Fracaso y triunfo de la convivencia

12/04/2016

El 85º aniversario de la proclamación de la Segunda República es una excelente oportunidad para ahondar en el conocimiento de este hito de la España contemporánea y valorar todo lo que representó, con sus luces y sus sombras. Por esta razón, es una satisfacción saludar la aparición del estudio consagrado a Niceto Alcalá-Zamora escrito por Stanley G. Payne, primer presidente de la República de 1931, en la colección de “Biografías políticas” que la Fundación FAES está dedicando a las grandes figuras liberal-conservadoras de nuestra Historia.

Porque lo primero que conviene subrayar, ante el persistente intento de la apropiación en exclusiva de la Segunda República por parte de la izquierda, es que aquel régimen respondió a una gran esperanza de cambio, de las derechas y de las izquierdas, ante la agónica paralización del régimen surgido de la Restauración.

Las autoridades republicanas, a uno y otro lado del arco político, tuvieron que enfrentarse a múltiples desafíos, el primero de los cuales fue levantar un edificio institucional capaz de representar al conjunto de la sociedad española tras la ruptura con la etapa monárquica. La instauración de una Constitución no refrendada por el pueblo español o la aprobación de la Ley de Defensa de la República, lejos de favorecer esa representación integradora evidenciaron una actitud en exceso parcial y disolvente del nuevo poder republicano.

A este reto se sumaron otros desafíos de no menor calado como la puesta en marcha de un programa modernizador de la estructura económica de la nación, la solución al problema secular de la tierra, la clarificación de las relaciones entre la Iglesia y el Estado marcadas desde el origen por la pulsión anticlerical del nuevo régimen, la reforma del Ejército o las demandas regionalistas en relación con un nueva organización territorial.

A pesar de los importantes avances que en varios campos se produjeron durante la etapa republicana, como el de la instauración del voto femenino pese a la oposición de sectores de la izquierda, el propio régimen tuvo enormes dificultades para armonizar los intereses de quienes propugnaban la “evolución precipitada”, como patentizó el golpe revolucionario de 1934, y los que abogaban por el mantenimiento del “statu quo” cuando no por la involución, como demostraron los golpes militares de 1932 y de 1936, este último detonante de la Guerra Civil.

A la postre, fueron los extremismos de uno y otro signo los que minaron la capacidad de las autoridades republicanas para responder a los retos de la sociedad española y, sobre todo, para conseguir que la Segunda República se estabilizara como el sistema político de convivencia que el pueblo español requería para dar respuesta a su transformación en una sociedad moderna dentro de un contexto internacional, por lo demás, tan convulso como el que señalaba el auge de los totalitarismos y la crisis de las democracias liberales.

Por todas estas razones, al conmemorar el aniversario de la Segunda República, debemos ser conscientes del inmenso valor acreditado por el marco democrático que nos dimos los españoles hace cuarenta años en un proceso ejemplar de transición de la dictadura a la democracia.

La Constitución de 1978 supuso el abrazo de todos y para todos después de más de medio siglo de división. El espíritu de concordia y de reconciliación que fundamentó la instauración de nuestras libertades puso fin al enfrentamiento entre las dos Españas y selló la voluntad de los españoles de que el pasado no volviera a enfrentarnos.

Todas las formaciones políticas que protagonizaron el proceso constituyente realizaron grandes renuncias, incluso de posiciones defendidas durante largo tiempo, con el fin de buscar espacios de encuentro donde superar conflictos crónicos entre los españoles y favorecer el consenso básico que condujera al establecimiento de un sistema perdurable de derechos y libertades.

Bajo la forma política de la Monarquía parlamentaria, consagrada por la Constitución mayoritariamente refrendada por los españoles el 6 de diciembre de 1978, hemos vivido la más larga etapa de libertad, estabilidad y bienestar de nuestra Historia contemporánea. La figura del Rey Felipe VI encarna el legado histórico de la Corona como símbolo de la continuidad y la unidad de la gran Nación que es España, cimentada como pocas en el mundo sobre un proyecto común de más de cinco siglos de vida.

En estas cuatro últimas décadas, los españoles hemos afrontado juntos amenazas gravísimas contra nuestra libertad, como el terrorismo, desde la conciencia de la superioridad moral de los valores democráticos que compartimos. Esta es la fortaleza que sigue representando la España constitucional como marco de convivencia sustentado en la libertad y la unidad de los españoles, en la moderación y el reconocimiento recíproco de los que piensan diferente. Sólo desde estas sólidas bases podremos seguir manteniendo las aspiraciones reformistas, de mejora continua de nuestra Nación, que exigen los vertiginosos tiempos que legamos a nuestros hijos.