Nota editorial 'Cuadernos de Pensamiento Político 59'

16/07/2018

"En el momento de redactarse esta nota, el Partido Popular tiene aún por decidir quién será su nuevo presidente o presidenta. La exvicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, y el exvicesecretario general y portavoz del partido, Pablo Casado, han concentrado las preferencias de los afiliados inscritos para la votación que tuvo lugar el día 5 de julio. Ahora toca a los compromisarios la elección, una vez eliminados los demás candidatos.

No tendría mucho sentido jugar a la profecía. La diferencia entre Sáenz de Santamaría y Casado es suficientemente estrecha como para no tenerse por concluyente y, además, hay casi un 30% de votos emitidos el día 5 (25% obtenidos por la secretaria general, María Dolores de Cospedal) que traducidos en compromisarios se convierten en una instancia probablemente decisiva.

Sin embargo, sí es posible hacer algunas observaciones de estas semanas vividas en el PP después de que la moción de censura hiciera salir de la Presidencia del Gobierno a Mariano Rajoy.

La primera de estas observaciones es que el proceso desencadenado desde el 1 de junio constituye la mejor oportunidad que el PP ha tenido en mucho tiempo para recuperar el interés de su base social, ofrecer a sus afiliados, simpatizantes, votantes y exvotantes, muestras que parecían olvidadas de actividad y debate, de preocupación por el futuro de una gran organización política y de una mirada menos complaciente y más exigente de un pasado inmediato en el que el partido se ha dejado más de tres millones de votos.

La segunda observación que puede hacerse es la que constata que en muy poco tiempo los términos del debate sobre el futuro del Partido Popular han cambiado mucho y para bien. Hace unas pocas semanas, las apelaciones de José María Aznar a la reconstrucción del espacio de centroderecha fueron contestadas con la arrogancia habitual de los que atribuían al expresidente del PP “estar fuera de la realidad” o aquellos otros que replicaban diciendo que a Aznar “hace mucho tiempo que no se le en- tiende en el PP”. Hoy pocos dudan de que esa placidez con la que se quería describir el estado del partido solo existía en sus habituales despliegues de voluntarismo y que eran ellos, y no tanto el objeto habitual de sus reproches, los que estaban desconectados de una realidad que han insistido en ignorar a pesar de los continuos avisos del electorado.

En tercer lugar, el futuro del PP conlleva una llamada ineludible a hacer del centroderecha moderado, reformista, liberal y nacional ese espacio político y electoral sobre el que debe asentarse la estabilidad del sistema constitucional, el fortalecimiento de la sociedad civil y las claves del éxito económico. El Partido Popular no debería percibirse a sí mismo como el partido que salta al terreno de juego, una y otra vez, para arreglar los destrozos económicos que la gestión de la izquierda provoca en nuestro país. El PP debe ser el partido de la economía tanto como el de la política, y su acción de gobierno tiene que ofrecerse no solo para cambiar el rumbo de la economía cuando el país amenaza ruina, sino para poner remedio eficaz al debilitamiento al que se somete al sistema constitucional y a la nación de ciudadanos libres e iguales por la alianza de la izquierda, los populistas radicales y los nacionalistas, como fue el caso de las dos legislaturas de Rodríguez Zapatero y lo es ahora con el gobierno sincopado de Pedro Sánchez.

Si se hace lo mismo, no pueden esperarse resultados distintos. Esta evidencia se ha metabolizado en la mayoría de una organización política cuyo liderazgo tiene que estar a la altura del esfuerzo de una militancia ejemplar, a la altura de la aportación a España de su trayectoria, y de la fidelidad de sus votantes, también de aquellos a los que este partido, si se renueva, podrá llamar para que vuelvan”.

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