Los retos de Macri y de Argentina

26/11/2015

Mauricio Macri –ingeniero de profesión, empresario desde la cuna– valora la eficiencia por encima de la ideología. Entre los ministros que eligió para gobernar Argentina hay más gerentes que políticos con trayectoria partidista. Se ha cansado de decir que un país debe gestionarse como una gran compañía, con los mejores técnicos al mando y un plan para alcanzar las metas de resultados.

Y sin embargo, el éxito del drástico viraje económico y cultural que preanuncia su ascenso al poder dependerá sobre todo de la habilidad con que él y su equipo sepan moverse en el juego tradicional de la política. Macri asume el reto de encarrilar un escenario financiero endiablado, pero deberá lidiar con un Congreso dominado por el peronismo, con una mayoría de provincias gobernadas por opositores y con la dinámica incierta de su propia coalición, Cambiemos, un mosaico reciente de tendencias heterogéneas.

El eje central de la etapa que empieza en Argentina después de las elecciones del 22-N será el diálogo. Una actividad en desuso después de 12 años de hegemonía kirchnerista, en los que el país bailó al ritmo primero de Néstor Kirchner y después de su esposa, Cristina, sin muchas más barreras institucionales que su incuestionable voluntad.

Obligado a negociar cada ley, Macri reniega de los planes de choque y se inclina hacia el reformismo gradual. De gestos, antes que nada. Aspira a que se note desde el primer día su vocación por reconstruir la confianza internacional en Argentina, desgastada por la combinación de reglas efímeras, autoritarismo y retórica antioccidental del matrimonio Kirchner.

Nadie conoce con exactitud la magnitud de la crisis que hereda Macri, porque Argentina es un país que vive a ciegas desde que en 2007 el Gobierno convirtió las estadísticas públicas en un espacio para la creatividad.

Pero los problemas emergen. En una economía que casi no crece desde 2011, el kirchnerismo recurrió a la emisión monetaria y al déficit de las cuentas públicas para postergar medidas impopulares. La inflación no baja del 25% anual. Quemó las reservas internacionales del Banco Central y estableció durísimos controles de cambio para disimular el derrumbe del peso. Sus fuentes de financiamiento están cortadas y el contexto internacional resulta hostil, con los precios de las materias primas que produce Argentina muy por debajo de la cotización récord de la década pasada.

Macri se enfrenta al desafío de acomodar el descalabro macroeconómico sin afectar la aparente calma en la calle. El kirchnerismo le deja un nivel de empleo razonable, una masa de subsidios que contuvieron con éxito las tensiones sociales y un ritmo acelerado de consumo (refugio al fin contra la devaluación y las subidas de precios).

El miedo al ajuste fue la estrategia central del candidato derrotado en la segunda vuelta electoral, Daniel Scioli, que se quedó a apenas 2,8 puntos de ganar. A Macri le pesa el cartel de “recortador serial” que le cuelgan sus rivales. Pragmático como es, pretende moverse con cautela.

Eligió para el ministerio de Hacienda a Alfonso Prat-Gay, un economista heterodoxo de formación keynesiana y con trayectoria destacada en el ambiente de las finanzas internacionales. Lo rodeó de un equipo de técnicos liberales, en su mayoría ex CEO de grandes empresas.

Su apuesta a medio plazo consiste en atraer inversiones y recuperar el crédito. Por eso es en el plano diplomático donde ha decidido ser más radical: se declaró combativo con el chavismo venezolano y anunció que retomará una senda clásica en política exterior, orientada hacia Estados Unidos y Europa. Se propone encabezar un cambio de equilibrio regional, aunque no está dispuesto a inmolarse en el intento: descarta enfrentarse con Brasil, el mayor socio comercial de Argentina.

Buscará legitimarse con medidas de seguridad ciudadana, lucha contra la corrupción y calidad institucional. Son demandas que unificaron a la oposición contra el kirchnerismo, incluso por encima de la fragilidad económica.

Pero el éxito de Macri se medirá en la capacidad de desactivar, con un poder político limitado, las bombas de relojería que encontrará apenas pise la Casa Rosada. Tiene la ventaja de que su oposición atraviesa el desconcierto de la derrota. Y la contra de un angustiante karma de la historia Argentina: desde hace 70 años todos los presidentes no peronistas dejaron el poder antes de cumplir su turno constitucional.