del papel que le correspondía a nuestro país en la escena internacional, en su contribución al final del terrorismo y en su patriotismo, que hace de la idea de España el eje, el objetivo y el fondo del conjunto de sus decisiones políticas. Nada de esto habría sido posible sin un partido centrista, nacional y popular en el sentido más profundo de estos tres términos. Eso, el partido centrista, sintetiza el legado de Aznar. Probablemente, también es el motivo último de la intensidad con que se le recuerda.