“Brexit” o “Breakit”

24/06/2016

Es una cruda paradoja que la cuna de la democracia representativa, el paradigma de la soberanía parlamentaria, se haya deslizado en los últimos años por la peligrosa pendiente de la política plebiscitaria. Ha sido bajo el gobierno conservador de Cameron cuando los británicos primero fueron llamados a decidir sobre el sistema electoral, después fueron los escoceses a los que se les convocó a un referéndum de secesión, y ahora ha sido la pertenencia a la Unión Europa la que se ha plebiscitado. El primero se salvó sin problemas. El segundo requirió una considerable movilización, cuyo mérito hay que atribuir en buena a medida a los laboristas, para que se mantuviera la unión. El tercero lo ha perdido Cameron. Ninguno de ellos ha resuelto nada, sino que han agravado todos los problemas que prometían solventar de una vez por todas.

Con la victoria del “Brexit”, Europa se empieza a descoser. La vía de agua abierta en la Unión Europea nada tiene que ver con las disputas por el “cheque británico” de Margaret Thatcher. Es un impacto dirigido al centro de la construcción europea, es la impugnación de la cultura política con que la Europa de la posguerra ha tejido la paz y la prosperidad mediante normas, instituciones y mercados y valores como la libertad y la solidaridad.

Están fuera de lugar las expresiones de alivio porque se va el vecino incómodo que una vez fuera nos permitirá disfrutar de una armonía que no existe ni en la Unión ni en las sociedades europeas. El Reino Unido ha sido un socio incómodo pero un riguroso cumplidor. Ha aportado una visión atlántica en lo político y en lo estratégico y ha sido una referencia exigente para la apertura de los mercados, la liberalización de la economía, las restricciones a la burocracia, las reformas y el impulso comercial. Ambas contribuciones del Reino Unido a la Unión han resultado fundamentales y no será fácil que otros países puedan continuarlas.

Europa ha perdido el referéndum porque se empobrece, y se hace más frágil. El solo hecho de que el referéndum se celebrase era ya un mal precedente. El éxito de los aislacionistas deja ahora el futuro de la Unión como rehén de los populismos en ascenso a derecha e izquierda en Holanda, Dinamarca, Suecia, Finlandia, Austria, Italia, Francia, Alemania y, sí, también en España.

El círculo de víctimas de este referéndum resulta muy amplio, pero no hay que olvidar que en su centro se encuentra el propio Reino Unido. Los nacionalistas de Escocia, donde la permanencia en Europa ha arrasado, ya han planteado un nuevo referéndum de secesión que tiene a su favor el hecho de que el independentismo escocés justificó la secesión como el modo de asegurar que Escocia seguiría siendo un territorio de la UE. Algo parecido ocurre con Irlanda del Norte, donde la victoria de los proeuropeos ha permitido al Sinn Fein levantar la cabeza para pedir turno de cara a un referéndum en el que se decida sobre la integración de la provincia en la República de Irlanda.

Tampoco habría que pasar por alto las líneas de fractura social que el referéndum ha hecho, más acusadas entre los distritos urbanos y los rurales, entre Gales, el este y el norte de Inglaterra y el centro del país. El problema para Cameron, y sobre todo para el que tenga que negociar con Bruselas, es que no se trata de un problema británico sino de un problema esencialmente inglés. Es previsible que las discrepancias internas dentro del Reino Unido aumenten hasta niveles que pueden resultar críticos y que los problemas fundamentales de la negociación de la salida no radiquen tanto en el lado de la UE, cuanto en la capacidad del Reino Unido para definir los objetivos, la estrategia y los costes que puede asumir tras este dramático día.

En Europa, mucho antes que hablar de modelos ideales, federales o confederales, es preciso hablar de liderazgo, de la posición de las identidades nacionales, de las dimensiones más incomprensibles y lejanas de la Unión, de su capacidad de responder de manera eficaz y visible a las crisis, que ya no son la excepción a la regla sino la regla misma de los tiempos turbulentos. Lo que no se puede sostener es que el recurso al plebiscito llene estos vacíos, porque en ellos es donde campan con demasiada comodidad los populismos de los que ya no cabe duda su propósito compartido de destruir Europa.