El Estado Islámico 

08/10/2014

Miquel Porta Perales es escritor

 

A nadie debe sorprender la barbarie desatada por el yihadista Ejército Islámico de Irak y Levante (ISIL) convertido ahora en Estado Islámico (EI). Lamentablemente, la historia –la barbarie– se repite. Algo parecido ocurrió en el bienio 2003-2005. Y ahí está Estados Unidos, con un Barack Obama que parece haber renunciado al liderazgo mundial en cuestiones de seguridad y defensa y solo toma decisiones –bombardeos selectivos o rearme de las milicias kurdas– haciendo de la necesidad virtud. Unos Estados Unidos que, por cierto, elogiaron en demasía la denominada “primavera árabe” y armaron a los opositores de Bashar al-Asad sin las precauciones debidas. De aquellos polvos, estos lodos. Por no hablar de una Unión Europea sin ideología, política, ejército, ni presupuesto que garanticen la seguridad y defensa del continente. Una Unión Europea cuyos Estados se conforman con el mantenimiento de su influencia –por otra parte, limitada– en determinados ámbitos regionales. Mientras, Estados de dudosa credibilidad democrática como Rusia y China van marcando perfil en el tablero internacional.

La pregunta: ¿qué puede ocurrir –a corto o medio plazo– con el EI? Si tenemos en cuenta que esta manifestación de yihadismo 1) solo tiene fuerza en los lugares en que hay sunitas descontentos con el gobierno, es decir, parte de Siria y parte de Irak, 2) que su poder ha tocado techo en Siria y empieza a retroceder en Irak gracias a los bombardeos norteamericanos y a la acción de las milicias kurdas armadas por Occidente (un hipotético Estado kurdo independiente, ¿generaría problemas en la zona, Turquía incluida?), 3) que su capacidad de fuego obedece al material capturado en Irak, 4) que solo parece capacitado para desarrollar una guerra de movimientos en territorio desértico, 5) que su financiación depende de los pozos petroleros que controla, de las extorsiones que recauda y de las donaciones que recibe, pozos que puede perder y extorsiones y donaciones que se pueden cortar si existe la voluntad militar, política y policiaca para ello; si tenemos en cuenta todo eso, resulta plausible pensar que el EI acabará siendo –a corto o medio plazo– otra organización yihadista, más o menos potente y mutante, como las que ya existen en el Próximo Oriente y otras zonas como Mali, Chad o Nigeria. Por lo demás, resulta improbable que el califato instalado por Abu Bakr al-Bagdadi –el califa Ibrahim–, esto es, el Estado Islámico, se consolide territorialmente hablando con fronteras definidas. En cualquier caso, una amenaza real que sumar a las ya existentes. Una amenaza que disminuiría si Occidente entendiera que la llamada “guerra contra el terrorismo” existe y, por ejemplo, decidiera –si no vamos, ellos pueden venir– atacar al EI en su feudo sirio con todos los medios –intervención terrestre incluida– disponibles. Cosa que, por otra parte –las intervenciones tienen su propia lógica–, beneficiaría los intereses de Bashar al-Asad.

Cuatro consideraciones finales. Primera: ¿cuál es el papel de Irán y Qatar en el presente conflicto? ¿Irán y Qatar son buenos aliados de Occidente? Segunda: habría que prestar atención a una Libia que podría ser la siguiente –el relevo– en la lista del yihadismo internacional. Tercera: no habría que perder de vista a una Al Qaeda que, para no perder protagonismo en el movimiento yihadista internacional, podría emular al EI. Cuarta: en buena medida, la seguridad occidental depende del control y neutralización de los jóvenes captados por ese yihadismo transnacional que es el ISIL o EI. Según parece, un buen número de dichos jóvenes proceden de la Unión Europea. Habrá que confiar –además de en los Estados Unidos y sus socios occidentales y extraoccidentales– en las fuerzas y cuerpos de seguridad nacionales.