Análisis ¿Qué está ocurriendo contra los judíos en Francia?

Jacobo Israel Garzón es expresidente de la Federación de Comunidades Judías de España


Hacia 1880, hace ya casi 140 años, se desarrolló fuertemente el antisemitismo en Francia y en otros países de Occidente. Las causas que lo motivaron tenían que ver, por una parte, con el antisemitismo clásico de corte cristiano –mantenido por los partidarios del absolutismo y del integrismo, anclado en el inconsciente de buena parte de la sociedad europea– y por un nuevo componente, el llamado antisemitismo “social”, que, teóricamente, nada tenía que ver con la religión, sino con el papel económico de los judíos, que, a juicio de los grupos del socialismo radical, desde Carlos Marx en adelante, constituían el soporte del capitalismo salvaje. 

Pero el antisemitismo social nunca se dirigió contra las élites judías sino contra toda la población judía, por humilde que fuera, haciendo que de verdad el término “social” fuera equivalente al antisemitismo clásico. De hecho, los desórdenes que se hicieron continuos desde el inicio del proceso Dreyfus (capitán francés de origen judío al que se acusó de espiar para Alemania) tuvieron como meta los pequeños comercios de los judíos, y puede recogerse en la prensa de la época los tumultos en la Argelia francesa, donde no existía ninguna minoría plutocrática judía, sino una comunidad bastante humilde y miserable entre la que apenas sobresalían algunos comerciantes minoristas.

La posición pro-Dreyfus solo estuvo sostenida por los grupos más liberales de la política francesa y europea, y fue tan solo cuando el escritor Émile Zola escribió su célebre J’Accuse, haciendo ver la superchería del proceso, cuando los grupos socialistas y anarquistas radicales abandonaron el antisemitismo. Los españoles tenemos un ejemplo de tal cambio de la opinión radical en los escritos del valenciano Vicente Blasco Ibáñez, que viró desde sus posiciones extremas mantenidas en alguna prensa radical como El Motín, hasta sus novelas cercanas al tema judío, escritas en 1909, Los muertos mandan y Luna Benamor.

El antisemitismo creció tras la primera Guerra Mundial, en Alemania y en gran parte de Europa, ya que sus excesos durante la siguiente Guerra fueron bien conocidos, y el Holocausto judío, con la trágica desaparición por hambrunas y muertes violentas de la mayoría de la población judía europea, hombres, mujeres y niños, trasladada a campos específicos de concentración y muerte, nos ha dejado la huella más palpable del delirio antisemita.

Después de la Segunda Guerra Mundial, la sociedad europea llegó, tras el aldabonazo moral del abismo alcanzado con el Holocausto, a un consenso mayoritario político y social, basando el equilibrio en dos grandes partidos alternativos, democracia cristiana y social-democracia, así como en la concepción de una Europa unida y colaborativa, basada en los valores judeo-cristianos de su moral social. Tuvo lugar, además, un hecho importante para un pueblo que había sido el tradicional mártir preferido de la Historia, que fue el nacimiento de Israel.

El antisemitismo pasaba por un periodo de enfriamiento, pero la guerra de 1967 entre Israel y los países árabes generó una posición rotundamente anti-israelí de la Unión Soviética y de sus aliados, generada exclusivamente por sus intereses geopolíticos y sostenida por su entrenada máquina de propaganda. Este anti-sionismo, el nuevo antisemitismo, pasó con éxito de la izquierda comunista a los países árabes, donde subsistía el antisemitismo clásico de corte islámico basado en la supremacía del Islam.

La caída del Muro minó la socialdemocracia europea, que se fue fragmentando en grupos diferentes, muchos de ellos radicales, a los que se fue contagiando el anti-sionismo. Y la llegada de las masas árabes e islámicas a Europa sirvió para alimentar el anti-sionismo en el continente. Izquierda radical e Islam son las dos bases de ese nuevo antisemitismo que tiene como nombre propio el anti-sionismo.

Ha llegado el momento de clarificar un concepto: el anti-sionismo no existe (lo que por otra parte no tendría sentido, al ir contra un Estado, y no contra la política de un Gobierno). Lo que existe, hoy como ayer, es el antisemitismo en su faz más cruel, porque de nuevo, los ataques anti-sionistas se dirigen contra toda la población judía: sinagogas, tiendas cacher, escuelas judías, cementerios profanados o ataques personales a pensadores como Finkielkraut. En el último año el número de actos contra la población judía se incrementó en el vecino país en un 74 por ciento.

Y no basta con atacar verbalmente el antisemitismo en manifestaciones y declaraciones políticas. Hay que ir a las escuelas europeas, incluidas las coránicas, y enseñar a los niños a lo que lleva promover ese odio contra un grupo civil y pacífico de ciudadanos europeos, como son los judíos, llámese el odio anti-sionismo, BDS (Boicot, Desinversiones y Sanciones) u otra sigla cualquiera. Lo que hay es odio al judío, como muestran sus manifestaciones, sus ataques y los muertos violentos, diez de ellos en Francia en los últimos años.

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