Humillación, paz y guerra de Minsk II

23/02/2015

“Estamos más convencidos que nunca de que deben aplicarse los acuerdos de Minsk II”, subrayaba François Hollande tras ser preguntado sobre la grave violación de dichos acuerdos por las milicias prorrusas y la rendición de más de 2.000 soldados del Ejército de Ucrania en la estratégica ciudad de Debáltsevo. “No nos hagamos ilusiones, el proceso de paz en Ucrania llevará tiempo”, concluyó la canciller alemana, Angela Merkel. Vladimir Putin ha sido más concreto: “La lucha en Ucrania no cesará si Kiev no se da cuenta de que sólo hay una solución pacífica al conflicto”, es decir, la cesión a todas las exigencias del Kremlin: la no entrada de Ucrania en la OTAN y el reconocimiento de la zona de influencia rusa, o sea, el sureste del país (una zona de influencia no es un protectorado, sino un territorio bajo el control exterior de una gran potencia, aunque aquél pertenezca a otra nación: es el hecho de conseguir ejercer dicho control lo que permite que se le reconozca el carácter de “gran potencia”).

De la lenidad de Merkel y Hollande ante la infracción rusa de Minsk II, cuyos acuerdos propiciaron, surge una duda embarazosa: 1) ¿Han pactado ambos líderes con Vladimir Putin una paz humillante para los ucranianos y para Europa, reconociendo de facto la partición de Ucrania en zonas de influencia? Hay indicios de ello.

En términos generales, los acuerdos de Minsk II han sido el resultado del temor a la guerra de los europeos y de la derrota militar del Ejército de Ucrania. También revelan que Europa, al creer en la paz como un medio en sí mismo, carece de una estrategia adecuada para la defensa de sus principios y valores (pues las sanciones económicas y el aislamiento político de Rusia darán un pobre resultado a muy largo plazo). Vladimir Putin no tiene principios, no ha cumplido acuerdo alguno firmado con Ucrania, la UE o los EEUU y ha mentido sistemáticamente sobre el evidente apoyo militar y económico ruso a los separatistas, pero cree en la guerra como un medio y cuenta con una estrategia muy clara: responde a las iniciativas diplomáticas de paz, a las sanciones económicas y a las ayudas occidentales a Ucrania endureciendo y prolongando la escalada del conflicto.

Los occidentales han repetido como un mantra que “no hay solución militar en Ucrania”. Sin embargo, como lo confirma la descarada declaración de Putin, por ahora es innegable que sí hay una, la rusa. Un conflicto bélico, dicta el sentido común, está abierto a todo tipo de soluciones y sobre todo a las militares. Lo que realmente quieren decir los occidentales es que no están dispuestos a implicarse en una solución militar. En otras palabras, que no están dispuestos a matar y a morir por Ucrania, a diferencia de los rusos. Saben los occidentales que cualquier intervención suya, ya sea para armar a Ucrania o enviar tropas en su apoyo, supondría una invasión inmediata del Ejército ruso y una guerra abierta.

Por otra parte, cabe sospechar que Minsk II constituye un pacto tácito para la partición de Ucrania. Hay múltiples indicios de ello: 1) el acuerdo pospuso 72 horas la entrada en vigor del alto el fuego, aun sabiendo la grave situación de los cercados en Debáltsevo. Así dio tiempo a los rebeldes para concluir las operaciones comenzadas; 2) Minsk II es aún más favorable para los separatistas que Minsk I porque reconoce sus conquistas territoriales entre septiembre y febrero; 3) el acuerdo no precisó una clara demarcación del frente, lo que se puede interpretar como concesión a ulteriores conquistas; 4) el punto más paradójico de Minsk II se refiere al control de la frontera con Rusia a través de la que el Kremlin abastece a los rebeldes. Establece que el Gobierno de Kiev sólo la controlará desde finales de 2015. De este modo, se garantiza la actual intromisión rusa en el territorio ucraniano y se le da tiempo para culminar su ofensiva. Pronto caerán Mariupol y Odesa, ambas muy importantes para la conexión con la anexionada Crimea y el control del Mar Negro. Si ningún ejército frena a los prorrusos, será la frontera natural, el río Dniéper, lo que servirá de nuevo telón de acero entre Occidente y Rusia.

Cuando, en 1938, el primer ministro británico Neville Chamberlain volvió de Múnich jactándose de haber apaciguado a Hitler al consentir la anexión de los Sudetes, Churchill le espetó unas palabras memorables: “Pudo usted escoger entre la guerra y el deshonor. Escogió el deshonor y tendrá la guerra”. Churchill no quiso humillarse ante Hitler y promovió el rearme del Reino Unido. La elección de Merkel y Hollande supone el trueque de una inhibición deshonrosa a cambio de la paz en la UE y de la guerra en Ucrania. Más les vale que vayan pensando en fortalecer la OTAN, que hoy por hoy es la única garantía de la seguridad europea.