Adolfo Suárez, un político providencial

24/03/2014

Del Patronato de FAES.
Académico correspondiente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas

 

Cuando el 3 de julio de 1976, el Rey Juan Carlos I eligió a Adolfo Suárez como Presidente del Gobierno de España entre la terna que le había presentado el Consejo del Reino, pocos eran los que conocían su nombre. Bastantes más los que desconfiaron del futuro del país bajo su mandato al saber de su carrera política. Se trataba de un hombre procedente de las últimas generaciones del Movimiento Nacional –del que había llegado a ser Ministro/Secretario General en el Gobierno de Arias Navarro tras la muerte de Franco– y si bien es cierto que como ponente de la Ley de Reforma Política había adquirido una cierta notoriedad reformista, sus orígenes y trayectoria anterior le situaban claramente en la órbita de la declinante Falange.

Pero ya instalado en la Moncloa le faltó tiempo para poner en práctica lo que, sin que muchos repararan en ello, había sido su lema principal en los primeros tiempos del postfranquismo: “Hacer normal en la vida política lo que en la calle es normal”. Es decir, las ansias de libertad, el reconocimiento de la pluralidad, la instalación de la tolerancia, la admisión de la diversidad. Bajo el impulso soberano –porque detrás se encontraba el Rey, y su firme voluntad de conducir el cambio de España hacia la democracia– Adolfo Suárez quedará como la referencia imprescindible para explicar el retorno a la libertad tras cuatro décadas de dictadura.

En un país tradicionalmente desgarrado por querellas fratricidas, supo introducir la práctica del dialogo, la costumbre de la comunicación, el hábito de la atenta escucha. Demostró paciencia, capacidad de convicción, voluntad negociadora y empatía para propios y extraños. Dotado de un singular atractivo personal, hizo de los años más difíciles de nuestra historia reciente los más cargados de esperanza y posibilidad de futuro, sin hurtar nunca del conocimiento publico las múltiples dificultades que siempre rodearon el desempeño de su misión. Y de las que fueron buena prueba los acontecimientos que condujeron a su dimisión en enero de 1981 y al golpe de estado un mes más tarde. Algaradas crepusculares en lo que llegaría a ser una realidad consolidada: la España democrática de la Constitución de 1978. A la que el nombre de Suárez está indisolublemente unido.

En estos tiempos de iconoclastia, en que la política está, y no sin razón, denigrada por la triste ejecutoria de los que profesionalmente la practican, alguien en algún lugar debería levantar una sencilla estatua en memoria de Adolfo Suárez con estas pocas palabras: “La Patria agradecida”. Pocos como él se lo merecen.