Europa perpleja

12/05/2016

El proyecto de integración europea, el que más paz y prosperidad ha generado en Occidente desde la segunda guerra mundial, se desangra a borbotones.

El Reino Unido le ha dado un torpe jaque con la convocatoria de un referéndum de consecuencias no calculadas. Escocia espera su momento para actuar en consecuencia, si el electorado decidiera la salida del Reino Unido de la Unión. En Holanda y Finlandia voces cada vez menos marginales también se plantean proyectos rupturistas espoleados por un eventual Brexit. En Austria, la presidencia de la Federación se disputa hoy entre extremos. En Francia, Alemania, Hungría y otros países emergen fuerzas xenófobas. Y no mucho mejores son los vínculos históricos de una extrema izquierda anclada ideológicamente en un rancio comunismo totalitario, que fue responsable de millones de muertes y que ya ha accedido a gobiernos o está en condiciones de hacerlo en muchos países de nuestro sur de Europa. Al otro lado de nuestras fronteras el panorama no parece más seguro ni reconfortante.

Nada de esto ocurriría si los ciudadanos se vieran reflejados en líderes políticos moderados con ideas e ideales claros y no se sintieran dejados a su suerte por los partidos reformistas que antaño les representaron.

Europa sufre una grave vía de agua y nadie parece preparado para detenerla. Los gobiernos nacionales miran hacia otro lado pensando que lo relevante es gestionar el día a día de la economía mientras se muestran incapaces de reaccionar ante el creciente desencanto. Que la política la hagan otros, parecen pensar.

Como consecuencia, millones de europeos buscan en diferentes formas de populismos antieuropeístas el consuelo, que no la solución, a sus problemas y su frustración. Mientras, millones de refugiados vagan sin rumbo ante la falta de acción y coordinación de las instituciones, y un brutal riesgo de atentados terroristas contra “el infiel” se extiende silenciosamente por toda Europa, de Londres a París, de Madrid a Bruselas. La amenaza que late cada vez más fuerte en el fondo de nuestras adormecidas sociedades crece y alimenta silenciosamente una respuesta visceral que mezcla temor y rechazo agresivo al diferente, al débil, al que piensa de otra manera.

Europa lleva años sumergida en un sueño que puede tornar rápidamente en pesadilla. Sin ser muy conscientes de ello parece que vivimos una suerte de revisión actualizada, adormecida y postmoderna de aquel “mundo de ayer” de Stefan Zweig.

La salida a nuestros problemas de estancamiento económico, de desempleo, de seguridad frente al terrorismo global, de supervivencia del Estado de Bienestar y de las sociedades más igualitarias y modernas conocidas por la Humanidad, pasa necesariamente por más política, más reformas, más libertad... y más Europa. Si los europeos no plantamos juntos cara a los problemas, esta vez no habrá aliados a los que lanzar un grito de socorro. Si el Brexit triunfa, y con ello desencadena una reacción en cadena de desconfianza hacia la integración europea –y occidental–, habremos dilapidado el mayor potencial de paz y prosperidad que la historia nos ha regalado.

Aún estamos a tiempo de evitarlo. Pero no va a ocurrir sólo por desearlo mientras esperamos con los brazos cruzados.