Dilma vs. Marina: la izquierda brasileña contrapone sus dos modelos

26/09/2014

Adrián Ibáñez es politólogo



A pocos días de las decisivas elecciones presidenciales brasileñas del 5 de octubre, el resultado sigue muy abierto. Solo existen dos certezas: que será necesaria una segunda vuelta el próximo 26 de octubre y que a ésta llegarán la actual presidenta Dilma Rousseff (Partido de los Trabajadores, PT) y Marina Silva (Partido Socialista Brasileño, PSB). Más allá de esto, las sucesivas encuestas se mueven en el terreno pantanoso del margen de error a la hora de adjudicar la victoria a una u otra, con ligeras fluctuaciones diarias que impiden extraer alguna proyección solvente.

Sí parece probable que, en la primera vuelta, será Rousseff la vencedora, hasta a nueve puntos de distancia de su principal rival. Pero el seguro apoyo de los partidarios de otras opciones a Silva en el ballotage hacen irrelevante esa ventaja inicial. No obstante, sí será significativa la composición del Congreso Nacional (Cámara y Senado) que salga del próximo 5 de octubre, con vistas a una coexistencia pacífica o no de la próxima presidenta de Brasil.

La actual presidenta estaba confiada en revalidar su mandato con facilidad cuando, el pasado 13 de agosto, se produjo la muerte en accidente de avión del gobernador de Pernambuco y candidato del PSB, Eduardo Campos. Su sustitución por la carismática Marina Silva –que iba de número dos de Campos– abortó las posibilidades de Aécio Neves (Partido de la Social Democracia Brasileña, PSDB) de pasar a la segunda vuelta y amenazó el triunfo de Rousseff.

Fue en ese momento cuando Rousseff comenzó de verdad a movilizar el poderoso aparato del PT y el de su aliado PMDB, engrasados durante los últimos once años en el poder, y se entregó a la estrategia del miedo. Junto a su predecesor Lula da Silva, que sigue gozando de gran popularidad, ha tratado de convencer a las nuevas clases medias de que una eventual victoria de Marina Silva hundiría al país en la ingobernabilidad (recordando la experiencia del expresidente Fernando Collor de Melo) y acabaría con programas sociales como Bolsa Familia o Minha Casa.

Una movilización intensa de Rousseff podría surtir sus efectos, teniendo en cuenta que su principal rival no controla siquiera el aparato del PSB, que éste solo es especialmente fuerte en Pernambuco y que la formación de Silva, Rede, es minúscula. No parece que esta sea una circunstancia menor en un país del tamaño de Brasil, con la importancia de las redes clientelares tejidas al amparo del poder. No obstante, la calamitosa situación económica del país –que crecerá este año solo un 0,8%–, la merma de los servicios sociales y la ausencia de entusiasmo por la figura de Dilma Rousseff pueden neutralizar el voto del miedo en pro de una alternativa de cambio.

Marina Silva, una ecologista de 56 años que ya alcanzó el 19% de los votos en las presidenciales de 2010 y que fue ministra de Medio Ambiente de Lula, solo cuenta con el impacto de su propia figura, con su promesa de cambio total, con su lucha anticorrupción, con el voto antipetista y con un buen manejo del marketing político como armas para desbaratar el aparato del PT. Todo descansa en su persona, pero parece suficiente para capitalizar el factor cambio, que tanto importa para los estrategas electorales desde la primera victoria de Obama en 2008.

De origen humilde, conecta con esas nuevas clases medias que se llevan echando a las calles desde junio de 2013 pidiendo regeneración política y mejores servicios públicos. Además, cuenta con la baza de ser de confesión evangélica (Brasil es el país con mayor número de evangélicos, el 35% de la población), que sin duda neutralizará su perfil izquierdista y podrá ganarse todo el voto antipetista, aunque pueda perder ciertos apoyos por su rechazo al aborto o su ambigüedad sobre el matrimonio homosexual.

El tercero en discordia el próximo 5 de octubre será Aécio Neves (PSDB), apoyado por el respetado expresidente Fernando Henrique Cardoso (95-03) y representante del liberalismo o centro derecha en estas elecciones. El exgobernador de Minas Gerais combina duros ataques a Silva por su “amateurismo” con la práctica seguridad de que su electorado (y su dirigencia) apoyará en masa a la ecologista en segunda vuelta para impedir otro cuatrienio de Rousseff. A pesar de ello, se avecina una dura derrota para uno de los partidos nucleares de Brasil y la oposición real del PT desde su llegada al poder.

La batalla entre Rousseff y Silva enfrenta dos modelos que, desde la izquierda, ofrecen diferentes soluciones al estancado Brasil de 2014. Los empresarios confían en que la victoria de Marina Silva mejore la seguridad jurídica en el país con una combinación asumible entre ortodoxia económica y propuestas populistas puntuales, descargando sus políticas rompedoras en el ámbito institucional y social. La continuidad de Rousseff asegura la continuación de un modelo fracasado que puede ingresar definitivamente a Brasil en un colapso de dimensiones imprevisibles para una economía de su tamaño y con una clase media dispuesta a reivindicarse.

Igualmente, en política exterior, la victoria de Marina Silva puede suponer una apertura del país más allá de las fronteras del Mercosur, con la firma de acuerdos de libre comercio con Estados Unidos, la Unión Europea o Japón. Muchos analistas se muestran confiados en que la visión exterior de Silva sea mucho más abierta, menos “bolivariana”, menos “tercermundista” que la del PT y creen que podría defender más la democracia en la región. En definitiva, un modelo menos definido que el del PT, pero que podría alinearse con la izquierda más razonable del continente.