La obra del filósofo conservador más importante de su generación es apabullante La última lección de sir Roger Scruton (1944-2020)

13/01/2020

Vicente de la Quintana Díez es colaborador de FAES


El 12 de enero, la página web del filósofo británico Roger Scruton recogía un escueto comunicado: “Con gran pesar anunciamos la muerte de Sir Roger Scruton, FBA, FRSL. Amante esposo de Sofía, adorado padre de Sam y Lucy y apreciado hermano de Elisabeth y Andrea, falleció en paz el domingo 12 de enero. Nació el 27 de febrero de 1944 y estuvo luchando contra el cáncer durante los últimos seis meses. Su familia está enormemente orgullosa de él y de todos sus logros”.

Ciertamente, el orgullo de sus familiares está más que justificado para cualquiera que repase los 75 años de una biografía tan intensa como ejemplar.

Considerado el filósofo conservador más importante de su generación, su obra escrita es apabullante en calidad y cantidad: más de cincuenta libros sobre las más variadas disciplinas: política, estética, arte, música, religión, filosofía, sin olvidar la caza del zorro o la apreciación teórica y práctica del buen vino.

Tuvo tiempo de escribir también obras de ficción, novelas y cuentos, e incluso componer una ópera y piezas de cámara basadas, por cierto, en poemas de García Lorca. De la elegancia, profundidad y amable humor que adornan su vasta producción sabe todo el que se haya aventurado en su obra, esa “Tebas de las cien puertas”.

Scruton creció en un medio familiar modesto. Su padre, profesor en una pequeña escuela y ferviente laborista, alimentaba una variante del resentimiento social: concebía la lucha de clases como una conjura de señoritos incubada en las Grammar schools con el propósito de expoliar al pueblo trabajador inglés de todas sus posesiones comunitarias, incluido el paisaje. La rebelión contra el padre supuso para Scruton graduarse en Cambridge con una tesis sobre Filosofía estética, abandonar el hogar y descubrir en el París de mayo del 68 una vocación de intelectual conservador ‘a rebours’ sostenida con tenacidad hasta el último momento.

Durante el resto de su vida trató de hallar respuesta a las preguntas que formuló, en vano, esa primavera parisina a los que regresaban de las protestas: ¿Con qué pretendéis reemplazar a esa burguesía que despreciáis y a quién debéis la libertad y prosperidad que os permite jugar con vuestras barricadas de juguete? ¿Estáis preparados para morir por vuestras convicciones o simplemente a poner en riesgo a los demás para exhibiros? La respuesta de Foucault en Les mots et les choses nunca le convenció. Nunca consiguió ver en la cultura y el conocimiento meras pantallas de dominación, simples “discursos de poder”.

Su ‘contestación’ consistió desde entonces en buscar la preservación de lo que hace habitable el mundo como hogar. En defender con sofisticación y belleza lo que los romanos llamaron pietas: la percepción de quien se siente deudor (de una familia, una nación, una civilización) por todo aquello que recibe al nacer y que es anterior a él. Y en librar, en consecuencia, con tenacidad y coraje, el combate contra la impiedad de quienes hacen del pensamiento una ‘empresa de demoliciones’ para construir desde cero cualquier utopía antihumana.

En buena medida, la vida de Scruton ha sido una prolongada lección de eso que tanto nos está haciendo falta: valor cívico, la forma de honestidad intelectual que Benjamin Constant contrastaba con el valor físico: “Ese coraje que hace desafiar la muerte en una batalla, es más fácil que la profesión pública de una opinión independiente, en medio de las amenazas de los tiranos o de los facciosos”.

Antes y después de la caída del Muro de Berlín, Scruton acreditó sobradamente que, en su caso, el coraje físico y el moral iban de la mano. Fundador de la revista The Salisbury Review, la independencia de su línea editorial, atenida a un conservadurismo riguroso, le expuso a las iras del establishment académico británico, dominado entonces por una homogénea apisonadora izquierdista. En 1985, la publicación de su libro Thinkers of the New Left, fue recibida como un crimen intelectual de leso progresismo y le supuso la definitiva expulsión de la comunidad académica.

Scruton se dedicó entonces a impartir clases en otro tipo de aulas. En los ochenta creó en Checoslovaquia una red de seminarios clandestinos, una virtual Universidad ‘underground’, de la mano de Julius Tomin y otros disidentes del comunismo. Scruton realizaba viajes periódicos al otro lado del Telón para impartir clases de filosofía, historia y literatura prohibidas por las autoridades, llegando a ser detenido por la policía secreta. Más tarde lo recordaría así: “Esos disidentes eran agudamente conscientes del valor de la memoria. Sus vidas eran un ejercicio de lo que Platón llamaba anamnesis: el traer a la consciencia las cosas olvidadas. Algo en mí respondió inmediatamente a esa ambición y pude alguna vez unirme a ellos y hacer conocida su situación al resto del mundo. Y descubrí que la anamnesis describía también el significado de mi vida”.

Son innumerables las controversias protagonizadas por Scruton a lo largo de su vida. Los tópicos del conformismo progresista fueron su blanco favorito. Y esta ha sido otra de sus virtudes: combatir lo políticamente correcto sin incurrir nunca en lo políticamente abyecto.

Defendió la causa de la arquitectura tradicional y la alta cultura, y a la Iglesia anglicana sin franquear el umbral de la fe, manteniendo la peculiar visión religiosa que se describe en The face of God.

En su obra de carácter político se va perfilando una visión conservadora que trata de recobrar para un mundo afectado por el “desencantamiento” (Entzauberung) weberiano la idea de un ‘hogar’ desde donde pueda suscribirse el auténtico contrato social; el que vincula las generaciones de los muertos, los vivos y los no nacidos. Scruton se esforzó en justificar filosóficamente el sustrato conservador en el que la sociedad liberal puede echar raíces y florecer.

De Scruton puede decirse, en fin, que ha sido un filósofo a la manera clásica, no un mero “profesor de filosofía”. Ha sido, en la estela de los sabios antiguos, de la estirpe de los que entienden la filosofía como forma de vida. Hasta el último minuto.

En abril del año pasado, pocos meses antes de que se le diagnosticara el cáncer del que ha fallecido, tuvo lugar el último de sus pugilatos. Nombrado en 2016 por el gobierno británico miembro de la comisión Building Better, Building Beautiful, para asesorar sobre urbanismo a la administración, su fichaje levantó las suspicacias de la prensa y de determinados sectores de la izquierda británica.

Se censuraba, antes que sus criterios estéticos, sus posiciones políticas. En ese ambiente, Scruton concedió en abril una entrevista a George Eaton, para el medio izquierdista New Statesman. Al poco de concluirla, Eaton comunicaba en twitter que las declaraciones que había obtenido de Scruton eran “indignantes”. Más tarde publicaba en Instagram una foto de sí mismo brindando con champán para celebrar “la expulsión como consejero gubernamental de un derechista racista y homófobo como Roger Scruton”. Porque a las seis horas de publicada la entrevista, se había anunciado la destitución de Scruton.

Tres meses después el periódico se tenía que disculpar por haber publicado una entrevista manipulada que abusaba de la deshonesta técnica de la cita selectiva y descontextualizada. Su propósito no había sido elaborar una información sobre las opiniones de Scruton, sino, tal y como alardeaba en twitter el entrevistador: “el placer de sentir que has echado como asesor de un gobierno tory al derechista, racista y homófobo Roger Scruton”.

La maliciosa maniobra de Eaton fue descubierta por el comentarista del Spectator Douglas Murray que consiguió hacerse con una grabación completa de la entrevista. Su publicación puso de relieve las omisiones y la descontextualización a la que se habían sometido las palabras de Scruton. Se hizo obvia la inconsistencia de las imputaciones lanzadas contra él. Y también la cobardía de algunos políticos. Disculpas del New Statesman. Disculpas del gobierno y, posteriormente, bastante tarde, readmisión de Scruton en la comisión. Todo el episodio, como se ve, resulta una brillante ilustración del último libro de Murray sobre la histeria, la coacción y la autocensura inducidas por la corrección política: The madness of crowds: gender, race and identity”.

El pasado 21 de diciembre Scruton publicaba en el Spectator su último artículo, un repaso al último año de su vida desde la última vuelta del camino: “My 2019”. En la entrada del último mes, diciembre, se lee: “Durante este año mucho se me ha arrebatado: mi reputación, mi prestigio en el mundo intelectual, mi posición en el movimiento conservador, mi paz de espíritu, mi salud. Pero se me ha devuelto mucho más: gracias a la generosa defensa de Douglas Murray, gracias a los amigos que han permanecido a mi lado, gracias al reumatólogo que salvó mi vida y al médico a cuyos cuidados me confío ahora. Abatido en mi país, se me ha encumbrado fuera y repasando la secuencia de los acontecimientos solo puedo alegrarme de haber podido vivir lo suficiente para ver cómo ha sucedido todo. Cuando llegas al borde de la muerte empiezas a comprender el significado de la vida, y lo que significa es: gratitud”.

Scruton, que en un magnifico ensayo titulado “Morir a tiempo” había escrito que “el valor de la vida no consiste en su duración sino en su profundidad” puso punto final a su obra escrita, en alusión al don gratuito de la existencia, eligiendo esta bella palabra: gratitud. Profunda gratitud sentimos hoy los que, persuadidos de la vigencia de su obra, pedimos por el descanso de su alma, el consuelo de sus familiares y amigos y el reconocimiento que su figura merece.

Descanse en paz, Sir Roger Scruton, para quien parece escrita y merece ser esculpida la recomendación de la Epístola moral: “IGUALÓ CON LA VIDA EL PENSAMIENTO”.

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