Intervención de José María Aznar en la clausura del Congreso de Empresarios Hoteleros

05/11/2009

Intervención de José María Aznar en la clausura del Congreso de Empresarios Hoteleros




/07.11.2008/
El presidente de la Fundación para el Análisis y los Asuntos Sociales (FAES), José María Aznar, ha visitado Zaragoza para clausurar el Congreso de Empresarios Hoteleros que organiza la Confederación Española de Hoteles.


José María Aznar ha pronunciado una conferencia sobre la situación económica nacional e internacional.



A continuación se reproduce de íntegramente la conferencia pronunciada por José María Aznar:


Deseo, en primer lugar, agradecer muy sinceramente a la Confederación Española de Hoteles y Alojamientos Turísticos su invitación a dirigirme a todos ustedes.


Esta invitación me ha permitido, además, volver a visitar esta magnífica ciudad de Zaragoza.


Como ustedes saben, me gusta aprovechar el tiempo, me gusta no hacer perder el tiempo a los demás e ir al grano. Eso haré hoy también.


En los próximos minutos les trasladaré mis puntos de vista sobre la actual situación económica internacional, europea y española, sobre sus perspectivas económicas a medio plazo, y les expondré mis ideas sobre lo que nuestro país necesita para afrontar la crisis que sufre.


Después, les trasladaré algunas ideas, por si les pueden ser útiles, sobre posibles iniciativas sectoriales que puedan ayudar a este sector tan importante para la economía nacional que es el sector hotelero y del alojamiento turístico.


Estas ideas no son, como es natural, las de un experto en la materia, ni las de un consultor, sino las de una persona que ha tenido responsabilidades de gobierno, y que ahora pasa dos tercios del año viajando por el mundo y viviendo de primera mano lo que ocurre en las principales economías del planeta.


Comenzaré por analizar la situación económica internacional, que, como ustedes saben mejor que yo, condiciona de forma directa e intensa la actividad del sector hotelero.


Los análisis más fiables pronostican para lo que queda de año y para 2009 un estancamiento económico o una recesión, según el caso, en la mayoría de los países desarrollados.


A día de hoy, la recesión en la economía estadounidense es inevitable. La incógnita a fecha de hoy es durante cuántos trimestres el PIB estadounidense estará cayendo en términos reales.


Me atrevo a pronosticar que serán pocos, y que lo más probable es que ésta sea la economía que primero levante la cabeza.


Y eso a pesar de que muchos han puesto el foco en los Estados Unidos como causa de todos los problemas de la economía mundial, algo que aunque a algunos gobiernos les resulte útil para enmascarar los problemas económicos nacionales, no responde a la realidad.


Hay cinco razones que me hacen creer que la recuperación de la economía estadounidense se puede adelantar a la de otras economías occidentales.


La primera, que el estallido de la burbuja inmobiliaria se produjo en los Estados Unidos antes que en otros países europeos, y con una dimensión de la burbuja comparativamente inferior. El ciclo inmobiliario, al ir adelantado, alcanzará antes su punto de inflexión.


La segunda, la proverbial flexibilidad del mercado inmobiliario estadounidense, que permite ajustar los excesos de oferta mediante caídas de los precios mucho más rápidamente que en Europa o Japón.


El tercer elemento tiene que ver con la flexibilidad del conjunto de la economía estadounidense, que permite a todos sus mercados, empezando por el de trabajo, reaccionar con mucha mayor rapidez ante los choques económicos adversos.


Un buen ejemplo lo hemos tenido en los datos de desempleo del último mes. En los Estados Unidos, una economía de 120 millones de empleados, esa que algunos dicen que va fatal y es el epicentro de la crisis mundial, saltaron todas las alarmas porque el paro subió en 140.000 personas en un mes, algo que allí se considera completamente inaceptable.


En España, con menos de 19 millones de empleados, el paro ha subido en 200.000 personas en ese mismo mes. Y la reacción, ha sido, por decirlo de alguna manera, distinta.


El cuarto elemento de fortaleza es que el Gobierno y el Parlamento estadounidense, desde los dos principales partidos políticos nacionales, están decididos  a adoptar todas las medidas necesarias para sanear y reactivar su sistema financiero, algo fundamental para volver  a poner en marcha la maquinaria económica estadounidense. La reacción de la Reserva Federal, además, está siendo decidida. El presidente de la Reserva Federal, Bernanke está comprometido a evitar una restricción de la liquidez que acentúe la crisis de la economía real.


El quinto factor que me hace ser optimista es la racionalidad y el pragmatismo con los que los estadounidenses reaccionan ante los problemas económicos.


Eso significa, por ejemplo, que ante los problemas del sistema financiero no van a emprender caminos equivocados.


En los Estados Unidos optarán por corregir los errores del Estado en su manejo de la política monetaria, en su actividad supervisora y reguladora, y en sus políticas públicas sectoriales, como la de promoción del acceso a la vivienda.


Optarán también por corregir los errores en materia de información y transparencia en los mercados financieros, de modo que los accionistas y ahorradores cuenten con la información adecuada a la hora de asumir riesgos y contratar a los directivos de las empresas en las que inviertan su dinero.


Esto es lo que explica, entre otras cosas, que el crecimiento económico estadounidense haya venido siendo sistemáticamente superior al europeo en los últimos veinte años, que su PIB por habitante siga siendo muy superior al de prácticamente todas las economías europeas y que la tasa de paro sea muy inferior a la que registramos en este lado del Atlántico.


Me temo que las perspectivas económicas en Europa, el bloque económico en el que nos movemos, son peores.


La recesión va a golpear muy dura y largamente a las principales economías europeas.


Pero el problema económico europeo no es que vaya a sufrir una recesión más o menos generalizada. El problema económico europeo es que la Unión Europea tiene muchas papeletas para que su recuperación sea más incierta, más tardía y de menor intensidad que, por ejemplo, la estadounidense.


Por un lado, la recesión del Reino Unido, Francia y Alemania, así como la más intensa de España, se van a unir al estancamiento económico que desde hace tiempo arrastran economías como la italiana, la portuguesa o, en menor medida, la belga.


A lo anterior se añade el problema derivado de que algunas economías de tamaño mediano que hasta ahora se comportaban con dinamismo, como Holanda e Irlanda, tampoco van a escapar a la crisis. 


En segundo lugar, el frenazo económico se va a extender a Europa del Este, lo que a su vez ahondará la crisis en Alemania, una economía muy expuesta a estos mercados que se vislumbraba como el principal motor de la recuperación económica continental.


En tercer lugar, la crisis financiera, que es un choque económico adverso, afecta más a unos países que a otros. Los más flexibles amortiguan mejor el golpe. Y es un hecho que la mayoría de los países europeos no pueden presumir de flexibilidad en sus economías, sino más bien de tener mercados notablemente rígidos.


En cuarto lugar, la mayoría de los países europeos han construido Estados del bienestar con escasos incentivos a la aceptación de empleos en tiempos de dificultades económicas. Esto dificulta la recuperación.


Afortunadamente, ante la crisis  financiera los Estados han reaccionado correctamente en la mayoría de los países europeos, intentando evitar el colapso del sistema bancario. La reacción se ha saldado, por el momento, con éxito.


A lo anterior se une el hecho de que el Banco Central Europeo ha comenzado también a reaccionar positivamente, siguiendo la estela marcada por la Reserva Federal.


Con todo, siendo estas intervenciones una condición necesaria para hacer frente a la crisis, no constituyen condición suficiente. Ante la crisis financiera, se necesitan además dos tipos de reformas.


Se necesitan, en primer lugar, reformas para subsanar los fallos que han conducido a la crisis financiera, a las que anteriormente me he referido en el análisis de la economía estadounidense.


Y en este terreno, en el de la mejora de la calidad de la regulación y la subsanación de los fallos del Estado como supervisor, mucho me temo que la mayoría de los países europeos va a actuar con una buena dosis de dogmatismo.


Desde buena parte de los países europeos se va a plantear que la reacción ante la crisis debe ser mayor ?"que no mejor- intervención pública, mayor -que no mejor- regulación, mayor rigidez en los mercados y protección comercial e inversora ante el exterior.


No van a ser pocos los países europeos que decidan avanzar por este camino del recorte de la libertad económica.



En mi opinión será un nuevo error, que sólo servirá para empeorar las cosas, para seguir viendo ampliarse la brecha de renta por habitante con los Estados Unidos y para seguir contemplando las estadísticas de millones de parados en la economía del Viejo Continente.


Pero además de las reformas en el terreno financiero, la mayoría de los países europeos necesita reformas estructurales en los restantes mercados, en los no financieros.


Y aquí es donde para el conjunto de Europa no soy demasiado optimista. La mayoría de los países europeos han perdido un buen número de años, los transcurridos desde la Estrategia de Lisboa en el 2000, para hacer los deberes en materia de reformas. Ahora se empieza a pagar la abultada factura económica y social de la ausencia de coraje político y desidia o alergia antirreformista, según los casos.


El resultado más probable de lo anterior es un período dilatado, de entre tres y cinco años, de estancamiento en las principales economías europeas.


Si las reformas estructurales no son fáciles en un contexto de bonanza económica, lo son menos en época de crisis, lo que me hace tener pocas esperanzas de que la mayoría de los países europeos tome ahora la senda adecuada.


Me cuesta creer que vaya a ser justamente ahora, en medio de una aguda crisis económica y social, cuando las reformas laborales, las reformas en la Sanidad, las reformas en los sistemas de pensiones, las reformas en los Estados del bienestar, las privatizaciones, las liberalizaciones y la apertura comercial al exterior vayan a ver la luz.


Será más fácil echarle la culpa al mercado y a la economía libre.


En España, de acuerdo con la opinión de la mayoría de los analistas independientes, la recesión, esa palabra maldita que habíamos ya olvidado, no es que sea inevitable, que desgraciadamente lo es, sino que va a ser intensa y prolongada. Más intensa y más prolongada que en el resto de Europa.


Los expertos pronostican, por desgracia para todos, que el PIB español caerá durante al menos un año y medio, sin descartar que la recesión, es decir, el crecimiento negativo, la reducción del tamaño de la tarta, se alargue más, incluso bastante más, en el tiempo.


Por desgracia, y digo por desgracia por las tremendas consecuencias económicas y sociales que esta profunda recesión va a tener sobre millones de ciudadanos de nuestro país.


A fecha de hoy son ya nada menos que 3.100.000 los parados en España, porque corresponde contar como parados a los 270.000 desempleados que efectivamente buscan empleo y no lo encuentran pero los que la Administración ha sacado de las estadísticas del paro porque se considera que no tienen "suficiente formación", suficiente formación entre comillas. De esos 270.000, 180.000 están en Andalucía.


Y eso que la recesión no ha hecho más que empezar.


Nada me gustaría más que equivocarme, pero creo que lamentablemente los expertos van a acertar. 


Y creo que van a acertar porque la economía española reúne todas las condiciones necesarias para que se produzca esta recesión de profundos efectos antisociales, que, de eso no dudan los expertos, será en España más aguda y duradera que en los demás países europeos.


Hay cinco factores que explican la recesión diferencial de la economía española que se avecina, factores que deben ser identificados correctamente para poder reaccionar con las medidas adecuadas.


Y lo digo porque les anticipo que estoy convencido de que, a pesar de la crisis, que ya se materializa en recesión, hay oportunidades para que la economía española pueda recuperarse. A ellas me referiré más adelante.


Pero antes es preciso diagnosticar bien las causas por las cuales la economía española va a registrar una crisis más aguda, profunda y duradera que la del resto de Europa.


El primer factor explicativo de la recesión diferencial de la economía española viene dado por los desequilibrios acumulados durante los últimos años, entre los que destaca el brutal desequilibrio en las cuentas exteriores.


Una necesidad de financiación anual del 12 por ciento del PIB y una deuda externa del 150 por ciento del PIB es simplemente un disparate. Depender hasta ese extremo de la financiación exterior coloca a la economía española en el disparadero ante cualquier contracción del crédito internacional, algo de lo que muchos expertos venían tiempo advirtiendo.


El segundo factor explicativo, relacionado directamente con el primero, viene dado por el excesivo incremento del gasto público, de más del 9 por ciento cada año, año tras año, y de la subida de los impuestos. Casi cuatro puntos más sobre el PIB de presión fiscal son muchos miles de millones de euros en mayores impuestos extraídos de las cuentas de las empresas y de los bolsillos de los ciudadanos. Esos mayores impuestos, incrementados en tanta cuantía, pesan hoy como una losa sobre la economía española.


En tercer lugar, y como consecuencia del exceso de crecimiento del gasto público, se encuentra la inflación diferencial española, más de un punto superior, año tras año, a la de nuestros principales competidores, lo que ha erosionado profundamente la competitividad de la economía española en todos los sectores, incluido el hotelero.


En cuarto lugar, la economía española es hoy más débil ante el deterioro económico internacional  como consecuencia de los retrocesos experimentados en el terreno de la flexibilidad y la liberalización, en particular, en lo referido al mercado de trabajo, hoy más rígido a raíz de la anti-reforma del 2005; en el sector de la distribución comercial, con  mayores restricciones como consecuencia de la reforma legal de 2004, los efectos perniciosos derivados de la Ley del Suelo de 2006; y la intromisión de los poderes públicos en decisiones que deberían ser puramente empresariales, a raíz de, entre otras medidas aprobadas en los últimos años, el mal denominado Código de Buen Gobierno, por no hablar de las interferencias políticas en grandes operaciones empresariales en el sector de la energía de todos conocidas.  


A ello podemos unir las indeseables consecuencias de la Ley del Suelo, que ha coadyuvado a agravar la situación de nuestro mercado inmobiliario y de nuestras entidades financieras.


En quinto lugar debe ser destacado el deterioro institucional, derivado de su pérdida de autonomía, de nuestros principales organismos reguladores y supervisores: el Banco de España, la Comisión Nacional del Mercado de Valores, la Comisión Nacional de la Energía, la Comisión del Mercado de Telecomunicaciones y el Tribunal de Defensa de la Competencia, entre los principales. 

 

Seis mil nuevos parados al día, casi dos nuevos parados por minuto, son demasiados. Pasar en pocos años de crear más empleo que Francia y Alemania juntas a generar más desempleo que nadie en Europa es como para estar preocupados. Generar más de 800.000 parados al año no es aceptable.


Sobre todo cuando diecinueve países de la Unión Europea han sido capaces de reducir su desempleo en el último año.


Lo más preocupante de todo es que la mayoría de los expertos no sólo rechaza que en España la crisis se vaya a comenzar a superar en 2009 ni en 2010. Apuntan a una crisis de entre seis y diez años, con una economía lastrada por una grave pérdida de competitividad. De una crisis que situará el desempleo por encima de los cuatro millones de parados.


Y esto, desgraciadamente, no es ciencia ficción. Portugal, Italia, Suecia y Japón saben muy bien qué es estar muchos, muchos años creciendo cero o negativamente.


Ni España ni los españoles se merecen una década perdida de estancamiento, paro masivo y cierres de empresas. Pero hay que advertir que esta posibilidad no sólo existe, sino que no es improbable si no se acomete un cambio profundo en la política económica y se afrontan las reformas necesarias.


En lugar de lamentarnos, creo que lo más productivo es plantear soluciones, caminos de futuro. Porque los hay. Es posible volver a crecer, a crear empleo y a reducir el paro. Pero eso exige un cambio muy profundo en las prioridades políticas y en la propia política económica.


Frente a la crisis es preciso trabajar más, recortar el gasto público y acometer profundas reformas estructurales en muchos ámbitos.


No son recetas simpáticas, pero son las únicas que nos pueden sacar de la crisis.


 La primera tarea, crucial para el buen fin de las demás, es restaurar la confianza en el seno del sistema financiero español.


Eso quizás exija al gobierno reflexionar sobre el alcance de las medidas adoptadas y, quizás, si ello fuera necesario, aunque sólo el gobierno dispone de la información precisa, emprender medidas de mayor alcance.


Lo que debe quedar claro es que si no se restablecen los canales del crédito interbancario y los canales de préstamo a las familias y a las pymes, el resto de las medidas que se adopten verán muy limitada su efectividad.


La austeridad debe ser máxima en el conjunto de las Administraciones públicas, drástica en lo que se refiere al gasto corriente. Y no durante un solo año.


Además, son ya simplemente ineludibles las reformas en la Administración pública para ganar en eficiencia y en transparencia.


España necesita asimismo una profunda y urgente reforma fiscal.


La reducción de impuestos debe comenzar por aquellos que gravan el empleo, pero debe extenderse a los vinculados con la competitividad empresarial.

 

Es esencial rebajar sustancialmente el Impuesto sobre sociedades en su tipo general. Además, y como consecuencia de la eliminación de los incentivos fiscales, entre ellos los vinculados al I+D+i, así como de las rebajas fiscales acometidas por muchos otros países occidentales, el Impuesto sobre sociedades se ha quedado en España entre los menos competitivos del mundo.


Creo conveniente recuperar esos incentivos al I+D+i, que llevaron a España a disponer en 2003, de acuerdo con los informes de UNICE, la patronal europea, del sistema de incentivos fiscales al I+D+i más potente de la OCDE.   


Ante la crisis, España necesita acometer una profunda reforma laboral, que no eluda, entre otros, aspectos tales como la negociación colectiva, la intermediación laboral, las políticas activas, la movilidad geográfica y laboral o los incentivos a permanecer activo y empleado.  


En el capítulo de las reformas es prioritario revisar a fondo el modelo de organismos reguladores y supervisores.


Es también urgente lanzar un programa profundo de liberalización en muchos mercados en los que la competencia y la transparencia todavía son insuficientes.


En este terreno debe desandarse el camino intervencionista andado en materia de legislación sobre suelo, Código de Buen Gobierno y horarios comerciales.


También es imprescindible y urgente reconstruir el mercado nacional, hoy ridículamente segmentado por las barreras reguladoras levantadas por numerosas Comunidades autónomas.


Son asimismo ineludibles las reformas en el terreno de la energía. Además del carbón limpio y las energías renovables, que recibieron un impulso fundamental en la etapa en la que presidí el gobierno, creo que España debe reabrir un debate sereno en torno a la energía nuclear.


Reactivar algunos sectores productivos como la agricultura y el turismo exige también recuperar el Plan Hidrológico Nacional, con las obras del Pacto del Agua y las transferencias del agua excedentaria. En mi opinión, las políticas que pretenden atribuir la propiedad del agua de los ríos españoles a cada Comunidad Autónoma, además de inconstitucionales, son un grave error.


El capítulo de las reformas no quedaría completo sin la reactivación del Pacto de Toledo y sin un gran Pacto nacional por la Sostenibilidad financiera del sistema sanitario, que saque del debate partidario este asunto tan importante y permita avanzar en el camino de las reformas.


España necesita, finalmente, cambios de tremendo calado en su sistema educativo a todos los niveles, con el fin de mejorar nuestro capital humano.


Estas son algunas de las ideas de  carácter horizontal que, en mi opinión, pueden ayudar a evitar que los ciudadanos y las empresas españolas sufran la crisis económica y social más dura y duradera de la democracia.


Finalmente, y desde el punto de vista sectorial, les voy a intentar aportar alguna idea más, algunas de ellas a costa de incurrir en la incorrección política.


 La primera idea tiene que ver con la importancia de la imagen de España en el exterior.


 Con frecuencia se pierde la perspectiva de la importancia que tiene la imagen de una nación en el extranjero.


Ganar prestigio y oportunidades exige políticas nacionales y exteriores que prestigien la imagen exterior de la nación.


El mayor o menor prestigio internacional de la marca España importa y mucho en múltiples decisiones.


Importa en las decisiones de visitantes y turistas sobre visitar España u otro país, pero importa también y sobre todo en decisiones  importantes de naturaleza económica y empresarial. En estos tiempos que corren España no está sobrada de inversiones extranjeras, y cuidar la marca España es hoy, por tanto, más necesario que nunca.


En segundo lugar, debe restablecerse la racionalidad en cuanto a las políticas públicas en este sector. La proliferación de iniciativas propias desde cada una de las Comunidades Autónomas sin conexión alguna con los planes de la Administración del Estado resulta poco eficiente y poco edificante.


Estas políticas de reinos de taifas, que se traducen en que cada Comunidad Autonóma abre sus propias oficinas de turismo en el exterior, hace sus propias campañas de promoción, en definitiva, hace la guerra por su cuenta sin el respaldo de la Administración del Estado y sin la marca España como escudo, además de suponer un uso muy discutible de los recursos del contribuyente, creo que no tiene demasiado sentido en un contexto global de competencia feroz y creciente entre mercados cada vez más atractivos.


En tercer lugar, estoy convencido de que las políticas de promoción, tanto las estatales como las  autonómicas, deben diseñarse desde un contacto mucho más estrecho con las empresas, que son las que mejor conocen el mercado y las necesidades.


En cuarto lugar, creo que es fundamental aprovechar las oportunidades que en el contexto europeo a España se le abren como consecuencia de su clima privilegiado y su cercanía con la mayoría de los destinos europeos.


El envejecimiento demográfico de Europa, y también el más retrasado pero más intenso de nuestro propio país, abre oportunidades  turísticas de carácter  no estacional.


No quiero entretenerles más. Estas son las ideas que les quería transmitir, que confío sirvan para aportar elementos de referencia en el debate económico actual.