Reseña de Alfredo Crespo Alcázar Una distorsión histórica, de Jürgen Tampke

22/07/2019

Alfredo Crespo Alcázar es profesor de la Universidad Internacional de Valencia y de la Universidad Antonio de Nebrija (Madrid). 

Una distorsión histórica. La manipulación del Tratado de Versalles y el surgimiento nazi, de Jürgen Tampke. 
Ciudadela libros, 2019, Madrid, 320 páginas.


Alemania, aspiraciones y realidades
El profesor Jürgen Tampke nos presenta una obra valiente y oportuna en tanto en cuanto aborda como objeto de estudio principal un acontecimiento del que se cumple su centenario: el Tratado de Versalles. El lector potencial quizás se halle tentado a pensar que encontrará un libro complejo de leer, con abundancia de términos jurídicos y una batería interminable de presidentes y diplomáticos. Por el contrario, tiene ante sí un ensayo fundamental para conocer el comportamiento de Alemania desde su creación como nación hasta casi el momento actual.

Al respecto, se detectan en el autor ciertas constantes a la hora de evaluar la conducta de su país natal que le alejan de cualquier chovinismo. En efecto, la imagen que nos transmite de Alemania, sobre todo hasta 1945, no resulta positiva, en particular en lo que atañe a su actitud en cuantos conflictos bélicos participó. Sin embargo, esta suerte de “exceso crítico” le lleva en ocasiones al profesor Tampke a perder la perspectiva, ya que no juzga con idéntica severidad la forma de proceder de aquellas otras naciones con las que rivalizó Alemania, tales como Francia o Inglaterra, desde finales del siglo XIX.

Esta última etapa histórica se antoja fundamental para comprender el mensaje que nos quiere transmitir el autor: una vez que ya se había constituido como nación, la siguiente aspiración de Alemania fue convertirse en una potencia mundial. Para tal finalidad, resultó determinante la política exterior desplegada por el canciller Von Bulow, quien dejó atrás la cautela y el pragmatismo con que Bismarck había encarado aquella, afirmando al respecto “exigimos un lugar bajo el sol” (p. 33).

Para el doctor Tampke, este deseo constituía una coartada que encubría una meta de mayor enjundia: sustituir a la Inglaterra victoriana como potencia hegemónica global. En este sentido, amplios sectores de la intelectualidad, de la clase política y del ejército alemán se aferraron a un darwinismo social, que en última instancia justificaba la superioridad espiritual de Alemania y concebía la guerra como una necesidad biológica entre naciones rivales que luchaban por la supervivencia. De una manera más prosaica, numerosos representantes del mundo industrial proclamaron que la supremacía económica y política de Alemania en Europa no se podría lograr nunca por medios pacíficos.

En función de esta perspectiva, parece que la Primera Guerra Mundial resultaba un destino inevitable. En este punto, el autor responsabiliza a Alemania, no concediendo la importancia que merece a otros factores que contribuyeron a que la contienda bélica finalmente se desencadenase, como el rearme acelerado que las potencias europeas realizaron en los años previos a 1914, estando íntimamente relacionado aquel con el despliegue de una agresiva política “imperialista”.

Igualmente, cuando Jürgen Tampke aborda el desarrollo de la Primera Guerra Mundial, subraya la brutalidad de las tropas alemanas y concede un espacio muy residual a que sus contrincantes aplicaron los últimos avances tecnológicos con la finalidad de generar la mayor destrucción posible en el adversario. De una manera más concreta, asocia el Tratado de Brest-Litovsk a la voracidad alemana, eximiendo de cualquier responsabilidad a Lenin, cuyo cinismo y ambición le llevaron a impulsar dicho acuerdo de paz, a pesar de las ingentes pérdidas territoriales que conllevó para Rusia.

Versalles: ¿castigo o recompensa para Alemania?
El profesor Tampke se desmarca de la corriente historiográfica mayoritaria e insiste en que Versalles no fue un tratado negativo para Alemania. En íntima relación con este argumento, añade que implica un error atribuir a aquel la responsabilidad del fracaso de la República de Weimar y el consiguiente ascenso del nazismo. No obstante, reconoce que esta última es la tesis que ha prevalecido en la academia debido al rol desempeñado principalmente por el economista inglés John Maynard Keynes y por el grupo de intelectuales idealistas que acompañaron a Woodrow Wilson en las negociaciones de París. En este punto, aparta cualquier sombra de duda sobre el citado presidente norteamericano, de quien valora positivamente sus intervenciones entre 1914-1918 por condenar en las mismas la autocracia alemana, cuyo paradigma descansaba en la preferencia por la opacidad diplomática.

Con todo ello, para Tampke los hechos fueron otros: Versalles no significó un castigo para Alemania y las prohibiciones que le estableció, en particular las relacionadas con el rearme, las burló mediante la firma de una serie de tratados, como el suscrito en 1924 con la URSS. En consecuencia, Alemania perdió la guerra pero ganó la paz (p. 190), recordando que al contrario que otros contendientes, no sufrió ni la devastación de sus fábricas, ni la invasión de su territorio.

En cuanto a la República de Weimar, la contempla como un mar de contradicciones. En efecto, se produjo una transición relativamente pacífica de la monarquía a la república, con una Constitución avanzada en lo relativo a derechos y libertades, pero con artículos que otorgaban un peso excesivo al presidente. Asimismo, entre la vieja clase gobernante que condujo al país a la guerra y la nueva dirigencia que debía guiar la reconstrucción, existían nexos de unión: ambas rechazaban que Alemania hubiera sido la causante única en el desencadenamiento de la Primera Guerra Mundial.

Además, en la República de Weimar la élite reaccionaria prusiana (fundamental en la llegada de Hitler al poder) mantuvo intacta su posición de privilegio en enclaves estratégicos como el industrial, el militar, la educación y la administración de justicia. Finalmente, la coalición de partidos que gobernó, adoptó una serie de decisiones económicas nefastas que se tradujeron en el Crac del 29, además de mostrarse incapaz de garantizar el orden en el interior del país. La suma de este cúmulo de circunstancias catapultó a Hitler al frente del destino de Alemania, no el Tratado de Versalles, sentencia el doctor Jürgen Tampke.

¿Viraje alemán tras 1945?
Esta parte de la obra la consideramos de máxima importancia; en ella, el tono crítico del autor hacia su país lo combina con una postura plagada de realismo que le lleva a no caer en la autocomplacencia. Al respecto, cuando analiza el legado de Hitler no ofrece únicamente cifras relativas al daño causado, sino que da un paso más, enumerando ciertas “verdades incómodas”. Una de ellas, quizás la principal, que el nazismo contó con la adhesión mayoritaria de la sociedad alemana, sobresaliendo sectores con capacidad para influir en la opinión pública, tales como el de los historiadores y el de los industriales. A partir de esta premisa, disecciona otro asunto no menos conflictivo ¿extrajo Alemania las lecciones adecuadas de su comportamiento durante la primera mitad del siglo XX?

En su respuesta, Tampke huye de la comodidad y de la equidistancia para adentrarse en terrenos más polémicos. Así, valora positivamente el desarrollo económico experimentado por la RFA a partir de 1945, pero complementariamente nos transmite que tanto en la clase política como en la sociedad se instaló un modus operandi susceptible de traducirse en que no era necesario escarbar en el pasado: “para el lector que desee saber más sobre los juicios contra los asesinos de masas de Auschwitz es recomendable una buena dosis de tranquilizantes. Un brigada de las SS, por ejemplo, acusado de arrojar a 400 niños húngaros vivos al fuego, fue absuelto porque uno los testigos no pudo subir al estrado” (p. 247).

Además, existía un consenso básico entre la comunidad de historiadores que se resumía en que la Guerra del 14 había sido responsabilidad de todas las potencias, resultando estigmatizado quien no comulgara con dicho punto de vista. Este debate sobre el inmediato pasado alemán reapareció con fuerza y con elevadas dosis de radicalismo en los años 80, brindándonos el autor tanto nombres como ideas defendidas: Michael Stürmer (por un lado, subraya que Versalles fue un error de los aliados que condujo a la caída de Weimar y al ascenso del nazismo; por otro lado, define como “complot comunista” los juicios de Nuremberg ), Ernst Nolte (sostiene que los crímenes cometidos por la Alemania nazi fueron responsabilidad de la URSS) y Andreas Hillgruber (considera las operaciones del Alto Mando alemán un intento por detener el avance del Ejército Rojo).

En conclusión
El profesor Jürgen Tampke valora positivamente que en la actualidad Alemania honre a través de museos y publicaciones la memoria de las víctimas provocadas por el horror nazi y se comporte como un socio constructivo en el proyecto de integración europea. Sin embargo, lamenta que persista la tendencia a achacar el nazismo a factores externos y a considerar que no fue la responsable única de la Primera Guerra Mundial.

 

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