Análisis Fallido acuerdo de Gobierno en Italia: algunos no quieren entender lo que dice la Constitución

Pablo Martín de Santa Olalla Saludes es profesor de la Universidad Europea 

Cuando todos esperábamos que el jurista Giuseppe Conte, hombre elegido por el presidente Mattarella para formar el gobierno número 65 de la Historia de la I República italiana, nos hemos encontrado con la decisión del Presidente de la República de retirar a este profesor de Derecho el encargo de formar gobierno. La razón no ha sido otra que la obstinación de los socios de la coalición de gobierno (Movimiento Cinco Estrellas y Liga) de tratar de imponerle todos los nombres del nuevo gobierno, incluido el controvertido titular de Economía y Finanzas, que querían recayera en un declarado enemigo de la moneda única (Paolo Savona, ministro de Industria en el Gobierno Ciampi de 1992-93). Pero el auténtico trasfondo del fracaso de este intento de gobierno está en el desprecio permanente a la figura del Jefe del Estado y, lo que es más grave, a la Constitución o Ley Fundamental del Estado italiana.

En efecto, la Constitución, aprobada a finales de diciembre de 1947 por las dos cámaras legislativas, establece claramente en su artículo 92 lo siguiente: “El Presidente de la República nombrará al Presidente del Consejo de Ministros y, a propuesta de él, a los ministros”. En ese sentido, cuando el texto constitucional dice “a propuesta de él”, deja un claro margen para la negociación entre el Jefe del Estado y la persona que debe convertirse en Jefe del Gobierno. En otras palabras, tiene que haber un acuerdo entre ambas partes, y es entonces cuando, llegado ese acuerdo, el Presidente de la República procede a designar a los nuevos ministros que, a continuación, son comunicados de manera oficial por el Primer Ministro, también llamado Presidente del Consejo de Ministros o premier a secas.

La realidad es que, desde que a mediados de este mes el primer partido (Movimiento Cinco Estrellas) y el tercer partido (Liga) más votados alcanzaron un acuerdo de gobierno, los líderes de ambas formaciones (Luigi Di Maio por los primeros y Matteo Salvini por los segundos) han actuado como si el Jefe del Estado no fuera más que una figura meramente decorativa, olvidando que, a diferencia de otros sistemas políticos, el Presidente de la República en Italia es elegido cada siete años por cerca de mil electores (la mayoría perteneciente a las dos cámaras legislativas) y que precisamente esta elección indirecta le confiere un papel protagonista en la elección del Primer Ministro; igualmente, en la conformación del nuevo gobierno; y, si se considera necesario, en el momento de poner fin a la legislatura. Lo dice con claridad el artículo 87 de la Constitución italiana: “El Presidente de la República señalará las elecciones de las nuevas cámaras y la primera reunión de las mismas”.

Frente a esta legalidad constitucional, Di Maio y Salvini han actuado como si Mattarella no tuviera nada que decir en algo tan importante como es la puesta en marcha de una legislatura, así como en la conformación de un nuevo gobierno. Primero llegaron a un acuerdo que comprometía seriamente el futuro de Italia, cuestionando todos los tratados europeos que la propia Italia, país que ostenta la categoría de Estado “fundador” de la actual Unión Europea, había firmado en su momento; igualmente, decidieron la creación de un “comité de conciliación” que se encargara de resolver cualquier posible conflicto que pudiera surgir entre los dos socios de coalición, a pesar de que la Constitución italiana no reconoce la existencia de este organismo; y pusieron en marcha un programa de deportación masiva de inmigrantes irregulares (muchos de ellos en realidad refugiados que huyen de países en guerra como Siria o de lugares donde el Estado virtualmente ha desaparecido, como Libia) que ponía en un serio compromiso a las autoridades italianas ante sus socios europeos y también ante los tribunales internacionales. Además, otra vez sin consultarlo con Mattarella, decidieron a continuación someter su acuerdo a las bases de sus respectivos partidos (con sistemas de muy cuestionable sentido democrático, como el que caracteriza al Movimiento Cinco Estrellas, el partido de los “pucherazos” por excelencia, que ya en su momento convirtió a Di Maio en candidato cuando había otras alternativas, como la de Alessandro Di Battista, que quedaron marginadas del proceso electivo).

No contentos con ello, Di Maio y Salvini decidieron elegir, también por su cuenta y riesgo, como Primer Ministro a un profesor de la Universidad de Florencia (el citado Giuseppe Conte) que no tardó en probarse que había engordado sobremanera su curriculum vitae como profesor universitario. Cuando Mattarella les preguntó si no tenían alguien alternativo que no pudiera generar la controversia que ya estaba creándose en torno a la figura del candidato, la respuesta de Di Maio y Salvini fue una nueva bofetada a la figura del Jefe del Estado: “O Conte o elecciones”, a sabiendas de que, para el Presidente de la República, una de sus funciones no escritas es intentar que la legislatura dure el máximo posible (los cinco años que establece la Constitución), aunque para ello deba recurrir a diferentes Gobiernos (solo entre 2013 y 2018 hubo tres ejecutivos distintos, los encabezados de manera consecutiva por Letta, Renzi y Gentiloni).

Pero este domingo la cuerda que tanto habían tensado Di Maio y Salvini ha sido rota sin contemplaciones por el presidente Mattarella: Conte perdía el encargo de formar gobierno y, a partir de ahí, lo que tuviera que hacerse (gobierno de “tregua”, nueva coalición o directamente fin de la nueva legislatura y convocatoria de nuevas elecciones). Y es que Mattarella, que sí respeta la Constitución no solo como jurista sino también como hombre de Estado con una impecable trayectoria a sus espaldas, no ha pasado por la imposición de un nuevo gobierno. Recordemos que Mattarella posee no solo un enorme caudal de prestigio, sino que encarna los males que sufre Italia como pocos (su hermano Piersanti, gobernador de la Región de Sicilia, fue asesinado por la mafia en 1980); que ya demostró en su momento que no se plegaba a cualquier decisión política (dimitió junto con otros ministros por la Ley Mammi, que era contraria a las leyes de la competencia y del mercado); y que conoce como pocos lo que es un Estado de Derecho y la alta política. Y por ello no estaba dispuesto a ceder al chantaje de un profesor de curriculum cuando menos cuestionable (Conte); de un político conocido por su bajísima formación intelectual (Di Maio, hombre sin carrera universitaria en un país plagado de universidades públicas); y de un líder de escaso peso político (Salvini) que siempre ha estado a la sombra de los auténticos “pesos pesados” de la Liga (Bossi, Maroni o Calderoli).

Porque Mattarella bastante estaba permitiendo con un acuerdo de gobierno muy mal recibido por los mercados (la prima de riesgo estaba el viernes pasado ya en 215 puntos básicos, a solo 35 de sufrir una rebaja en la nota crediticia de las agencias de calificación); que comprometía muy seriamente la posición de una Italia que es la tercera economía de la eurozona (recordemos que italianos son el presidente del Parlamento europeo, Antonio Tajani, la encargada de dirigir la política exterior, Federica Moguerini, y el presidente del BCE, Mario Draghi; y que estaba plagado, como muy bien dijo el ex primer ministro Matteo Renzi, de “promesas irrealizables”.

¿Qué puede suceder a partir de ahora? Seguramente se irá a unas nuevas elecciones ya en el otoño. Elecciones en las que puede repetirse una situación parecida a la del pasado 4 de marzo, pero donde los dos principales derrotados (la Forza Italia de Berlusconi y el Partido Democrático del ya dimitido Renzi) tienen muy poco que perder: difícilmente pueden bajar del pírrico 33% de los votos que sumaron entre ambos en la última convocatoria electoral. En cambio, puede que, a pesar de que las encuestas están en este momento dando una importante subida en intención de voto a la Liga, se produzca un importante trasvase de votantes de Salvini hacia Berlusconi, a sabiendas de que Salvini constituye un auténtico peligro para la marcha nacional (visto el acuerdo de gobierno que firmó con el Movimiento Cinco Estrellas) y, sobre todo, para el empresariado del norte del país.

Pero la lección fundamental que queda de todo esto es que en un auténtico Estado de Derecho, e Italia lo es desde prácticamente el final de la Segunda Guerra Mundial, la Constitución es la norma suprema que nadie puede ni debe saltarse. Y eso es precisamente lo que Mattarella ha recordado a todos los italianos. Una vez más, el Presidente de la República vuelve a ser en el país transalpino el referente fundamental ante una clase política que en no pocos casos produce auténtico sonrojo, como han acreditado, en esta ocasión, Di Maio y Salvini.

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