CORONAVIRUS La Peste Negra y sus secuelas en la historia y en la cultura

31/03/2020

Jon Juaristi es escritor catedrático de Filología española

La historia de las epidemias (historia en sentido estricto, documentada) se remonta a la Alta Antigüedad. Encontramos sus testimonios más remotos en los textos fundacionales de nuestra civilización, la Ilíada y la Biblia, pero las enfermedades infecciosas, en mayor o menor escala, debieron de acompañar a nuestra especie desde su origen mismo. La Peste Negra, a pesar de los siglos transcurridos desde entonces, sigue siendo reciente y pesa en nuestro imaginario, porque fue, con mucho, la más mortífera de las pandemias padecidas por la población europea, que, bajo su azote y en menos de una década (de 1346 a 1355, aproximadamente) se vio reducida a la mitad. Casi treinta millones de europeos murieron a causa de una plaga que no fue vírica, sino bacteriológica. Hoy no habría sido difícil erradicarla. Según todos los indicios, fue producida por un bacilo que llegó desde Asia central en las caravanas comerciales que recorrían la Ruta de la Seda y cuyas mercancías se embarcaban en los puertos del Mediterráneo oriental hacia la Europa de poniente. Su transmisor debió de ser la pulga u otro parásito análogo, transportado por las ratas en las bodegas de los navíos.

Síntomas característicos de la peste negra fueron, además de la fiebre y la sequedad de garganta, los bubones, inflamaciones negruzcas que surgían en ingles, axilas y cuello por la infección de los ganglios linfáticos. Estas bubas negras, que reventaban liberando un olor pestilente además de pestífero, dieron uno de sus apellidos a la enfermedad: peste bubónica. Su transmisión, dadas las condiciones higiénicas de la época, era muy rápida, así como su proceso, letal en una inmensa mayoría de casos, que culminaba apenas unas horas después de iniciarse. No había remedios eficaces, salvo la acelerada cremación de los cadáveres o su inhumación en fosas comunes donde eran cubiertos con cal viva.

La propagación de la peste en Europa coincidió con un prolongado período de guerra generalizada, la después llamada Guerra de los Cien Años (1337-1453) entre los más poderosos reinos de la región: Francia, Inglaterra y Castilla (en este último tomó la forma de una guerra civil –dinástica–entre el rey don Pedro y sus hermanastros Trastámara, los bastardos habidos de Alfonso XI en Leonor de Guzmán: como es sabido, Inglaterra apoyó a don Pedro y Francia a su hermanastro Enrique). Las consecuencias demográficas de la combinación de guerra y epidemia favorecieron una profunda crisis del feudalismo y el fortalecimiento de las ciudades y de las libertades urbanas. Pero también desataron una oleada de antijudaísmo mucho más extensa y violenta que las que se habían producido durante las primeras Cruzadas. Los rumores acerca de la participación de los judíos en la difusión criminal de la enfermedad, así como de infanticidios rituales supuestamente cometidos por aquellos y, en cualquier caso, la extendida creencia de que guerra y peste se abatían sobre la cristiandad a causa de la contumaz resistencia de los judíos a convertirse a la fe de Cristo, prepararon el gran arrebato de odio religioso que llevó al asalto del populacho a las aljamas ibéricas en 1391, año que marca el comienzo del fin de la brillante cultura de la Sefarad medieval, cuyas elites optaron, en un buen número, por el bautismo y la asimilación a la nobleza cristiana. Surgieron así los “linajes de mercaderes” de que hablan los cronistas de los siglos XIV y XV, que ocuparían en adelante el vacío dejado por grupos familiares de la anterior nobleza extinguidos a causa de las terribles catástrofes de la centuria.

En el terreno artístico y literario, la peste negra inspiró obras magníficas, pero no muy numerosas. La más canónica de ellas es el famoso mural del Camposanto de Pisa, conocido como el del Triunfo de la Muerte y realizado por Francesco Traini poco después de 1350, en la fase más aguda de la epidemia. Introdujo en el arte occidental la figura del cadáver (aunque, en su caso, del cadáver yacente, descarnado) y el motivo del encuentro de los caballeros (y las damas) con la muerte. Estos dos elementos, la figura del cadáver como personificación de la Muerte y el encuentro inesperado con la misma se harán, digamos, virales (con perdón) en el arte culto y popular de los siglos XV y, sobre todo, XVI. La Muerte se descarna cada vez más, y del cadáver momificado (ya animado, como los zombies) evolucionaría hacia el esqueleto de las Danzas de la Muerte que Holbein plasmó en sus grabados. Hay que distinguir, no obstante, entre los Triunfos y las Danzas. El más conocido de los Triunfos quinientistas es el de Bruegel el Viejo, que se puede ver en el Museo del Prado. Ambos, Triunfos y Danzas, se convirtieron pronto en géneros plásticos y literarios, cuando no en tópicos visuales de una enorme y paradójica longevidad. La Muerte nunca muere: recuérdese, por ejemplo, la danza de la muerte con la que concluye El Séptimo Sello (1957), la todavía hoy sobrecogedora película de Ingmar Bergman. El motivo del encuentro con la Muerte (o del encuentro con la Muerte como un bandido que sale al paso del viajero en una encrucijada) es abundantísimo en las xilografías y aguafuertes del siglo XV. Su representante más conocido es el grabado de Durero –El Caballero, la Muerte y el Diablo– que, según el poeta José Ángel Valente, estaría detrás del poema “Canción de jinete”, de Federico García Lorca.

El linaje propiamente literario de la peste negra comienza, como es sabido, con el Decamerone de Boccacio, concluido en 1353, la historia de los diez días de confinamiento narrativo de diez jóvenes florentinos en una villa de las afueras de su ciudad ante la llegada a esta de la peste, en 1348. La Danza General de la Muerte castellana es de comienzos del siglo XV. Por cierto, del género de las danzas de la muerte o Danza Macabra, procede este adjetivo castellano, macabro, que viene de la expresión latina Danza Maccabeorum (“Danza de los Macabeos”), aunque, según algunos, podría estar relacionado con el árabe maqbara (“cementerio”). Probablemente, el tema folklórico paneuropeo de “la muerte ocultada”, con representantes en el romancero hispánico (Don Bueso o Don Boiso), en la balada francesa (Le roi Renaud) o en el gwerz bretón de El Señor Nan y la korrigan, que trata del encuentro en el bosque de un caballero con la muerte, durante una cacería, nació en la época misma de la peste negra, cuya más impresionante glosa cinematográfica, a mi juicio, es A Walk with Love and Death (1969), de John Huston (titulada en español Paseo por el amor y la muerte).

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