El verdadero golpe de Estado en Venezuela

17/05/2016

Un portal humorístico de Venezuela, famoso por sus parodias redactadas en forma de noticias, publicaba hace poco un titular que, a pesar del absurdo, resulta pasmosamente verosímil en la actualidad del país sudamericano: “El Tribunal Supremo de Justicia declara inconstitucional la Constitución”. Erigidos en burladero del gobierno, los magistrados a la cabeza del Poder judicial venezolano no han defraudado al régimen que con mañas y procedimientos irregulares se preocupó cuidadosamente por dejar bien atada la nómina de jueces antes de concurrir, el diciembre pasado, a las elecciones legislativas. El triunfo de la oposición fue inocultable, pero el chavismo de toga garantizaba la impotencia de la nueva Asamblea; y, sin empacho para boicotear sus decisiones, ya hoy parece que no piensa arredrarse frente a la posibilidad de destituir al presidente del Legislativo y de investir a Nicolás Maduro con (¡más!) poderes extraordinarios, diga lo que diga el Congreso.

Si esta maniobra puede calificarse de golpe de Estado no es porque en Venezuela haya un Estado constituido, sino porque el equilibrio de poderes representado por los diputados opositores era la única esperanza de construir, a costa de la derrota chavista, un orden de libertades políticas, económicas y civiles digno de aquel nombre. Lo que hay ahora en la tierra de Bolívar es, sin más, la teatralización demagógica de un pacto de asociación ilícita acordado entre jerarcas del régimen, sus altos mandos militares y su cartera de clientes de dentro y fuera del país (desde jefes de otros gobiernos en la órbita del “socialismo del siglo XXI” hasta cárteles del narcotráfico y banqueros facilitadores). El objetivo de esa trama de rapaces, que ha hecho de PDVSA una carroña pestilente, y de Venezuela un vertedero lamentable, lo tienen los lectores muy bien descrito en el libro El gran saqueo. Quiénes y cómo se robaron el dinero de los venezolanos, publicado el año pasado por Carlos Tablante y Marcos Tarre.

Sin embargo, y con ese delirio proyectivo tan característico de los déspotas, es a sí mismo y a su tiranía a quienes presenta Nicolás Maduro como víctimas inminentes de un golpe de Estado. Cosa ridícula porque, como se ha dicho antes, Chávez y su sucesor fueron precisamente los enterradores del Estado en Venezuela. Igual que se ha visto hacer hace poco a ciertos políticos en España, el fallecido comandante juró el cargo en 1999 sobre una Constitución que calificó de “moribunda”, declarando abiertamente su intención de no someterse a la norma fundamental del Estado. Luego presidió la confección de otra, en buena parte ambigua y chapucera, pero a la que tampoco pensaba sujetarse por la sencilla razón de que él se proclamaba “revolucionario”, y alguien de esta clase es, por definición, una persona dispuesta a desconocer la ley. La cosa pública había dejado de ser un orden objetivo, reflejado en los textos legales, y al que los ciudadanos podían remitirse para reclamar sus derechos. Ahora su razón de ser era “la revolución”, que es una cosa indeterminada, una fuerza que procede no se sabe de dónde; algo que se manifiesta en las calles, en consignas descontextualizadas, en símbolos forjados, en un culto más o menos religioso y en poesías y canciones que hablan de “dignidad” y mandan a “despertar al pueblo”.

El detalle, claro, es que aunque la revolución se dice hecha por el pueblo, lo que sucede al final es que es al pueblo al que se le permite existir por concesión graciosa de la revolución. Chávez emergió, como Venus, de la espuma que dejó en 1989 la mar revuelta del Caracazo, aquel famoso “estallido social”. Entonces la revolución se proclamó justificada por el respaldo del pueblo, sin que la épica victorhuguiana se detuviera a preguntarse por las auténticas motivaciones de la revuelta, por sus líderes, por los prontuarios policiales que exhibían ni por la financiación de sus fuerzas de choque. Pero ahora que la revolución triunfante ha reducido a los venezolanos al hambre, a la escasez y a la muerte de mengua, no cabe para Maduro la posibilidad de que las protestas en la calle vengan del pueblo: necesariamente procederán de los oligarcas, de conspiraciones del Imperio respaldadas por la CIA, de Álvaro Uribe, de las oscuras fuerzas del capital.

La pelea por el fin del chavismo en Venezuela es una pelea por la vuelta del Estado, que ni es ya de derecho –pues la ley es papel mojado para el poder– ni es tampoco democrático, pues el gobierno no reconoce como ciudadanos ni como sujetos de las libertades constitucionales más que a los que se proclamen, resignadamente, súbditos del régimen.