Nuevos rumbos para Filipinas

02/11/2016

Tras una visita de cuatro días a China, el presidente de Filipinas, Rodrigo Duterte, anunció solemnemente y junto al presidente chino, Xi Jinping, que su país abandonaba la duradera relación con Estados Unidos dejando de considerarlo su aliado principal. Esta relación nació en 1898, cuando España pierde la guerra del 98 frente a Estados Unidos y éste ocupa militarmente Filipinas, las Marianas y Guam. Desde entonces, de forma interrumpida solamente por la breve ocupación japonesa de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos ha tenido en Filipinas a uno de sus más fieles aliados en Asia oriental. Todos los gobiernos filipinos habían visto en Washington un aliado esencial para garantizar una cierta estabilidad política y el apoyo militar esencial para la situación en la región.

En efecto, si hay un lugar donde la política de reafirmación exterior de China se hace plenamente palpable es en el mar del Sur de China; una zona donde el precario equilibrio geopolítico que se mantenía desde hace décadas ha dejado paso a una situación de confrontación, cada vez más abierta, entre China y sus vecinos. Hasta ahora Estados Unidos había sido la potencia disuasoria y con su política de “Open Waters” negaba la validez de las pretensiones territoriales de Pekín defendiendo la posición de países como Filipinas o Vietnam. Con la retirada militar de Estados Unidos, esa capacidad de disuasión se ha visto erosionada, tal y como se muestra en la sucesiva ocupación por China de islotes en la zona y la construcción en ellos de estructuras habitables.

Esto se hace particularmente patente en el pequeño archipiélago de Scarborough, frente a las costas filipinas, históricamente utilizado como caladero de los pescadores filipinos y que fue ocupado por China en 2012. El anterior presidente Aquino llevó esta situación al Tribunal Internacional de La Haya y recientemente éste dio la razón a Filipinas.

Desde la subida al poder de Duterte, un populista con tintes nacionalistas, los desencuentros con Washington no se han limitado a los exabruptos que apelan al resentimiento por el pasado colonial americano. Las críticas de medios estadounidenses y de ONG norteamericanas por sus ejecuciones fuera de la ley en la lucha contra las drogas, con más de 3.000 muertos desde junio, fueron la excusa perfecta para acusar de injerencia a Washington en su política interna y para evidenciar el distanciamiento con Estados Unidos insultando groseramente al Presidente Obama.

Ha sido China quien en este contexto ha aprovechado la situación para mostrar su fortaleza anunciando unas inversiones de más de 12.000 millones de euros en Filipinas  y la consideración de Manila como un aliado preferente. Se trata de una doble victoria estratégica para Pekín: Primero porque es capaz de atraer a un tradicional aliado de Washington en la zona y mostrar que su concepto de geopolítica en Asia es el mismo de siglos atrás, el de una sola potencia hegemónica que es China. En segundo lugar porque, tras la resolución del Tribunal Internacional de La Haya, Pekín consigue encontrar una deslegitimación del veredicto cuando el primer beneficiado, Filipinas, acepta convertirse en, tal y como dijo Duterte, “dependiente de China para siempre” aceptando tácitamente la ocupación de los islotes.

Tras la ridícula actuación de Duterte, que ni siquiera ha hecho valer el veredicto del Tribunal Internacional para negociar acuerdos de pesca, se esconde la estrategia de enfrentar a Estados Unidos frente a China pensando que Filipinas será quien tenga más posibilidades de ganar de esa rivalidad y asumiendo una incierta equidistancia. Prueba de ello es que tras el asombro mundial por sus polémicas declaraciones, Duterte intentó matizarlas acotándolas a ámbitos concretos contradiciéndose en público para, después, reafirmarse de nuevo en su cambio de criterio con respecto a la relación con Washington.

Con independencia de la torpeza de Duterte, quien parece pretender ocupar la plaza vacante de Hugo Chávez como líder en zafiedad en la escena internacional, Filipinas, con su cambio de rumbo, deja entrever lo que puede ser el futuro escenario en el Sudeste Asiático y en el Pacífico Sur con unos países que no pueden rivalizar con China individualmente y que sin el contrapeso estadounidense, poco a poco, caen en la órbita de influencia de Pekín.

El giro de Filipinas es un éxito para Pekín, que a través de la fuerza acerca a su ámbito de influencia a un potencial rival y, desde luego, un mal precedente para países como Vietnam, Malasia o Taiwán.