ANÁLISIS FAESEl Brexit o el triunfo de la política de la irresponsabilidad, por Á. Rivero

13/07/2016

El pasado día 23 de junio los británicos votaron en referéndum, con una mayoría clara, la salida de su país de la Unión Europea. Al margen de las mentiras y promesas infundadas que se propalaron durante la campaña y al margen de lo ajustado del resultado, aunque con mayoría evidente en el campo de los defensores de la salida, lo que llama la atención es que un hecho tan determinante fuera gestionado de forma tan frívola por los políticos británicos.

En el campo de los partidarios del sí a la salida, la demagogia, el chovinismo, la xenofobia y la vulgaridad de la pequeña Inglaterra camparon, como era de esperar, a sus anchas. Pero lo grave del caso es que en el lado de los defensores de la permanencia dominó la apatía y el desinterés, al punto de que parecía que la fría razón les declaraba que era un disparate salir de la Unión Europea, luego les tocaba aceptarlo, pero la permanencia no movía en su corazón ningún sentimiento positivo.

Los partidarios de la permanencia parecían invitar a la resignación de seguir siendo europeos frente a las promesas desaforadas de la restauración de una Britania soberana en el mundo, defendida por los partidarios de la salida. Así las cosas, el entusiasmo suicida se sobrepuso a la resignación y ahora habrá que asumir las consecuencias. La primera, que ninguno de los voceros de la salida ha aceptado el reto de gestionarla y han elegido el camino de su casa con total tranquilidad.

Ha de puntualizarse que el referéndum en sí era escrupulosamente democrático desde el punto de vista formal. La papeleta iba encabezada por un sucinto y claro título: Referéndum sobre la pertenencia del Reino Unido a la Unión Europea; la pregunta estaba claramente formulada: “¿Debe permanecer el Reino Unido como miembro de la Unión Europea o debe abandonar la Unión Europea?”. Y las opciones que podían marcar los votantes eran escrupulosamente neutrales: “Permanecer como miembro de la Unión Europea”; y “Abandonar la Unión Europea”.

De modo que el problema no está en el referéndum tal como fue planteado. El problema es que una decisión tan seria se tome tan a la ligera. ¿Cómo es posible que un país con una tradición democrática tan larga establezca un procedimiento tan dudoso para afrontar una cuestión que será decisiva durante décadas? ¿Cómo es posible que este referéndum que no tiene un carácter vinculante se acepte como la palabra última de los británicos sobre la cuestión?

Creo que la respuesta está en el triunfo del populismo en un país que presumía haberlo conjurado por el pragmatismo y el empirismo de sus tradiciones políticas. La democracia representativa se asienta en el principio de la responsabilidad de los gobernantes, que son autorizados por los gobernados mediante el proceso electoral y que han de responder de sus actos de gobierno en todas sus dimensiones. La responsabilidad de las decisiones políticas corresponde a los gobernantes y la rendición de cuentas forma parte esencial de este sistema.

El referéndum y el plebiscito no forman parte del utillaje principal de la democracia representativa. Apelar a ellos como árbitro último en una disputa forma parte de la política del populismo, en la cual los políticos dejan de ser responsables y se presentan como instrumentos de la voluntad popular. En esta visión de la democracia, es el pueblo soberano quien decide, y los políticos ejecutan únicamente aquello que el pueblo quiere. Por cierto, lo que quiere siempre es bueno, virtuoso y, naturalmente, no hay nadie a quien reclamar si luego resulta que no lo es. Por supuesto que esa es la retórica del populista, que disfraza su acción política bajo el mando de ser la voz del pueblo. Ya sabemos que es mentira y que ese pueblo no es más que el muñeco del ventrílocuo que lo maneja. La paradoja es que aquí los ventrílocuos han dejado solo al muñeco después de la actuación.

El populismo chovinista le sirvió a Cameron para ganar las elecciones; el populismo amable le sirvió a Farage para hacerse un sitio bajo el sol de la política británica; y el populismo económico y benigno le sirvió a Corbyn para sostener su liderazgo en el Partido Laborista procurando contaminarse lo mínimo con la defensa de la Unión Europea. Ahora todos ellos piden que se escuche la voz del pueblo y se despiden más o menos discretamente por el foro: Brexit is brexit. Paradoja final: quien gestionará la salida del Reino Unido habrá de ser una defensora conservadora de la permanencia, Theresa May, porque los abanderados de la salida de su propio partido han renunciado naturalmente a liderarlo: Boris Johnson, Michael Gove y Andrea Leadsom.

Los enemigos de la UE se frotan las manos ante lo que consideran el principio del fin. El Reino Unido ha señalado un camino que parecía intransitable y que sin embargo puede recorrerse de golpe en un solo día: basta que unos asuman resignadamente las dificultades del presente y que otros proclamen que el triunfo de la voluntad está por encima de la prosaica realidad europea. Sin embargo, todavía está por ver si estamos ante el inicio de una epidemia europea o ante una vacuna que fortalecerá la Unión. En uno u otro caso lo acontecido en el Reino Unido servirá como ejemplo.


Ángel Rivero es profesor de Teoría Política, Universidad Autónoma de Madrid