ANÁLISIS FAESSobre los alimentos transgénicos, por Francisco Zaragozá

28/07/2016

"Los alimentos modificados genéticamente han sido siempre objeto de discusión y polémica. No obstante, la pugna entre detractores y partidarios de este tipo de alimentos se ha visto avivada después de que más de un centenar de premios Nobel firmaran una carta abierta en la que instaban a organizaciones como Greenpeace a “abandonar su campaña” contra los transgénicos. He aquí mi opinión frente a esta reciente controversia.

De forma recurrente se vienen publicando artículos y comentarios sobre los alimentos modificados genéticamente. No cabe duda de que, cuando pensamos en lo que comemos, surgen inquietudes en cuanto a la conservación, garantía de origen, posible contaminación, etc. de los alimentos, pero esto se complica cuando se trata de algo menos conocido como es la manipulación de los genes para conseguir un beneficio.

En una época como la que vivimos, en la que toda actuación de mejora está bajo sospecha debido a la desconfianza que genera un posible incremento de lucro, no tiene nada de particular que las personas con reducida formación piensen que se juega alegremente con la salud y que el beneficio antes aludido no se traduzca realmente en resultados positivos para la humanidad.

En este sentido, conviene recordar que la Biotecnología ha supuesto un avance de primer orden tanto desde el punto de vista de la mejora de los cultivos de plantas y de los alimentos como desde la vertiente farmacológica.

En cuanto a los alimentos transgénicos, hay que afirmar que ya se tiene suficiente experiencia favorable en cuanto a la posibilidad de efectos adversos, ya que se vienen utilizando desde 1980 de modo satisfactorio.

No acertamos a comprender en qué se sustentan las voces negativas, máxime cuando, recientemente, la Academia Nacional de Ciencias, Ingeniería y Medicina de Estados Unidos ha publicado un estudio en el que no se han encontrado evidencias de que exista un mayor riesgo para la salud humana al comer alimentos modificados genéticamente que alimentos convencionales. Asimismo, tampoco han encontrado datos concluyentes acerca de que estos productos estén dañando el medio ambiente.

Con los vegetales se posee una larga experiencia, siendo los objetivos principales conseguir una vida más larga, sobre todo para las frutas, al evitar infecciones o bien incrementar su contenido en nutrientes, aumentar su tamaño o mejorar su resistencia a los ácaros y a las plagas en general, mejorar el sabor o ahorrar recursos.

Estimo, sin lugar a dudas, que todo lo que suponga la no utilización o la disminución del uso de plaguicidas, será un claro beneficio.

Recuerdo cómo alrededor de 1970 se efectuaban ensayos de laboratorio aplicando diferentes radiaciones a distintas especies de Nicotiana (N. tabacum, N. rustica) para mejorar su producción y disminuir su contenido en nicotina. Actualmente, estos métodos están totalmente superados gracias a la precisión con la que se insertan los genes bien conocidos de otras especies de plantas o de animales responsables de las mejoras que se persiguen.

Ahora bien, como afirmábamos antes, existe una opinión bastante generalizada sobre los productos naturales: “lo natural es bueno”, “lo natural es sano”. Estas afirmaciones requieren matices, ya que la Naturaleza proporciona “todo”, en el sentido más amplio de la palabra, pero la inteligencia humana y los conocimientos bien aplicados serán los que conduzcan a los resultados pretendidos.

No podemos olvidar que la Naturaleza es la fuente de los venenos más potentes. Plantas como la cicuta, la nuez vómica, la digital (en los individuos sanos), el acónito y bastantes más, están recogidas en la bibliografía como tóxicos para provocar asesinatos, de modo que la afirmación tan ingenua que une el producto natural con “lo sano” carece de valor.

Tal vez merezca la pena establecer un paralelismo con los medicamentos obtenidos por biotecnología mediante técnicas de ADN-recombinante. Estos fármacos están produciendo unos resultados espectaculares en enfermedades para las que no existían remedios o, si existían, los resultados eran muy pobres. El método para su obtención consiste, básicamente, en introducir en núcleos de células de determinada estirpe fragmentos de genes conocidos previamente, que inducen a la célula la producción del fármaco que se desea aplicar. En esencia, es un método mediante el cual podemos disponer de “masa crítica” de un fármaco que no podríamos conseguir de otra forma. La incertidumbre que planteaban en un principio por los posibles efectos adversos, así como las dudas acerca de la sostenibilidad de sus resultados, hicieron que se tomasen intensas medidas cautelares y seguimientos estrictos.

Pues bien, hoy podemos afirmar que estos biofármacos constituyen la punta de lanza de la terapéutica actual y están generando unas expectativas inusitadas en la curación, por ejemplo, de determinados tipos de tumores para los que no existía tratamiento, abriendo unos horizontes extraordinarios.

Y todo ello gracias a las modificaciones genéticas. Es cierto que en estos casos no se administran las células alteradas genéticamente, pero no lo es menos que se administran productos biológicos muy activos procedentes de aquellas con claros beneficios en salud.

No queremos decir que todo son ventajas en cuanto a los efectos de la biotecnología, porque, en efecto, en algunos casos se han evidenciado riesgos. Serán, pues, los estudios y el control riguroso los que delimiten la utilización de la biotecnología, tanto desde el punto de vista terapéutico (determinación del balance beneficio/riesgo) como desde el punto de vista de la alimentación, pero siempre avanzando en la aplicación del método científico”. 


Francisco Zaragozá es catedrático de Farmacología en la Universidad de Alcalá