No sólo Artur Mas

02/10/2014

Miguel Ángel Quintanilla Navarro es director del Área de Publicaciones de la Fundación


La presidenta de la Asamblea Nacional Catalana ha afirmado que si “como país decidimos que no se puede celebrar la consulta y tiene que haber alternativa, no la decidirá solo Mas”. Es una afirmación importante por varias razones.

Primero, porque existe una contradicción nítida en el hecho de afirmar que los catalanes necesitan votar el día 9 para que se pueda conocer su voluntad política y simultáneamente afirmar que el proceso que está promoviendo hasta ese día o más allá de ese día se rige por una voluntad política de Cataluña “como país”. Como mínimo esto implica una de estas tres cosas: o bien existe una forma de conocer cuál es la voluntad política de los catalanes sin necesidad de celebrar la votación prevista para el día 9, en cuyo caso no sería verdad que la consulta del día 9 es la única forma de expresión política válida de los catalanes; o bien se está escenificando una gran impostura, un hacerse pasar por el pueblo catalán a sabiendas de que no se es ese pueblo, puesto que en ausencia de consulta nadie puede saber lo que piensan los catalanes y mucho menos decidir nada “como país”; o bien la voluntad política de los catalanes no coincide con la voluntad política “del país”, lo que debiera originar alguna inquietud, especialmente entre los catalanes: si la voluntad política del país no es la de los catalanes, entonces ¿de quién es?

En segundo lugar, esa afirmación es importante porque denota una mala relación con la realidad. Que algo no sea posible no es una decisión sino una constatación. No es que se decida que la consulta no es posible, es que la consulta no es posible, se decida lo que se decida; luego, de ese hecho se seguirán en todo caso otras decisiones, pero sobre otras cosas, no sobre si es posible o no celebrar nada el día 9.

Pero, sobre todo, esa afirmación es muy importante por una tercera razón: establece con claridad el camino que va a seguir esa Comunidad si las cosas continúan como van. “No sólo Mas”, dice la presidenta de la ANC. Es decir, un particular se sitúa en portada advirtiendo al Presidente de la Generalidad de cómo han de ser las cosas y añadiendo que el liderazgo no es de las instituciones sino de la sociedad civil, es decir, suyo.

Esto, que en cualquier reflexión guiada por la Teoría del Estado es una anomalía patente, es, sin embargo, la consecuencia lógica del discurso anti-institucional que se ha desarrollado en Cataluña. Cuando el Parlamento de Cataluña liquida su propia legitimidad al ignorar conscientemente las decisiones de su Tribunal Constitucional, como hizo ayer mismo; cuando el Gobierno catalán explicita una grotesca oposición frontal entre la legalidad que lo hace posible y lo sostiene, por una parte, y la “democracia real”, por otra; y, en fin, cuando el Presidente, su Gobierno y el Parlamento catalanes deciden transformarse voluntariamente en meros particulares al afirmar que las normas que los singularizan y que les otorgan poder –es decir, el derecho legítimo a ser obedecidos y la obligación de mandar dentro de su jurisdicción– no les vinculan, lo normal es que cualquiera les dispute la opinión y el rango. Esta es la situación creada en Cataluña, cuyos efectos comienzan ahora a hacerse evidentes.

Hacerte llamar “el 129” en serio, con pleno sentido político actual, tiene el pequeño problema de que, en tal caso, quedan habilitados múltiples y sinuosos caminos para ser el 130.

“Donde no hay ley no puede haber injuria”, dice el aserto. Es decir, no hay nada ilegal porque no hay nada legal. Lo que se está haciendo en Cataluña es llevar voluntariamente a una sociedad al más profundo vacío de poder. Y sustituir todo un corpus legal por otro no es algo precisamente sencillo.

Dejando al margen las objeciones jurídicas, políticas y morales de sobra conocidas –véase el informe de FAES 20 preguntas con respuesta sobre la secesión de Cataluña– desde un punto de vista meramente práctico, operativo, empieza a estar bastante claro que “el proceso” que “como país” tiene en su cabeza la ANC conduce directamente al conflicto civil “dentro de Cataluña”. Pero no por enfrentamiento entre secesionistas y no secesionistas, sino porque en ausencia de ley reconocida como legítima, lo que aparece de inmediato no es el amanecer de la nación fraterna, sino la más descarnada lucha por el poder “dentro del propio secesionismo”. De eso es de lo que está hablando en el fondo la presidenta de la ANC y a eso se refieren realmente todos los cálculos electorales que se están haciendo allí.

Está dicho que antes de romperse España se romperá Cataluña. Y es evidente que así es. Cabe añadir que antes de que se rompa Cataluña se romperá el secesionismo.

La versión en positivo de todo esto también está formulada: “Cataluña sólo podrá permanecer unida si permanece española”.