ANÁLISIS FAESBrexit, consecuencias para la defensa europea, por Gabriel Cortina

08/07/2016

A simple vista, las consecuencias del Brexit para la política de defensa europea serían mínimas a día de hoy, porque no hay una política real, efectiva y compartida sobre la seguridad y la defensa común. Otra cosa es cómo afecte a la dirección y ejecución de la política exterior de la Unión Europea, encarnado en el alto representante de la Unión para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad. Se abre un nuevo escenario de incertidumbre. Desde diciembre de 2009 hasta octubre de 2014, el cargo estuvo en manos de la británica y socióloga Catherine Ashton, y en la actualidad es la italiana y politóloga Federica Mogherini quien lo desempeña. La locura anunciada del Brexit tendrá efectos en la unidad, coherencia y eficacia de la diplomacia comunitaria, convertida hoy en un espectáculo mediático que ha pasado de las urnas a los titulares de dimisión.

Precisamente, en el Consejo Europeo del mes de junio se presentaba la Estrategia Europea de Seguridad, acompañado del subtítulo Shared Vision, Common Action: A Stronger Europe, que resume las dos intenciones de la defensa europea: lograr una acción común y una visión compartida para configurarse como un actor geoestratégico. La atención de los analistas en la política británica ha dejado en un segundo lugar la publicación del esperado documento, actualización de la última versión de 2003, y los resultados de la Cumbre de la OTAN en Varsovia validarán sus conclusiones. A día de hoy, la defensa de los 28 países miembros de la Unión Europea se define en las decisiones que se tomen en la Alianza Atlántica, que supera con creces en metodología, estructura y procesos; iguala en número de socios, y comparte similares contradicciones políticas.

Los efectos de una hipotética salida del Reino Unido quedarán compensados con su presencia en la Organización Atlántica, que tiene naturaleza política y militar. La Unión Europea no cuenta con voluntad ni con capacidades para desarrollar y fortalecer una política de defensa y seguridad común porque pueden más los intereses y la soberanía de sus Estados miembros. Los tratados poco pueden hacer al respecto. Una de las consecuencias se manifestaría en las relaciones Consejo-OTAN.

Por otro lado, la salida de funcionarios y representantes británicos movilizaría a los gobiernos a ocupar los puestos vacantes, como el Servicio Europeo de Acción Exterior (SEAE), el Estado Mayor de la Unión Europea (EMUE), la Agencia Europea de Defensa (EDA), el Instituto de Estudios de Seguridad, el Dispositivo de Vigilancia, el Centro de Situaciones (SitCen), las Unidades de Crisis (Crisis Room) o el Centro de Satélites (SatCen). Las fuerzas armadas británicas apenas tienen presencia en las estructuras que se han ido poniendo en marcha en los últimos años. Por ejemplo, no forman parte del Eurocuerpo, ni en la fuerza marítima europea (EUROMARFOR), ni en el Mando de Transporte Aéreo Europeo (EATC). Sí que forman parte de la Iniciativa Anfibia Europea, pero únicamente lo componen cinco naciones.

Teniendo en cuenta que la política de defensa sigue estando en manos de los Estados, el Brexit podría tener una repercusión negativa en los programas de cooperación industrial. Es en esta materia donde pueden verse afectados los costosos esfuerzos puestos en marcha. Si bien es cierto que los intentos de fusión entre BAE Systems y EADS (hoy Airbus) para convertirse en un gran actor global no pudieron con los intereses nacionales, programas como el caza de combate Eurofighter o avanzados proyectos de MBDA (misiles para plataformas aéreas, navales y terrestres), manifiestan las ventajas evidentes para los socios involucrados. Las conclusiones de los consejos europeos de diciembre de 2013 y de junio de 2015, que ofrecían un impulso a los mercados de equipos y al desarrollo de una base tecnológica e industrial (EDEM y EDTIB, respectivamente) también se verían seriamente afectados.

El riesgo del previsible escenario es que Londres pueda entorpecer la relación Unión Europea-OTAN, así como todos los intentos de desarrollar la Política Exterior y de Seguridad Común. En un contexto de incertidumbre en el actual teatro de operaciones del Sur, es necesario la unidad de acción diplomática y facilitar las acciones que se pudieran tomar. En cuanto al Este, Rusia no es realmente un enemigo sino un adversario, porque es una de las potencias regionales. Y los problemas e intereses de los grandes actores se solucionan entre ellos mismos, no en foros internacionales. A río revuelto, el Brexit favorecería a Moscú. Las guerras híbridas, que son el nuevo rostro de los conflictos, y los ciberataques sofisticados y persistentes, que son la verdadera vulnerabilidad, serían argumentos suficientes para reforzar la unidad.

En este contexto, el Reino Unido adquiriría un estatus similar al de Turquía, que está en la OTAN pero no es miembro de la UE. Para España sería una buena oportunidad porque se puede convertir en el socio estratégico de Estados Unidos. A falta del aliado histórico, se podría volver a activar un aliado táctico cuyo acuerdo de cooperación en materia de defensa se ha vuelto a reforzar. 


Gabriel Cortina es director de Artículo 30, ‘think-tank’ sobre política de defensa