Estados Unidos y las elecciones mid-term

06/11/2014

Juan Tovar es profesor de Relaciones Internacionales, Universidad de Burgos.

 

Las elecciones a mitad de mandato (mid-term), en las que se elige a la práctica totalidad de los miembros de la Cámara de Representantes, así como a parte de los senadores y gobernadores entre otros muchos cargos a nivel estatal y local, además de votarse algunas iniciativas legislativas concretas, no suelen suponer una buena noticia para el partido gobernante en Estados Unidos. Esta tendencia se ha confirmado con la victoria de los candidatos republicanos en más de los seis estados requeridos para arrebatar, por primera vez desde 2006, a los demócratas el control del Senado y con el incremento de la mayoría republicana en la Cámara de Representantes.

Para hacernos una idea de la dimensión de la derrota demócrata, los republicanos, hasta el momento y pendientes de los resultados de algunas de las elecciones concretas que podrían hacer crecer su mayoría, han conseguido la elección de 22 de los 36 puestos en juego del Senado, 242 de los 435 puestos en la Cámara de Representantes –tenía 235– y 24 de los 36 gobernadores. Se confirma, pues, la mayor parte de las predicciones, que hacían hincapié en la posible pérdida completa demócrata del Congreso complicando la segunda mitad de mandato del presidente Obama.

La primera pregunta que cabe hacerse es la de qué ha sucedido para que los demócratas, que hasta hace poco controlaban las dos cámaras del Congreso estadounidense, se hayan visto abocados a perderlo totalmente. No existe una única causa, al debate propio que se suele producir en cada estado se suma un relativo hastío de los electores con una situación económica que, pese a los cambios y el progresivo crecimiento, aún no sienten que haya mejorado por completo. A esto cabe añadir que los segmentos sociales sobre los cuales se asienta el poder electoral de los demócratas –mujeres, latinos y afroamericanos– suelen votar a menor escala en unas elecciones cuya participación media está en torno al 40 %, tal y como han apuntado diversos analistas. Y estas últimas elecciones no han sido una excepción, con una participación aún más baja (el 36,6%).

Por añadidura, a pesar de que la política exterior no ha jugado un papel destacado en estas últimas elecciones, los diferentes analistas la han mencionado entre los temas que han podido influir en una sensación política del elector que algunos han definido como de “deriva”. Por otro lado, las divisiones que afectan al Partido Republicano, y que han provocado enfrentamientos entre los representantes del Tea Party y el Establishment, no han operado esta vez y los votantes republicanos han acudido en bloque a elegir sus representantes logrando una victoria que les permitirá ejercer el control sobre el Legislativo.

Cabe preguntarse sobre las posibles consecuencias de un cambio que, de manera aún más destacada que en los últimos años, dificultará la gobernación de un sistema fundamentado en checks and balances y en el que el poder de cada una de las instituciones estaría diseñado para ser equilibrado por las restantes. De tal forma, una mayoría republicana en el Congreso permitirá bloquear de manera más efectiva que hasta ahora los proyectos legislativos del presidente Obama, que ya se había visto obligado a hacer uso de los decretos presidenciales para sacarlos adelante, ya que entonces únicamente pueden ser rechazados por una mayoría de dos tercios en el Senado. El primer discurso del senador electo Mitch McConnell, previsible nuevo líder de la mayoría republicana en el Senado, ha evocado la posibilidad de pactos con los demócratas, algo que está aún pendiente de concretarse.

Tampoco queda claro que esta victoria en el Congreso facilite la llegada a la Presidencia de un Partido Republicano afectado por amplias divisiones, pendiente de ganarse a amplios segmentos electorales –que le dieron la espalda en las últimas presidenciales, donde el porcentaje de participación es mayor– y de conseguir un candidato fuerte capaz de sobrepasar a presidenciables demócratas como Hillary Clinton. Esta situación tampoco favorecerá la ya de por sí deteriorada imagen de un Washington paralizado y disfuncional, que ya afecta a buena parte de los electores y que ha sido manifestada por numerosos politólogos y analistas. Imagen producida, por añadidura, en medio de un ambiente de grandes divisiones políticas e ideológicas no solo entre partidos sino dentro de ellos, como sucede en el caso republicano.