Análisis FAES Arenas movedizas: Trump en Siria

Javier Gil Guerrero es profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad Francisco de Vitoria


Como muchas otras medidas tomadas por Trump, todavía se desconoce el proceso de deliberación que llevó al presidente norteamericano a optar el 19 de diciembre por la retirada del pequeño contingente norteamericano que opera al este del río Éufrates en Siria.

Lo más sorprendente es el aparente contexto del momento decisorio: en el curso de una conversación con el presidente turco Erdogan. El anuncio cayó apenas unas semanas después de que su secretario de Estado Pompeo y su consejero de Seguridad Nacional Bolton hubiesen declarado la intención de mantener las tropas en Siria para acabar con los restos del Estado Islámico, apoyar a los aliados kurdos y árabes y prevenir una consolidación del poder iraní en el país. La retirada fue también aparentemente decidida por Trump sin consultar debidamente al Pentágono y con la oposición de su secretario de Defensa Mattis, quien anunció su renuncia al día siguiente.

Para añadir más confusión, Trump decidió enviar a Bolton y Pompeo a Oriente Medio en una gira que tranquilizase a los aliados norteamericanos en la región. El mensaje de ambos fue claro: Estados Unidos no se retira de Oriente Medio y seguirá operando en Siria y otros países. En el caso de Bolton, llegó a matizar desde Israel el anuncio de Trump afirmando que no sería una retirada rápida y que estaría condicionada a la protección de las fuerzas aliadas kurdas en Siria. Sin embargo, apenas habían pronunciado estas palabras cuando el 11 de enero de 2019 se confirmó que el proceso de retirada ya había dado comienzo. Finalmente, y a pesar de que Trump había justificado el fin de la presencia militar en la victoria sobre el Estado Islámico, el 16 de enero un atentado acabó con la vida de dos soldados y dos civiles norteamericanos en Siria (hecho notable si se tiene en cuenta que entre 2015 y 2019 el Estado Islámico solo había conseguido matar a dos norteamericanos en Siria). 

¿Qué se puede sacar en claro de todo esto?
Lo primero de todo es que únicamente hay que prestar atención a Trump. Es un presidente que sigue sus instintos y cumple lo prometido en campaña. Aunque todos sus asesores llevasen meses asegurando la presencia militar en Siria, Trump, en sus escasas referencias al tema, había insistido siempre en la necesidad de irse cuanto antes de Siria. Por otro parte, durante la campaña electoral no se cansó de repetir que Washington no podía seguir despilfarrando dinero y recursos en Oriente Medio protegiendo exclusivamente los intereses de sus aliados en la región. En este último punto, hay una continuidad más que notable entre Obama y Trump. Ambos ven con mucho escepticismo la involucración de Estados Unidos en Oriente Medio y defienden una reorientación estratégica hacia el verdadero reto a medio y largo plazo: el Pacífico (léase, China).

Lo segundo es que todo en la Casa Blanca de Trump es provisional. Tras el anuncio de Trump y los hechos que siguieron, Washington consiguió confundir a Erdogan, Netanyahu y Bin Salman. Todos ellos creían saber el plan de Trump para el futuro tras alguna declaración del presidente o uno de sus consejeros. Pero todas esas declaraciones no eran base firme de ningún plan, sino arenas movedizas, porque en cuestión de días eran enmendadas por nuevas declaraciones de signo totalmente distinto. Las señales equívocas con respecto a Siria solo corroboran que la planificación y la coordinación dentro de la administración Trump dejan bastante que desear.

¿Cómo es posible que dos 'halcones' como Pompeo y Bolton comulguen con una retirada de Siria similar a la que ellos criticaron de Obama en Irak en 2011? ¿Por qué aceptan –aparentemente– de una forma mansa las desautorizaciones de Trump a sus discursos? Ante esto solo cabe especular. Lo que me aventuraría a afirmar es que para ambos la prioridad es el cambio de régimen en Irán mediante un incremento de las sanciones. Mientras Trump les dé carta blanca para perseguir sus planes en Irán están dispuestos a tragar con la retirada de Siria. Y en el caso iraní, la política de Washington ha sido extrañamente firme y coherente, lo que deja entrever que Bolton y Pompeo tienen un alto grado de influencia y control sobre la misma.

Hay otra constante en la política de Trump hacia Oriente Medio que va unida a la política de arrinconamiento de Irán: el apoyo sin paliativos a los aliados de Washington en la región. Tras unas tensas relaciones con Obama, Egipto, Arabia Saudita e Israel cuentan con un apoyo firme en la Casa Blanca. Lo que seguramente hayan aprendido con el anuncio de Siria, es que todo apoyo que Trump pueda ofrecer se limitará a la ayuda diplomática, económica y de exportación de armas. En ningún caso Trump enviará tropas para hacer el trabajo que él considera es tarea de estos países.

Por último, la retirada de Siria implicará que Washington no tenga un sitio en la mesa que decida el futuro del país. Al renunciar a la zona de influencia que poseía al este del país, ya no hay motivo por el que Washington pueda exigir concesiones a los otros jugadores con zonas de influencia en el país: Irán, Turquía y Rusia. Son estos tres, junto con Assad, quienes decidirán finalmente el futuro del país, ya que son los únicos que controlarán territorio y tendrán tropas desplegadas en el mismo. Lo que sí que parece cierto es que Trump nunca tuvo mucho interés en sentarse en esa mesa.

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