Reseña de Antonio R. Rubio Plo Mayo del 68. Claves filosóficas de una revuelta posmoderna

23/05/2018

Antonio R. Rubio Plo es analista de Política Internacional y profesor de Política Comparada y de Política Exterior de España.

Mayo del 68. Claves filosóficas de una revuelta posmoderna, de José María Carabante. Ed. Rialp, Madrid, 2018, 96 pp., 12 €.


Hay una conocida anécdota de los inicios de la Revolución francesa. Tras la toma de la Bastilla, Luis XVI preguntó al duque de la Rochefoucauld-Liancourt si aquel suceso se trataba de una revuelta. El cortesano, más consciente que el monarca del simbolismo del hecho, le contestó sin dudar que era una revolución. Se me ocurre imaginar que, en un hipotético diálogo, el general De Gaulle hubiera preguntado a Raymond Aron si mayo del 68 marcaba el inicio de una revolución, el pensador liberal le habría dicho que se trataba tan solo de una revuelta. De hecho, Aron fue más allá y llegó a opinar que se trataba de “un psicodrama más que un drama real, de una comedia revolucionaria más que de una revolución”. En efecto, la herencia del 68 no será la revolución sino una perpetua actitud transgresora y rebelde frente al pasado. Es a la vez una revuelta cultural y una revuelta filosófica, como bien apunta el profesor Carabante, autor de un libro que explora las geografías de la revuelta, las influencias ideológicas de sus instigadores y relaciona acertadamente aquellos sucesos con la mentalidad posmoderna, legítima heredera del mayo francés. Las banderas rojas, los puños en alto, el canto de la Internacional, la exaltación de la revuelta cultural maoísta y la escenografía revolucionaria han quedado hoy desfasadas, pero las actitudes culturales como la autenticidad, el hedonismo, la centralidad del yo y el impulso libertario permanecen en el entramado social.

El libro comienza con una breve descripción de los sucesos de mayo en París, que de movimiento espontáneo desemboca, por simpatía, en una huelga general, y pilla por sorpresa al gobierno de Georges Pompidou, perplejo al no poder negociar con una revuelta “sin rostro”. El relato prosigue con las actividades del movimiento hippy en EE.UU., especialistas en dar efectismo a su mensaje, y de los movimientos estudiantiles contestatarios de Alemania, Italia, España, Japón y México. Su actitud contrasta con las revueltas en la Europa comunista, en particular la Primavera de Praga, donde los estudiantes aspiraban a un sistema de libertades, rechazado por sus compañeros occidentales.

Pero lo realmente interesante de esta obra son sus reflexiones sobre las corrientes filosóficas y las ideas que avivaron la contestación universitaria. En este sentido, Carabante resalta la influencia de los maestros de la sospecha, Marx, Freud y Nietzsche que desconfiaron del optimismo dogmático de la Ilustración y pretendieron descubrir las dolencias de la sociedad: la opresión económica, la represión de los instintos, el rencor que reniega de la vida. Este diagnóstico ha sido asumido plenamente por la posmodernidad. Al estallar la revuelta del 68, el marxismo ya había advertido, de la mano de Gramsci, que la lucha no podía ser económica sino que había de plantearse en el ámbito de la cultura, los valores y las formas de vida. También, y gracias a la Escuela de Frankfurt, se realzaron las ideas de Freud que dan el complemento psíquico del que adolecía el análisis social marxista, y se resalta a la vez de ellas su consideración de la cultura como un instrumento de represión de los instintos. Sin embargo, será Marcuse quién unirá la lucha de clases marxista con el psicoanálisis. Por último, Nietzsche dejó de ser un filósofo estigmatizado por las simpatías que despertó en el nazismo y se transforma en representante de un nihilismo vitalista.

Menos estudiado, pero no por ello menos interesante, es el uso de la estética como lenguaje político, puesto de manifiesto en La sociedad del espectáculo de Guy Debord, obra defensora de lo que vino en llamarse el situacionismo, con la consideración de que la revolución tenía que desarrollarse en el ámbito cultural. Este movimiento está presente en el ambiente del mayo parisino, con tonos de festividad lúdica y entretenimiento, paralelos al propósito de abolir toda jerarquía. El entrecruzamiento de arte, política y vida debía originar “situaciones” revolucionarias. Se entiende así aquel famoso eslogan de que “el aburrimiento es contrarrevolucionario”, pero también el escepticismo de Raymond Aron sobre la revuelta parisina.

La tercera parte del libro explora la relación entre mayo del 68 y la posmodernidad. Una de las peores consecuencias de mayo del 68 fue la “politización” de la filosofía que, en definitiva, suponía un alegato contra la cultura occidental y una negación del pasado filosófico. El resultado es, entre otros, la instauración de una filosofía de la sospecha, y la reducción de la cultura a un artificio, a un simulacro fraudulento. Por lo demás, cuando el escepticismo del 68 proclama el fin de la filosofía está proclamando la disolución de la idea de verdad. Se entiende así el relativismo imperante en la actualidad, con la conclusión subsiguiente de que no existen diferencias entre las culturas. Este indiferentismo cultural tiene también otra consecuencia, muy propia de la Europa posmoderna: el rechazo de la propia cultura y, por supuesto, de la propia historia.

La comparación que se hace en el libro entre Fausto y Narciso es muy acertada. En mi opinión, la mención de Fausto evoca la revolución, paso obligado a una divinización del poder que sustituyó a las religiones de la cultura occidental, y que se plasmó en los totalitarismos del siglo XX. Sin embargo, el modelo ahora imperante es el del pusilánime Narciso, una expresión del hiperindividualismo que rinde culto a una supuesta autenticidad. No es extraño que la revuelta del 68 desemboque en el hedonismo, alimentado por una sociedad en la que se hacen continuas invitaciones a la búsqueda de la felicidad. Ni que decir tiene que es una felicidad al servicio del narcisismo, del yo y sus emociones, y en la que los compromisos y obligaciones están supeditados a los afectos. El legado de mayo del 68 no es una revolución política. Es una revolución cultural sustentada por una ideología soft, subjetivista, indiferente y emotivista.

Un buen ensayo no es solo aquel que presenta diagnósticos sombríos sino el que ofrece además esperanzas. En este sentido, el autor alienta el aprovechamiento de la dimensión emotiva de nuestra sociedad, previsible reacción a los dogmas sociales de épocas no tan lejanas, y las invitaciones a la propia construcción. Es una oportunidad para liquidar la indiferencia e ir a la búsqueda de la belleza de lo real y su significado, de la trascendencia existencial de la cultura o el valor de la condición humana.

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