Análisis FAES Brexit sin control

Los medios de comunicación han titulado su información sobre el último episodio de la discusión del brexit con una coincidencia casi unánime: “El Parlamento británico –decían– toma el control del brexit”. El titular, aunque justificado en la literalidad de las discusiones parlamentarias, tiene poco que ver con la realidad. La verdad es que el problema del brexit en el Reino Unido nadie lo controla. Es un proceso político que parece haber adquirido vida propia y se alimenta del profundo desacuerdo entre las fuerzas políticas, la división interna de estas, la ausencia de liderazgo institucional y la brecha territorial que ha abierto el abandono de la Unión Europea, visto de manera muy diferente en Escocia que en Inglaterra y rodeado de incertidumbres sobre sus efectos en la convivencia de las dos comunidades en Irlanda. 

El Parlamento británico puede hacerse la ilusión de que se ha hecho con el control del brexit, pero sólo si olvida que el buen fin del proceso depende de un “acuerdo de retirada” que Bruselas, con toda razón, se niega a reabrir. Todo lo que sea insistir en la renegociación del acuerdo en un sentido más favorable a las pretensiones, con frecuencia delirantes, de los eurófobos no es más que reincidir en el error y alimentar el espejismo de que la Unión terminará por ceder ante quien ha decidido irse. El Reino Unido fracasó en su estrategia inicial de intentar “bilateralizar” la negociación y dividir la posición europea. No lo ha conseguido y enfrente se ha encontrado con un interlocutor que ha actuado con un alto grado de cohesión. 

Tiene razón Theresa May cuando repite que lo que ella ha conseguido en la negociación de la retirada es el mejor acuerdo posible. En ese sentido, la ampliación del plazo para la salida británica acordado en el reciente Consejo Europea no deja de ser un paliativo del embrollo británico que no es probable que contribuya a acelerar una solución. Porque el problema no es Bruselas. El problema es –y lo ha sido siempre desde el referéndum– el Reino Unido, la quiebra política que el brexit ha significado, el deslizamiento de la opinión británica hacia un antieuropeísmo que sólo se ha podido sostener con un mensaje plagado de acusaciones infundadas contra Europa, datos más que discutibles y expectativas que chocan con la realidad.

La idea de un segundo referéndum revocatorio del anterior es por el momento un espejismo que no ha arraigado en las instituciones. Prácticamente nadie en Westminster se sustrae a la aceptación de lo que el electorado decidió hace casi tres años. “Brexit means brexit”. El abandono del Reino Unido es ya cosa juzgada. Los laboristas que han aceptado la posibilidad de una segunda consulta sólo la plantean como un refrendo del acuerdo para que el Reino Unido abandone la UE, no como una revisión de la decisión de abandonarla. La disolución anticipada del Parlamento depende de que el propio Parlamento la acepte por mayoría cualificada, lo que resulta altamente improbable. Lo mismo que una hipotética moción de censura, que incluso si prosperara no conllevaría nuevas elecciones sino la posibilidad de un gobierno conservador con otro primer ministro que lograra la confianza de la Cámara. Da la impresión de que el Parlamento, creyéndose ahora que controla el brexit, emprende un largo rodeo para terminar en el mismo sitio.

Un brexit ordenado sigue siendo la opción deseable pero, como sostiene la Comisión Europea, el riesgo de una salida sin acuerdo está creciendo. El brexit puede convertirse en un nuevo caso histórico de sonambulismo, un nuevo caso de los que avanzan hacia un desenlace dañino sin ser conscientes de lo que esconde ese final. Hay tiempo para evitarlo, pero sería necesaria una dosis de prudencia, de pragmatismo y de esfuerzo de consenso que, para sorpresa de todos los que contemplan este espectáculo, son valores que parecen escasear hoy en la política británica.

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