Análisis FAES La cuestión de la amplitud del mercado

Juan Velarde es catedrático emérito de Economía Aplicada. Presidente de honor de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas. Consejero emérito del Tribunal de Cuentas


En el mundo de la ciencia, cuando alguien prepara una proposición que es inmediatamente aceptada, salvo por los ignorantes, pasa a conseguir el no volver a exponerla, basándose en que la cuestión ya ha sido debatida por algún científico significativo y no existe posibilidad de cambiar nada, sea ésta la longitud de una circunferencia –2.π.r–, o que desde Proust sabemos que el ácido sulfúrico es SO4H2, o que desde Einstein la energía es igual a la masa por la velocidad de la luz al cuadrado (e=mc2). 

Pasa exactamente igual en el campo de la ciencia económica. Cuando Adam Smith abre la puerta a la Escuela Clásica –sin la cual no se habría creado la ciencia económica– en su obra Investigación de la Naturaleza y Causas de la Riqueza de las Naciones, casi nada más iniciar su exposición, señala precisamente en el primer párrafo del capítulo I del libro I de esta obra fundamental que “el mayor adelanto realizado en la capacidad productiva del trabajo, y la mayor de la habilidad, destreza y discernimiento con que es dirigido o aplicado en todas partes, parecen haber sido consecuencia de la división del mismo”. E inmediatamente, en el capítulo III, pasa a ampliar este postulado inicial sobre el desarrollo de la economía. Lo titula, y con ello lo puntualiza adecuadamente: “La división del trabajo está limitada por las dimensiones del mercado”.

 A partir, pues, del 9 de marzo de 1776, día en que esta obra se publicó, esta afirmación relacionada con la amplitud del mercado y con el incremento del desarrollo quedó establecida para siempre, y con tanta fuerza como lo que hemos señalado sobre la longitud de la circunferencia o sobre la energía en la fórmula básica de Einstein. 

Y de ahí se deriva la convicción de la existencia de un enlace actual entre una política económica que no tenga en cuenta esto y el fracaso ante un proceso de desarrollo económico. Lo comprobamos inmediatamente en una aportación extraordinaria, de la que no se puede prescindir, efectuada por Allyn Young en aquel artículo maravilloso “Increasing returns and the economic progress”, publicado en The Economic Journal, diciembre 1928, págs. 527-547, artículo del que dice Schumpeter, nada menos que en su Historia del Análisis Económico, que A. Young significa mucho con este artículo para explicar la economía norteamericana; y de ahí al enlace que existe, por ejemplo entre el Plan Marshall y la puesta en acción del movimiento que generó el Mercado Común Europeo. 

Y en España pasaba a ser evidente que su expansión exigía, en primerísimo lugar, una radical homogeneización del mercado y, pensando en el futuro, no sólo imaginar la supresión de las barreras arancelarias con países vecinos, y en concreto con Portugal, sino el ampliar, sin ningún problema, el mercado interior, eliminando cualquier traba, como sucedió en tiempos de Carlos III cuando Campomanes imaginó las seis grandes carreteras fundamentales ligadas con Madrid. La idea de romper toda traba con los países vecinos se estableció con claridad para España tras el Acuerdo Preferencial de 1970, a más del preludio derivado del Plan de Estabilización de 1959. Sin embargo, la derivación del enlace entre un conjunto de fuerzas políticas importantes –las derivadas de herencias del carlismo, las generadas por el romanticismo y las provocadas, como señaló Perpiñá Grau en 1935, por la alianza de desarrollos corporativos, intervencionismos y frenos a la competencia– se creyó que contribuiría al desarrollo de las regiones donde todo esto se plantease. Desde el siglo XIX surgieron tendencias crecientes de ese tipo, las cuales, una y otra vez, se insertaron, a partir de Cánovas del Castillo, en el modelo de “Economía Castiza” que, como se ha demostrado recientemente hasta la saciedad, fue una de las causas evidentes que existían en España para frenar su desarrollo económico. 

Éste es un sendero que, últimamente, se ha ampliado progresivamente, y en algunos casos muestra con claridad, con Cataluña en cabeza, sus consecuencias de freno a la actividad económica. Pero, conviene subrayar, ese freno a la homogeneidad del mercado español existe si no se altera radicalmente cualquier línea que lo frene.

Concretamente textos alusivos referentes a lo expuesto aparecen en la publicación del Banco Mundial Doing Business en España 2015,a través de unos índices que se refieren a las facilidades o dificultades que, para poder poner en marcha ideas empresariales, surgen en variados aspectos en las comunidades autónomas españolas; facilidades o dificultades que se relacionan, ya con los permisos de construcción, ya con las facilidades para contratar la electricidad, ya con valoraciones sobre la mayor o menor dificultad jurídica, y todo ello en un conjunto donde se valora con 0 la carencia total de dificultades y con 100 la existencia de barreras imposibles de superar. Para una comunidad autónoma concreta, 400 sería una realidad imposible de ampliar su mercado, y 0 que existen carencias absolutas de dificultades. La importancia del cuadro que sigue muestra, según esa información del Banco Mundial, de menor a mayor, las diferencias de trabas al mercado que, creo, merecen destacarse en el conjunto de las comunidades autónomas españolas:

Extremadura

219,50

Aragón

264,01

Ceuta

265,60

Murcia

265,77

Galicia

268,39

Baleares

271,71

Melilla

274,43

Canarias

275,75

Cantabria

276,08

Castilla La Mancha

277,18

País Vasco

279,08

Asturias

281,19

Cataluña

282,84

Comunidad Valenciana

284,46

Comunidad de Madrid

285,03

Navarra

286,59

La Rioja

288,49


Actualizar y derivar consecuencias estadísticas de estas cifras sería muy conveniente y, sobre todo, calcular la varianza y su evolución respecto a 2015 –que son los datos aportados– en la actualidad tendría un evidente interés. 

Ignorar todo esto sería como si un desconocedor radical de la aportación de Galileo se subiese a un globo y se arrojase desde él sin paracaídas porque había decidido que la ley de la gravedad no existía. Ésa es la línea catastrófica de todo político que admita respecto a partes concretas del territorio español, que desaparezcan elementos clave de la homogeneidad económica de todo el territorio.

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