ANÁLISISLa oposición debe proponer una alternativa clara al chavismo, por Xavier Reyes*

07/12/2015

* Colaborador de FAES

"Tras la caída del comunismo soviético, la salud del mundo democrático se ha visto amenazada sobre todo por dos recidivas: el fundamentalismo islámico y el “socialismo del siglo XXI”, proclamado desde Venezuela por el régimen de Hugo Chávez. En América Latina, la expansión de este último fenómeno supuso una metástasis que ha plagado en los tres últimos lustros la vida política de la región, precisamente después de que asomara, en los años 90, el horizonte de un tiempo nuevo destinado al perfeccionamiento del Estado de derecho y de las libertades ciudadanas, ya superadas por entonces las dictaduras militares que aquellos países sufrían desde el siglo XIX. Tales expectativas encontraron enfrente la aparición del caudillo venezolano, con el cual no sólo volvía el militarismo, sino que, en el contexto de un mundo volcado a progresos asombrosos y a la extensión de una sociedad empoderada, se renovaba anacrónicamente el proyecto castrista que había desgajado a Cuba del curso de la historia, convirtiendo a sus sufridos nacionales en un pueblo paria.

El chavismo ha sido una ideología sociópata, que ha buscado reventar todos los nexos y principios sobre los que se articula el orden de la sociedad política: la seguridad, la propiedad, la tolerancia, el mérito personal, el decoro de las instituciones, el respeto a la ley. Toda su retorcida y altisonante elaboración retórica no ha bastado para disimular las consecuencias de esa subversión, y, si durante un tiempo fue capaz de vender la imagen de la caridad y el paternalismo gracias a los altos precios del petróleo, hoy lo que ofrece Venezuela es un panorama desolador, que la lleva a ocupar los primeros puestos en los índices más indeseables que se registran: el de la inflación, el de la corrupción, el de las muertes a manos del hampa, el del hacinamiento penitenciario, el del tráfico de drogas, el de las violaciones contra la libertad de expresión, el de la exclusión en el acceso a la sanidad y a los bienes básicos.

Frente a ese cuadro de auténtica tragedia nacional, la oposición venezolana ha logrado imponer su causa, gracias a una estrategia electoral sabiamente enfocada a la unidad de todas las fuerzas que adversan al régimen. Con este triunfo, el mundo y los venezolanos tienen hoy la sensación de que se ha dado un paso de gigante: porque se ha conseguido romper el blindaje de un poder brutal, acorazado por unas instituciones serviles y una violencia mercenaria, y porque no hay manera de disociar ese logro de la descomposición del régimen. Todavía quedarán muchos obstáculos que sortear cuando tomen posesión de sus curules los nuevos diputados, y una vez que desde el gobierno se pongan por obra todas las artimañas para pasar por encima del control legislativo; Maduro podría echar mano de leyes habilitantes de última hora; de sentencias sumisas del Poder Judicial; de la “profundización en la revolución”, que implica sustituir los órganos de la democracia representativa por comunas a cargo de comisarios gubernamentales.

Pero, más allá de la resistencia que los líderes opositores tendrán que ofrecer a los embates chavistas, es necesario que todos los esfuerzos se dirijan a la fijación de un plan de reconstrucción nacional. Por supuesto, en las filas de los partidos democráticos se viene trabajando en propuestas al respecto; pero hace además falta que, frente al fracaso ejemplar de las ideas que han aupado tanto caos, exista un planteamiento valiente dispuesto a denunciarlas, a explicar por qué sólo contribuyen al provecho de los demagogos y a la servidumbre de los ciudadanos.

Y, como contraejemplo, debe abogarse por unos valores políticos que inauguren una nueva era caracterizada por la aspiración de la gente a superarse y a levantar un país que tiene todos los recursos para alinearse con las naciones prósperas y libres del mundo desarrollado. Junto a Argentina, finalmente deslastrada de una dirigencia que no podía por menos que abocarla al atraso y a la arbitrariedad, Venezuela ha de aprovechar la inmejorable oportunidad de exorcizar la mentalidad política latinoamericana de unos dogmas que tanta relación han tenido con sus problemas históricos, y de proclamar la reedificación de la república mediante un sistema que dé paso a la cultura del mérito y que proponga como referentes de la sociedad a sus mejores hombres y mujeres, que por fortuna no son pocos."