Karl Popper y lo que la política puede aprender de la ciencia

17/09/2013

Profesor titular de Ciencia Política de la Universidad Autónoma de Madrid

 

Karl Popper (Viena 1902- Londres 1994) fue un liberal peculiar cuya contribución merece ser recordada casi dos décadas después de su muerte. A diferencia de otros pensadores y filósofos liberales, Popper llegó al liberalismo no a través del conocimiento del pensamiento político liberal ni de la experiencia política del liberalismo. Por el contrario, el contacto con la política del joven Popper, en la virulencia social de la Viena de comienzos del siglo veinte, no se caracterizó ni por la reflexión ni por la expresión de una práctica constitucional acorde con la protección de los derechos individuales y la limitación del gobierno. Su temprano progresismo le llevó a militar entre los defensores de la revolución social aunque acabara por decepcionarse.

La política del naciente siglo veinte, el tiempo de formación de Popper, estuvo marcada por la derrota del liberalismo y  por el ascenso imparable del totalitarismo. Es por ello que Popper encontró en la ciencia como actividad siempre abierta al conocimiento de la verdad la inspiración sobre la que moldearía sus ideales políticos liberales. Fue la ciencia y no la política la que le señaló un modelo paradigmático de progreso en el que la libertad se vinculaba a la apertura permanente ante lo establecido como verdad. De este modo Popper fue primero un filósofo de la ciencia, un estudioso de su metodología, que publicó tempranamente su brillante obra La lógica del descubrimiento científico (1934). Pero inmediatamente después, llevó el estudio de esa lógica del progreso científico al campo del progreso social y político.

Como gran parte de los filósofos de su generación, Popper se vio confrontado con el horror del totalitarismo del siglo XX y emplazado a explicarlo. Esto es lo que hizo en su gran obra política La sociedad abierta y sus enemigos (1945) donde esa apertura permanente hacia la verdad de la ciencia, que hace que todas las certidumbres se transforman en hipótesis provisionales, se traslada a la evaluación de los sistemas e ideales políticos. Para Popper, el progreso propio de la ciencia, la reversibilidad y revocabilidad permanente de sus asertos, puede vincularse con los sistemas políticos liberales, puesto que éstos instauran un tipo de ingeniería social gradual que hace que todas las decisiones políticas sean temporales y revisables. Por el contrario, los sistemas políticos totalitarios, con sus ideologías abstractas y ajenas a la contrastación con la realidad, instauran una ingeniería utópica que lejos de desacreditarse por sus resultados, se afirma superior y al margen de toda experiencia, sea cual sea el daño que su aplicación cause sobre los hombres. Para Popper esta es la lección permanente que la ciencia ofrece a la política. Una lección que sigue siendo tan válida hoy como cuando se formuló en tiempos de profunda oscuridad.

 

*Karl Popper murió el 17 de septiembre de 1994.