Aznar, en la Universidad Católica de Ávila

12/07/2011



Ávila, 12.07.11.-
El expresidente del Gobierno y presidente de la Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales FAES, José María Aznar, ha pronunciado hoy martes, 12 de julio, la conferencia inaugural de la Escuela de Verano de la Universidad Católica de Ávila titulada "Verdad y medios de comunicación".

A continuación, se reproduce íntegramente la intervención de Aznar en la Universidad Católica de Ávila:

"Permítanme en primer lugar que exprese mi satisfacción por tener la oportunidad de dirigirme a un grupo tan destacado de profesionales y futuros profesionales de los medios de comunicación.

Soy hijo, sobrino y nieto de periodista, y siempre he sentido por el periodismo no sólo el respeto que sin duda merece por parte de todos, sino la simpatía y la admiración propia de quien ha tenido la fortuna de conocer muy de cerca esta profesión y de verla encarnada en personas ejemplares.

Sé bien de las dificultades y de las exigencias del oficio, como sé del valor que tiene para el progreso de las sociedades. Por eso para mí es un placer encontrarme hoy aquí, en Ávila, para inaugurar esta Escuela de Verano que lleva por título "Verdad y medios de comunicación".

En los tiempos que corren el título de esta Escuela de Verano es casi una provocación. Eso sí, es una provocación por la que debemos felicitarnos, puesto que lo que provoca es algo necesario e importante.

Dar por hecho que la verdad existe, que se puede conocer y que se puede comunicar es situarse a la contra de todo el ambiente cultural y social predominante.

Un ambiente cultural que se caracteriza precisamente por poner en duda tanto la existencia de algo que pueda ser denominado verdadero como la posibilidad de que, de existir, lo verdadero pueda comunicarse.

A eso es a lo que se llama posmodernidad. Una seria deformación de la cultura occidental. Una deformación que renuncia a distinguir entre lo verdadero y lo falso, con la absurda idea de que afirmar que algo es verdadero y que algo es falso constituye un acto de intolerancia, y no un acto de conocimiento.

Y, como consecuencia lógica de lo anterior, es también una deformación cultural que afirma que aspirar a comunicar una verdad no es sino el primer paso para imponer una ideología.

No hace mucho que en España hemos tenido que escuchar la ridícula pretensión de que no es la verdad la que nos hace libres sino que es la libertad la que nos hace verdaderos.

Esa frase, además de revelar un gusto por la transgresión gratuita y una megalomanía notables, significa que no hay verdades más allá de aquellas que cada cual establece por sí mismo y para sí mismo mediante su propia voluntad y sus propios actos.

Verdades que no se someten a contraste alguno, que son puras apetencias personales, o que, incluso, por ser más gráfico, en realidad expresan "lo que a cada cuál le dé la gana" que sean las cosas.

Esto no pasaría de ser una anécdota si no fuera porque quien se expresó así tenía grandísimas responsabilidades en el Gobierno de España y porque al hacerlo se adhería a toda una corriente contracultural que padecemos desde hace tiempo y que desde algunas instituciones ha ido impregnando en los últimos años el conjunto de nuestra vida pública.

Lo ha hecho en forma de iniciativas legislativas, políticas y sociales que a nuestra grave crisis económica y a nuestra gravísima crisis institucional han añadido una nueva crisis de valores y de raíces que afecta de manera especial a los jóvenes.

Se pretende obligarlos a partir de cero, a hacerse la vida entera por sí solos, a no contar con referencias culturales, ni con el depósito de las experiencias de otros, ni con la ayuda de sus familias, ni con el ejemplo de nadie. Por supuesto, tampoco de una verdad revelada.

Civilización es no tener que partir de cero en cada generación, pero esta equivocada actitud nos condena a todos precisamente a eso.

Al parecer, lo bueno es que no nos preocupemos por las verdaderas consecuencias de nuestros actos, que nadie nos ponga límites ni nos atengamos a nada que no sea nuestra propia voluntad aquí y ahora. La idea, se nos dice, es que las cosas sean "lo que tú quieras que sean".

Es decir, lo contrario de un proceso educativo auténtico, que consiste en enseñar que las cosas no son lo que queremos que sean sino lo que son, y que atenerse a los hechos y respetar a las personas es la primera regla para progresar.

Todo eso es lo que se origina como consecuencia de esta sustitución de la verdad como condición necesaria para la libertad por su antítesis.

Según me parece, que la verdad sea lo que a cada cual le dé la gana no es precisamente un gran avance cultural. Si no hay hechos en sí, ni verdades en sí, ni hay cosas buenas ni cosas malas en sí, si son irrelevantes los actos y consecuencias de cada uno, es evidente que una sociedad carece de fundamentos morales e intelectuales para constituirse y para perfeccionarse.

Es evidente que no se puede aprobar o suspender, premiar o sancionar, confirmar o corregir, avanzar o retroceder, mejorar o empeorar, acertar o equivocarse.

Cuando se habla de libertad como fuente de verdad no se habla de la auténtica libertad sino de una falsa autosuficiencia individual en la que cada uno se debe sólo a sí mismo. No hay vínculos familiares, ni sociales, ni nacionales, ni culturales, ni religiosos que puedan completar y dar sentido a la vida de cada uno y a la de todos. Vínculos que sean origen de responsabilidades y obligaciones.

Puesto que actuar como uno quiera es la única verdad, a ella se somete todo lo demás.

Pues bien, el problema de este concepto de la verdad como un puro acto de afirmación individual aislado del mundo y aislado del resto de las personas, es que de él se sigue el derrumbe de todas aquellas actividades humanas que necesariamente deben fundarse en la existencia de hechos reconocidos como tales y no sólo de opiniones: la ciencia, la cultura y la educación, la historia, el derecho y la justicia carecen de sentido si no hay verdades ni hechos que podamos conocer y comunicar.

Tampoco puede haber economía ni puede haber defensa de interés nacional alguno.

Nada de esto es posible si sólo hay opiniones y no hechos. Ni siquiera hay sociedad como tal, sino algo bien distinto: una vasta multitud de seres aislados incapaces de comunicarse, de respetarse y de ayudarse.

De ahí se sigue también la insolvencia ética más radical, puesto que ni los hechos ni las conductas pueden ser juzgados atendiendo a criterios morales compartidos u objetivos.

Y, por supuesto, en un mundo como ése el periodismo no tiene razón de ser, y tampoco tiene sentido la buena política.

Todas éstas son actividades que dan por supuesta la existencia de hechos que no dependen de la mera subjetividad. Hechos que, con todas las cautelas necesarias, se pueden llegar a establecer como verdaderos.

Por eso, queridos amigos, creo que al hablar de los problemas del periodismo, los medios de comunicación y la política, lo primero que tenemos que hacer es ser conscientes de que padecemos este problema. Un problema grave. Porque cuando falta o se oscurece la noción misma de verdad, el resto de las actividades que tienen que ver con su búsqueda y su comunicación también se oscurecen.

Pues bien, en un intento de dignificar esta situación, alguien ha llamado a eso cultura popular, pero la verdad es que no lo es. Cultura es lo que nos permite avanzar en nuestra vocación o en nuestro perfeccionamiento como sociedad, y esto no lo hace.

Al contrario. Se trata en realidad de una contracultura impulsada por supuestas élites que dejan a la sociedad desprotegida ante sus problemas reales. Eso que el profesor Víctor Pérez Díaz ha denominado "triarquías oligárquicas" formadas por intereses económicos, intereses políticos y medios de comunicación que actúan coordinadamente para defender entre todos lo que Milton Friedman llamó "la tiranía del statu quo".

Buena parte de nuestros problemas actuales son incomprensibles si no se tiene en cuenta este hecho.

La sociedad espera de los medios que la informen. Y a mi juicio, es evidente la progresiva falta de jerarquización informativa, la tendencia a que todo se mezcle, a que todo valga lo mismo y a que cualquier opinión se tenga por igualmente respetable independientemente de que quien la manifieste sepa o no sepa de qué está hablando o responda a intereses confesables o no.

Se confunde el respeto a las personas con el respeto a la verdad, y se olvida que si aquél obliga a mantener las formas éste obliga a mantener los hechos. Pero ésa es una confusión natural cuando se ponen las opiniones allí donde debieran estar los hechos.

En mi opinión, esto pasa factura a una sociedad tarde o temprano, y la pasa especialmente en materia política.

Cuando la política no se asienta en el concepto de verdad, cuando carece de sentido indagar sobre lo que está bien y lo que está mal, lo que es cierto y lo que no lo es, el buen gobierno y la buena política se hacen sencillamente quiméricos. Habrá gobierno, por suerte, y habrá política, pero serán imposibles de distinguir del desgobierno y de la mala política. ¿Con qué criterio se podría hacer?

Esto es algo que las sociedades aprenden poco a poco, a fuerza de experiencias muchas veces amargas. Por eso es muy importante que no se olvide, y que se consolide en la memoria colectiva y en la cultura política de un país.

Me parece que España está a punto de cerrar una dolorosa etapa de aprendizaje acerca de la importancia de distinguir la verdad de la mentira, acerca de la importancia de que la opinión pública se constituya mediante procesos de información y reflexión maduros y solventes.

Un doloroso proceso de aprendizaje acerca de que, por mucho que lo pretendamos, la verdad no es un producto de nuestra libertad, sino que está ahí lo queramos o no, y de que actuar como si no existiera conduce a las personas y a las sociedades como mínimo al fracaso y en ocasiones al desastre.

Los medios de comunicación deben cumplir un papel esencial para que las personas y las sociedades puedan pasar del mero hecho de tener información al complicado hecho de tener conocimiento. No es lo mismo. Y nadie puede hacer eso por sí sólo.

Hoy, probablemente como nunca en la historia de la humanidad, la accesibilidad de la información genera con frecuencia la ilusión de que con eso basta para tener conocimiento. No es verdad. Al contrario, tener conocimiento es hoy mucho más complicado precisamente porque la información es abrumadora.

Poner orden en ella, actuar para centrar los debates y hacerlos útiles y no para confundir, es también un trabajo importante e imprescindible de los medios de comunicación.

En materia política, creo que es fundamental desterrar una idea que nos hace mucho daño. La idea de que mediante los procesos de elección democrática lo que hacemos es elegir la realidad, elegir la verdad.

Lo que hacemos no es elegir la realidad, sino a quien debe gobernarnos en el contexto de la única realidad que hay, que no la elegimos sino que nos viene dada. A esto se llama tener sentido de la realidad, y cuando el sentido de la realidad falta en una sociedad lo previsible es que no sucedan cosas buenas.

Debemos erradicar pues la pretensión de que las mayorías establecen verdades, porque en realidad lo único que establecen son gobiernos. Y debemos recuperar para la sociedad la tarea de la búsqueda de la verdad.

Una búsqueda modesta, no dogmática ni maniquea, porque la verdad es siempre compleja y seguramente incompleta. Pero una búsqueda que parte de la creencia de que la verdad es accesible y del compromiso que tenemos de respetarla.

La verdad no es un producto de la libertad. Tampoco es un producto de la democracia. La verdad no se vota ni se elige. La verdad no se inventa, más bien se descubre y se comunica.

La buena política se basa en la idea de que la verdad y el bien existen y de que se puede actuar para conocer la verdad y para servir al bien. Pero la buena política no comete el error de pensar que la verdad y el bien se fijan mediante procesos políticos.

Ojalá las cosas fueran de otro modo, porque entonces podríamos hacer de la política un concurso de utopías y de buenos deseos. Pero no son así.

Y, por tanto, a mi juicio, los medios en su relación con la política, tienen una tarea esencial: ayudar a que los debates políticos se produzcan en el territorio de los hechos y no en el de las utopías o las buenas intenciones. No caer en el error de exigir a unos realidades y hechos, y conformarse con que otros exhiban utopías o buenas intenciones.

Esto es lo que me parece esencial para establecer una correcta relación entre los medios de comunicación y la política. Porque la política es una acción orientada a fines y basada en el ejercicio legítimo del poder. Y eso es incompatible con el desistimiento en la búsqueda de la verdad y del bien común.

Sin esos dos conceptos como guía de su acción, el político ni sabe lo que ocurre, ni sabe lo que hace. O lo que es peor: ni lo sabe ni le importa.

Eso sería la antipolítica, y es imposible que la antipolítica produzca políticas ajustadas a los hechos -puesto que renuncia a conocerlos-, y políticas buenas -puesto que no cree posible establecer un bien común al que tender-.

Evidentemente, no tengo intención de aconsejar a los profesionales de los medios de comunicación sobre cómo deben hacer su trabajo. A ninguno. Pero sí quisiera proponer un par de ideas que quizás alguien considere de alguna utilidad.

El gran periodista y ensayista catalán José Pla, que para muchos es el modelo de lo que debe ser un periodista y que es autor de una de las obras literarias más importantes de la cultura española del siglo XX, decía que el trabajo del periodista consiste primero en escribir el sustantivo y, luego, en dedicar todo el tiempo que sea necesario hasta encontrar el adjetivo preciso.

"Cuando consigue encontrar el adjetivo preciso ?"decía Josep Pla- es cuando el periodista ya se puede ir a comer".

Ese esfuerzo por adjetivar con precisión me parece una de las grandes tareas del periodismo. Adjetivar bien y con sentido de la realidad es lo que distingue al periodismo de la literatura y del panfleto, y lo que lo preserva de todo tipo de extravíos.

En segundo lugar, me gustaría recordar que para la búsqueda de la verdad no bastan las fuerzas de un individuo aislado, por brillante que sea. La búsqueda de la verdad, al menos de las verdades que tienen relevancia social, es siempre un trabajo colectivo que necesariamente obliga a una relación entre personas y grupos diversos.

Los clásicos tenían por costumbre servirse de una técnica sencilla para educar en el debate y en el respeto a la verdad, y me parece que se trata de una costumbre que puede sernos de gran utilidad y que me atrevo a recomendar como parte de la formación periodística.

Se trataba de que, en el transcurso de una discusión, antes de responder a lo que otro había dicho era necesario repetir en voz alta la opinión que se pretendía discutir. Y después de haberla repetido era obligatorio hacer esta pregunta: "¿es esto lo que has querido decir?". Sólo después de que el interlocutor respondiera afirmativamente se podía continuar la discusión.

De ese modo se aseguraba que el debate no degeneraba en la manipulación de los hechos, ni en la ocultación de la verdad, ni en la deformación de las opiniones.

Es fácil imaginar el efecto purificador que eso tendría sobre nuestros debates y discusiones políticas, los cuales están necesitados, por así decirlo, de un poco más de rigor.

Pues bien, me gustaría que ésa fuera la relación que en futuro guardaran los medios de comunicación y la verdad. Seguro que en buena medida ya es así, pero creo que aún debemos avanzar mucho más. Una relación a la que todos debemos contribuir, también, por supuesto, los políticos.

El nuevo tiempo político que España debe iniciar cuanto antes es en realidad un cambio en la relación que la política y la sociedad deben guardar con la verdad. Una relación de respeto, no de ocultación y menos aún de negación.

Lo primero que necesitamos es atenernos a los hechos, respetar la verdad y hacer de ella el punto de partida para la búsqueda de nuestro bien común.

Confío en que así sea y en que los medios de comunicación desempeñen en esa tarea el papel indispensable que les corresponde. Pero esto está en manos de los medios y no de los políticos".