Santos revalida su mandato ante una fuerte oposición

17/06/2014

Adrián Ibáñez es politólogo

 

El presidente Juan Manuel Santos (50,95%) se ha impuesto finalmente por casi seis puntos a Óscar Iván Zuluaga (45%) en unos comicios abiertos hasta el mismo recuento de los votos y marcados casi exclusivamente por el debate sobre la paz, el diálogo con las guerrillas y sus condiciones. Hacía veinte años que no se daban en Colombia unas elecciones presidenciales tan ajustadas, cuando Ernesto Samper ganó por la mínima al luego presidente Andrés Pastrana. Sin embargo, la alta competitividad electoral no ha evitado que la abstención alcance el 54% y que solo 16 millones de los 33 llamados a votar ejercieran su derecho.

Tras una primera vuelta en la que Zuluaga aventajó al presidente en cuatro puntos, Santos ha ensanchado su coalición –inicialmente compuesta por Partido de la U, Partido Liberal y Cambio Radical– hacia su izquierda, logrando el respaldo de la líder del Polo Democrático Alternativo, Clara López, o del alcalde de Bogotá, Gustavo Petro. El aglutinante de grupos tan heterogéneos ha sido su coincidencia en privilegiar la consecución del acuerdo en el marco del diálogo abierto con las guerrillas FARC y ELN.

En el otro lado, el candidato del uribista Centro Democrático –que ya logró un estimable segundo lugar en las elecciones legislativas de marzo– ha apelado a la importancia de que no exista impunidad tras el diálogo con las guerrillas y ha conseguido sumar a su candidatura al Partido Conservador de Marta Lucía Ramírez, tercera en la primera vuelta. De este modo, la campaña colombiana se ha planteado en igualdad de condiciones y se ha asemejado a las que estamos acostumbrados a ver en Estados Unidos, con un cuerpo a cuerpo implacable y acusaciones mutuas de espionaje y financiación irregular.

Colombia ha crecido durante el cuatrienio de Santos al 4,3%, se ha reducido el desempleo hasta el 9,6% y 2,5 millones de personas han salido de la pobreza, pero la desigualdad y la criminalidad siguen siendo los principales problemas para los colombianos, que pueden haber decidido abstenerse en masa ante el peso mínimo que han tenido estos asuntos durante la campaña. No obstante, parece que Santos se ha beneficiado entre los votantes de una gestión seria de la economía y de su apuesta por la apertura de mercados (con la firma de un TLC con Estados Unidos y su apoyo a la Alianza del Pacífico), así como de una aproximación a la cuestión de las narcoguerrillas basada en el concepto “paz”.

Tras conocerse su victoria, Santos ha dicho que “es el tiempo de la paz con seriedad y decisión, sin impunidad, porque es el mandato dado por los colombianos para acabar con cincuenta años de conflicto”. En definitiva, quiere “una Colombia en paz consigo misma”. Este compromiso le llevará a apurar sus avanzados diálogos con las FARC en La Habana e incipientes con el ELN, hacer públicos los acuerdos en un plazo máximo de dos años y someterlos a un espinoso referéndum que a buen seguro marcará su segundo mandato.

Santos habrá de reconstruir también una imagen presidencial ciertamente disminuida en los últimos tiempos y amarrar a su propia coalición en el Congreso, cuando ya no cuenta con el 90% favorable de la pasada legislatura, para sacar adelante reformas importantes en las llamadas cinco locomotoras del país: infraestructuras, agricultura, vivienda, minería e innovación.

Enfrente tendrá a una oposición fortalecida liderada por el senador y expresidente Álvaro Uribe, que tratará de articular un bloque opositor con su propio partido y los legisladores conservadores que no sucumban a los cantos de sirena del poder. Sobre todo en el proceso de negociación con las guerrillas, se prevé una confrontación abierta que puede hacer bascular el apoyo popular y puede deslegitimar cada uno de los pasos emprendidos por Santos.

El presidente comienza, sin duda, un mandato mucho más duro que el que concluye, pero la fuerza de la institucionalidad en Colombia y su consolidación como good performer hacen confiar en las enormes posibilidades del país.