Reseña del libro de Daniel Gascón El golpe posmoderno

Alfredo Crespo Alcázar es profesor de la Universidad Internacional de Valencia y de la Universidad Antonio de Nebrija (Madrid).

El golpe posmoderno. 15 lecciones para el futuro de la democracia
, de 
Daniel Gascón
Debate, Barcelona, 2018, 208 páginas. 


Daniel Gascón nos ofrece un ensayo muy sugerente, políticamente incorrecto en muchas ocasiones, cuyo objeto de estudio es el “procés”. El autor aborda un tema de evidente complejidad sin caer en la equidistancia, susceptible de resumirse esta en la falsa dialéctica “separadores versus separatistas”. De hecho, no duda en criticar la forma en que el gobierno de Rajoy respondió a la acometida rupturista, condenando sin paliativos el lugar marginal que concedió a la batalla de las ideas.

Con todo ello, ¿a qué se refiere con golpe posmoderno?, ¿qué características lo definen? Como respuesta a la primera pregunta, para Gascón se trató de una aventura ilegal realizada por el gobierno catalán: “por mucho que hablara de principios democráticos, lo que hacía el secesionismo se parecía más a instaurar una dictadura soberana siguiendo la doctrina de Carl Schmitt” (p. 37).

En cuanto a la segunda cuestión, Gascón señala que “hemos visto la rebelión, revestida de todas las convenciones y la retórica de la lucha por la dignidad de los pueblos oprimidos, de una minoría rica contra una democracia liberal. El desafío es abierto, claro, pero en apariencia pacífico. Se quebraron las leyes, se denunció a los críticos en las redes sociales y se atacaron las sedes de partidos contrarios a la independencia” (p. 11). El “procés”, por tanto, recurrió a la violencia simbólica y verbal; además, sus adalides intentaron en todo momento que el Estado practicara la violencia física, entendiendo que el empleo de la misma facilitaría la legitimación de las aspiraciones rupturistas patrocinadas por el gobierno de Cataluña.

Como réplica, el autor recuerda que durante el 1-0 los Mossos de Escuadra no cumplieron con su cometido constitucional, de ahí la intervención de la Policía Nacional y de la Guardia Civil, instrumentalizada por el independentismo de dos maneras complementarias. Por un lado, incrementando la cifra real de heridos, es decir, mintiendo. Por otro lado, mostrando notables dosis del binomio victimismo-oportunismo: “por lo visto, la interpretación correcta es que debemos felicitarnos porque no intensificasen un conflicto que no se habría producido si no lo hubieran iniciado ellos mismos. Además, hay que agradecerles que no realizaran una acción violenta. Había dos explicaciones para esa renuncia. Una era estratégica: la legitimidad que proporcionaba. La otra se ha revelado más táctica: al final no ha habido violencia real porque carecían de la fuerza necesaria, porque perdían” (p. 171).

El “procés”, finalmente, estuvo en todo momento liderado por las élites políticas catalanas, no por la sociedad civil, advierte el autor. En efecto, se trató de un movimiento de arriba abajo, en el que se dieron cita numerosos rasgos populistas, apreciables en la construcción de un enemigo (España), al que primero el separatismo estigmatizó peyorativamente y después sirvió como coartada para justificar las múltiples frustraciones acumuladas por los “procesistas” (por ejemplo, la huida de empresas de Cataluña).

En íntima relación con la idea anterior, para Gascón el “procés” se ha saldado con un rotundo fracaso para quienes lo perpetraron. En efecto, existen sobradas razones para calificarlo así, las cuales van desde la no consecución de la independencia hasta la ausencia de una mediación internacional, sin olvidar que en la actualidad el separatismo no constituye la opción mayoritaria entre los catalanes.

Además, a efectos de legitimidad, conviene no olvidar que la Unión Europea defendió a España: “la Unión Europea se basa en la cesión de soberanía de los Estados, pero es un club de Estados. El desmantelamiento de uno de ellos alentaría a otros movimientos secesionistas. A medio plazo, podría significar el fin de Europa” (p. 177). Por tanto, en congruencia con este planteamiento teórico, ningún Estado miembro de la UE reconoció a la república catalana proclamada en octubre de 2017. 

Rechazo de la euforia
El anterior análisis no provoca que el autor se adentre en el terreno del optimismo cuando reflexiona sobre lo que puede acontecer en el corto y medio plazo. Por el contrario, Gascón extrae lecciones más apegadas a la realidad, como el deterioro de la convivencia y de las instituciones autonómicas y estatales, sentenciando que el “procés” ha supuesto un episodio negativo para Cataluña y también para España, cuya democracia ha sido negada por los “procesistas”, difundiendo sin rubor que en nuestro país se persiguen las ideas políticas.

Sin embargo, tal mantra fue comprado por determinados sectores de la prensa internacional, reflejando así un profundo desconocimiento de la historia de España. A la hora de profundizar en este asunto, el autor no se cobija en afirmaciones generales o cercanas al mundo de los tópicos. Por el contrario, se muestra valiente, elaborando un listado muy completo con nombres y apellidos (Owen Jones, John Carlin, Paul Mason, Max Weller, John Lee Anderson, New Statesman, The Spectator, determinados editoriales del New York Times…) y denunciando que particularmente entre algunos representantes de la prensa anglosajona prevaleció una interpretación condescendiente de España, es decir, “una España agreste, poblada por gente simpática y orgullosa, de un encanto primitivo, pero que a la mínima oportunidad volvía a las andadas románticas y autoritarias” (p. 161).

El autor prosigue su incorrección política cuando se centra en quienes entendieron el “procés” y su relato como un fenómeno “progresista”, refiriéndose de manera específica a la actitud de amplios sectores de la izquierda (p. 45). De hecho, Gascón puntualiza que durante el mes de octubre de 2017, fueron habituales las llamadas al “diálogo” con los golpistas por parte de formaciones como el PSC o Podemos, combinadas aquellas con imputaciones de culpa que recayeron exclusivamente en el Gobierno de la Nación: “no deja de ser llamativa la paradoja de quienes recomiendan siempre el diálogo, el acuerdo, y están dispuestos a negociar (aunque no les guste esa palabra) con cualquiera, por extremista o violento que sea, pero no soportan la idea de que les hagan una foto cerca de alguien que pueda ser asociado con la derecha española” (p. 46).

No finalizan ahí los reproches (justificados) a la izquierda, ya que en plena vigencia del pujolismo aquella se sintió incómoda con quienes como Francesc de Carreras, Arcadi Espada, Albert Boadella o Félix Ovejero vaticinaron las intenciones y fines del nacionalismo catalán. Al respecto, de nuevo el autor se muestra implacable: “debemos creer, como tanta gente decente, progresista y de orden, que es aceptable que se persiga penalmente a un pequeño delincuente, pero no a quien desvía fondos públicos para crear un nuevo país, quien utiliza las infraestructuras del Estado contra el propio Estado o quien trabaja para destruir el orden constitucional mientras se burla de las advertencias de los tribunales” (pp. 172-173).

En conclusión
En definitiva, una obra cuya lectura resulta obligada para conocer no solo la verdadera catadura de quienes pusieron en marcha el “procés”, sino también la de todos aquellos que actuaron como voceros de sus expectativas, bien engordándolas, bien justificándolas. Gascón asume que llevará mucho tiempo que las heridas cicatricen, por lo que no incurre en el mesianismo de proponer una solución mágica. Sin embargo, ofrece algunos modelos de referencia, siendo el principal de ellos la recuperación del espíritu de la Transición, lo que deja abierta la puerta a que en un futuro, cuando las circunstancias lo permitan y no peligre la unidad de la Nación, pudiera producirse una reforma constitucional producto del consenso, votada posteriormente por todos los españoles.

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