Acuerdo final 'Brexit' pero menos

30/12/2020

Parece que en el Reino Unido se extiende la decepción ante el acuerdo final sobre el brexit. Decepción, claro está, entre aquellos sectores que se creyeron la salida británica de la Unión Europea como una epopeya de resonancias bíblicas en la que Johnson y los suyos liberaban a los británicos de su cautiverio en esa nueva Babilonia en que su discurso había convertido a Bruselas.

Los que fantaseaban con la Armada británica expulsando a los pescadores comunitarios de sus aguas, se han encontrado con un acuerdo razonable sobre pesca que equilibra la gestión de la sostenibilidad con el acceso a los mercados y los derechos de las flotas de la Unión en aguas sobre las que el Reino Unido puede decir que restablece su soberanía. Tampoco el acuerdo en materia de servicios financieros parece convencer a la City y hasta el propio primer ministro ha reconocido que les habría gustado llegar más lejos. En todos los demás capítulos se ha impuesto la necesidad, absolutamente inevitable, de acordar los términos de un divorcio que, sin embargo, exige convivencia e impone servir a intereses vitales de economías y sociedades unidas por intercambios de todo orden que no pueden ni deben cortarse de la manera en la que pretendían los fanáticos del brexit, que no pueden eludir el hecho de que es preciso una estrecha cooperación en materia de seguridad y de gestión de la economía de datos.

Se acredita el acierto de la posición negociadora de la Unión al mantener la unidad en la interlocución ante los británicos, frente a la estrategia inicial de Londres de convertir el acuerdo final en la resultante de una suma de acuerdos bilaterales con los Estados miembros. La Unión acertó también al insistir en el principio del “level playing field” porque, como señaló el negociador jefe por parte de la comisión, Michel Barnier, negociar un acuerdo comercial a partir de la divergencia regulatoria resultaba difícilmente viable.

El acuerdo alcanzado debe satisfacer a los proeuropeos británicos porque es lo máximo a lo que se puede llegar con un país que ya no es miembro de la Unión, y debería satisfacer también a quienes, críticos con el desarrollo institucional de la Unión, con su potencia reguladora y con los ámbitos de soberanía puesta en común, son conscientes de que es preciso establecer una relación constructiva con un área comercial, política, jurídica y de seguridad de la dimensión de la Unión Europea.

El acuerdo no satisfará a quienes plantearon a los ciudadanos del Reino Unido la salida de su país como un juego de suma cero en el que el beneficio máximo se obtendría de la destrucción de la Unión. Una eficaz campaña en la que la mentira se convirtió en el argumento más convincente del populismo antieuropeo de Boris Johnson y Nigel Farage, llegó a muchos ciudadanos que creyeron que, en efecto, el Reino Unido estaba siendo esquilmado por Bruselas. Ahora, el Gobierno que prometió la liberación del yugo europeo tiene que administrar y cumplir un acuerdo muy alejado de los parámetros del euroescepticismo agresivo en el que se instaló. Hasta tal punto es así, que de la lectura de varias de sus secciones se puede sacar la impresión de que faltaría muy poco para sostener que el acuerdo casi devuelve al Reino Unido a la condición de miembro de la Unión, pero ese “casi” es esencial porque le priva de participar en las decisiones europeas. Más de uno se preguntará en la Inglaterra interior si, a la vista del acuerdo final, el brexit con toda su tamborrada nacionalista ha valido la pena, y esta pregunta va estar presente en la política británica desde el debate mismo sobre la ratificación del acuerdo.

Londres ha confirmado su aceptación del estatuto especial de Irlanda del Norte, que queda como territorio comunitario en prácticamente todo ya que, de lo contrario, tendría que restablecerse una “frontera dura” entre las dos Irlandas. La frontera queda desplazada al Mar de Irlanda, una solución imaginativa pero difícil de explicar salvo que se asuma que el Reino Unido es, desde el 1 de enero y a estos efectos, un país con dos sistemas o al menos dos ámbitos económicos y comerciales claramente diferenciados. El brexit apunta, además, a un recrudecimiento de la reivindicación soberanista escocesa, paradójicamente sobre la base de su deseo de volver a integrarse en la Unión. Estos dos efectos que se derivan directamente del brexit deberían haber hecho reflexionar a sus promotores, y así debería haber sido si el brexit no fuera producto de un estrecho nacionalismo inglés, aparentemente despreocupado de sus implicaciones para la cohesión territorial del conjunto del Reino Unido.

En el contexto internacional más amplio, las cosas se han complicado para los “brexiters”. La salida de la UE se plantea en un momento de auge populista que entre los euroescépticos británicos recibe el aporte de la presidencia de Donald Trump. La ilusión de un gran acuerdo comercial sustitutivo con ventaja de la pertenencia a la Unión actuó como una falsa red de seguridad que alegaban los que propusieron abandonar la Unión Europea. La derrota de Trump, el profundo impacto de una pandemia que ha creado su propia variante “británica” del virus, la recesión sin parangón desde la II Guerra Mundial que sufre el Reino Unido y las grietas en la cohesión de los partidos, empezando por el conservador, dibujan un panorama bien distinto al que pintaron los euroescépticos y en nada coincidente con la “vida en rosa” que estos prometieron a sus conciudadanos.

El brexit ha sido un error, un grave error que pesará como tema central de la política británica en la próxima década y cuyas consecuencias todavía están por emerger. Sería bueno tomar nota de cómo un discurso de denigración, de exceso verbal, de mentira en suma, como el del euroescepticismo británico, puede terminar por hacer mella incluso en una sociedad tan madura políticamente. Y hay que tomar nota para resistir a los aprendices de brujo que entre nosotros buscan un dudoso rédito político con discursos similares de denigración, de exceso y de mentira, que copia lo peor que ha ocurrido en un socio y aliado como el Reino Unido. Un socio y aliado que, incapaz del dar el portazo que alentaba el frívolo y banal euroescepticismo, ha tenido que sentarse, negociar y aceptar una realidad que debe ser fructífera para ambas partes.

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