Las elecciones europeas de 2014 en Portugal

06/06/2014

Ángel Rivero. Universidad Autónoma de Madrid

 

Los resultados de las elecciones del pasado 25 de mayo para elegir el Parlamento Europeo han arrojado una imagen en la que se ha destacado lo abultado de la abstención y el crecimiento de los populismos de izquierda y de derecha. Ciertamente, la abstención es un problema endémico de la política europea pero lo cierto es que, en relación a las anteriores elecciones de 2009, la participación ha subido ligeramente. Pero además, la abstención no es primordialmente un fenómeno europeo sino un fenómeno nacional con consecuencias europeas. Esto es, cada país de los que componen la UE se comporta de manera diferente y, en particular, los socios más recientes de la Europa central y oriental distorsionan los resultados del conjunto de la Unión. Es por ello que la abstención es ciertamente alta, pero no está al alza. Y desde luego la participación no es declinante, porque su bajada agregada se debe a la incorporación de países particularmente abstencionistas. En el caso de Portugal, la participación fue del 34,50%. Muy baja, sí, la más baja de su historia, pero en la línea de su comportamiento en estas elecciones. Ya en las terceras elecciones europeas celebradas en Portugal, las de 1994, y cuando el país crecía en dirección a la convergencia de PIB per cápita, esto es, en un clima de feliz optimismo europeísta, la participación fue del 35,54%. De hecho, salvo en las dos primeras elecciones europeas celebradas en Portugal, las de 1987 y 1989, nunca se ha alcanzado el 40% de participación. De modo que puede decirse que no hubo novedad en relación a la participación política de los portugueses en estas elecciones.

Por el contrario, el crecimiento de los populismos de izquierda y derecha ha sido generalizado en todos los países europeos, aunque el nuevo parlamento aún conserva un núcleo central formado por conservadores, socialdemócratas y liberales que suman poco más del 60% de la cámara. Aquí hay una diferencia en la Europa occidental entre países meridionales y países septentrionales. En los primeros, con pasados autoritarios de derechas, el populismo ha adoptado un perfil izquierdista, aunque en Grecia también haya crecido el extremismo opuesto, mientras que en las democracias más antiguas de la Europa septentrional, el populismo tiene un barniz derechista. Y es aquí donde Portugal ofrece una novedad interesante. De los 21 diputados que elige Portugal al Parlamento Europeo, el populismo izquierdista ha cosechado cuatro diputados. De estos, tres de la franquicia electoral CDU (Coligação Democrática Unitária, siglas bajo las que se presenta el Partido Comunista Portugués) y uno el BE (Bloco de Esquerda). Ambos partidos se integran en el Grupo Confederal de la Izquierda Unitaria Europea/Izquierda Verde Nórdica del Parlamento Europeo. En relación a las elecciones anteriores, los comunistas han ganado un escaño y los del BE han perdido dos. De modo que al populismo izquierdista no le ha ido bien en Portugal. Por el contrario, aquí la sorpresa la ha dado António Marinho e Pinto, exdecano del Colegio de Abogados que, a pesar de su pasado juvenil comunista, ha desplegado un discurso anticorrupción y matizadamente europeísta, en oposición al populismo izquierdista, que ha permitido al MPT Partido da Terra, que se autodefine centrista, ruralista y nacionalista, conseguir dos escaños en el Parlamento Europeo, en el que entra por vez primera (7,1% de los votos). ¿Significa esto que el caso de Portugal nada tiene que ver con el de España?

En Portugal, durante estos años de la crisis se contaba el siguiente chiste: “¿Cuál es la diferencia entre la crisis en Portugal y la crisis en España?... Un año”. Lo que estaba implícito en tal expresión era que lo que pasaba en Portugal acabaría por pasar en España, porque lo que aquí ocurría ya lo habían vivido allí un año antes. Al margen de si la realidad acabó por confirmar o desmentir este veredicto, la hipótesis podría aplicarse a los cambios en el sistema de partidos español. Allí ya tienen desde hace tiempo dos partidos populistas de izquierda que han acabado por competir entre sí y que están estancados. Y eso que la intervención de la troika en Portugal ha sido durísima para su sociedad, lo que les otorgaba una ventana de oportunidad inestimable. Nosotros tenemos ahora nuestros dos partidos populistas de izquierda, por lo menos a nivel europeo, que se integran en el mismo grupo del Parlamento Europeo y que tienen prácticamente el mismo porcentaje de voto agregado que sus correligionarios portugueses. ¿El populismo de izquierdas español repetirá la historia del portugués? Lo veremos, pero si Portugal va un año por delante de España, el cuento de la lechera de una nueva hegemonía acabará tan roto como el cántaro de la historia.

Otra comparación posible es entre los dos grandes partidos de gobierno. En España ganó el Partido Popular las elecciones europeas y en Portugal lo hizo el Partido Socialista (PS, 8 escaños, 31,4%). Cierto que el primero se dejó muchos votos, lo que hace su victoria algo relativa. Pero hace falta matizar también la victoria del PS portugués. Algunos han dicho que en Portugal ocurre lo normal: que el gobierno pierde las elecciones como castigo, y que correlativamente el principal partido de la oposición recibe un apoyo en dirección al cambio. Pero en estas elecciones el PS esperaba ganar con un margen mayor en relación a la coalición gobernante Aliança Portugal (PPD-PSD y CDS-PP, 7 escaños, 27,1%). Esta expectativa, de haberse cumplido, les habría anunciado una victoria segura en las legislativas de 2015. El PS portugués fundaba esa esperanza en que venía de una amplia victoria en la municipales de 2013. De modo que la corta victoria de las europeas es una sombría noticia para su líder António José Martins Seguro: la coalición de gobierno se está recuperando a partir de la finalización del rescate.

Por supuesto, sacar conclusiones sobre la comparación entre países es siempre aventurado. Incluso entre países que comparten tanto como Portugal y España. Pero me parece que vale tener presente la experiencia portuguesa. Los españoles aprendimos mucho de la transición democrática portuguesa y lo aplicamos a nuestra propia transición. Ahora también podemos sacar algunas lecciones útiles. La primera y más evidente es que el oxígeno del populismo es la crisis y que cuando esta comienza a disiparse, la normalidad democrática se restaura.