Nacionalismos fallidos

21/09/2017

Josep Carles Laínez

Sin entrar a valorar más allá de la anécdota, el primero de los pueblos españoles que sacó a relucir sus fervores no ya nacionalistas, sino claramente independentistas, sin rendir vasallaje alguno ni a España ni a Francia, no fue Cataluña, ni Galicia, ni siquiera el País Vasco, y mucho menos Valencia o Aragón, sino las islas Canarias. No le hicieron falta ni los ardores neocomunistas del siglo XXI, ni la Transición y las dictaduras del siglo XX, pues cuando nuestra Generación del 98 estaba en puertas, el periodista y político tinerfeño Secundino Delgado (1867-1912), lleno de fervor oceánico, y espoleado por la lucha cubana, ya reclamaba, sin subterfugios, la independencia del archipiélago español.

Cierto es que podríamos rastrear precedentes soberanistas en cualquiera de los territorios mencionados: desde las ensoñaciones románticas del valentino Vicent Boix (1813-1880), hasta explícitos regionalismos e incipientes nacionalismos. Sin embargo, en ese momento originario dentro de la Edad Contemporánea, hay una diferencia básica entre unos y el otro: las reclamaciones peninsulares van unidas a una recuperación de la lengua secular de esos territorios; las insulares, como no podía ser de otro modo, no. Ello no significa que Delgado no titulara uno de sus periódicos Vacaguaré (el mismo nombre recibió la publicación en volumen de algunos de sus escritos), y que, muchas décadas después, el independentismo canario considere el extinto guanche como una lengua amazigh y realice cierta reclamación de la misma. Igualmente podría apuntarse de Blas Infante (1885-1936), filoislámico y conocedor del árabe, quien oponía el territorio del norte de la península (España), al del sur (Andalucía), en una continuidad que buscaba su sustento en el idealizado al-Ándalus; como en Canarias, algunos grupos independentistas andaluces, han reclamado en algún momento como lengua propia el andalusí, y, actualmente, el andaluz, pero esto es otro cantar. Ni en Canarias, por desgracia, se habla ya guanche como lengua autóctona; ni en Andalucía, por suerte, se habla ya árabe en tanto lengua del dominador. Por consiguiente, mal podía apoyarse el independentismo canario en reivindicación lingüística alguna, ni tampoco en glorias pasadas, razón por la cual su nacionalismo era, sin ironías, de una pureza inmaculada. ¿El catalán, el valenciano, el gallego o el vasco no?

Si leemos uno de los poemas fundacionales de la Renaixença, movimiento literario de recuperación de la lengua catalana, la “Oda a la Pàtria” (1832) de Bonaventura-Carles Aribau (1798-1862), su cuarta estrofa nos deja estos versos: “Me place aún hablar la lengua de aquellos sabios, / que llenaron el universo de sus costumbres y leyes, / la lengua de aquellos fuertes que acataron los reyes, / defendieron sus derechos, vengaron sus agravios” (todas las traducciones del artículo son mías). La lengua es el catalán, que fue, junto al aragonés, una de las dos oficiales de la Corona de Aragón; los sabios y los fuertes, aquellos antepasados que hicieron ondear las cuatro barras aragonesas por todo el Mediterráneo, hasta Atenas y Neopatria. Los acentos, eso sí, serían mucho más variados de los que el vate barcelonés pensaba. Sin embargo, el punto esencial es que la preeminencia de la Corona de Aragón, y de su gran capital cultural y económica, la ciudad de Valencia, se reducía a lo catalán para Aribau, y, dentro de lo catalán, a la lengua.

Tal preeminencia es rastreable no solo en nacionalistas catalanes y valencianos, sino aseverada por estudiosos foráneos. Así, el politólogo canadiense Kenneth McRoberts (1942) escribía: “Para los nacionalistas catalanes, la lengua siempre ha sido la forma de la especificidad nacional más importante”[1]. Tal realidad seguía siendo clamorosa a finales del siglo XX: según una encuesta del CIS del año 1996, para el 45,5% de los catalanes la lengua era el factor más importante en el hecho de que Cataluña fuese una nación, a más de 15 puntos de distancia del segundo, la historia[2]. La política lingüística llevada a cabo por los diferentes gobiernos de la Generalitat catalana, y la clara prioridad de flujos de inmigración procedentes de países de lengua no española en Cataluña, no hacen sino corroborar que tal sentimiento sigue siendo prioritario: sin catalán exclusivo, Cataluña sería menos Cataluña; sin catalán, Cataluña dejaría de ser Cataluña.

Ahora bien, ¿por qué hablamos de “nacionalismo fallido”? En primer lugar, por basarse casi exclusivamente en la lengua, en una lengua, además, que se habla en cuatro Estados (Andorra, España, Francia e Italia), en uno de los cuales es meramente testimonial y en vías de extinción (el alguerés en la isla de Cerdeña). Con respecto a los otros, el Principado de Andorra es una entidad independiente desde tiempos medievales y bajo ningún concepto aceptaría perder su soberanía (es miembro de la ONU), y, en España, hay una enorme fisura en la sociedad valenciana entre lo que afirma parte de su intelligentsia y la mayoría del pueblo, que ni siente que hable catalán y en absoluto que forme parte de algo de lo que jamás en la historia ha formado parte.

En segundo lugar, por algo que ya se puede intuir en el párrafo anterior: el nacionalismo es irredentista: si bien en primera instancia solo Cataluña se independizaría, el nuevo Estado en su plenitud no estaría consumado hasta la unión del resto de “países catalanes” (Valencia, islas Baleares, Franja aragonesa y Rosellón francés; de L’Alguer y Andorra, no se atreven a hablar explícitamente).

En tercer y último lugar, y es el más interesante, por la situación lingüística de Cataluña: el catalán no podría ser, en una Cataluña independiente, la única lengua oficial del país, posición que compartiría con el español. Esto ha sido una idea recurrente en diversos ensayos publicados a lo largo de este siglo. Sin ser exhaustivo, desde la afirmación tajante de Hèctor López Bofill (1973) de “mantener en las fases originarias de la fundación del nuevo Estado de Cataluña la cooficialidad lingüística entre el catalán y el castellano”[3], aunque fuese con la segunda intención de desvincular el independentismo del esencialismo lingüístico a fin de ganar apoyo por parte de ciudadanos hispanohablantes; hasta la duda de si la independencia de Cataluña sería conditio sine qua non para la plena normalización de la lengua, como estudió Albert Branchadell (1964) en un excelente libro poniendo de ejemplo los casos de las islas Åland (de lengua sueca en Finlandia) y de Flandes (de lengua neerlandesa dentro de Bélgica): no obstante, los motivos para, en el supuesto de la independencia, mantener el español como lengua oficial serían, al margen de la defensa de una minoría, el posible éxodo de la población no catalanohablante, el irredentismo españolista y el boicot por parte de España[4].

Desde este punto de vista, y siempre que en la hipotética Cataluña independiente no se tendiese a realizar una política de genocidio cultural, el factor identitario más importante no conduciría a la realidad nacional soñada, sino a una suerte de “secuela” estatal, a segundas partes que nunca fueron buenas.



[1] McROBERTS, Kenneth, Catalunya. Una nació sense estat, Barcelona, Proa, 2002, p. 311. Traducción catalana de M. Lluïsa Parès i Alfred Schrem.

[2] Op. cit., p. 372.

[3] LÓPEZ BOFILL, Hèctor, La independència i la realitat. Bases per a la sobirania de Catalunya, Palma de Mallorca, Moll, 2004, p. 65.

[4] BRANCHADELL, Albert, La hipòtesi de la independència, Barcelona, Empúries, 2001.

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