CORONAVIRUS ¿Qué papel debe tener la OTAN en la lucha contra el Covid-19?

29/03/2020

El pasado 23 de marzo, las Fuerzas Armadas Españolas solicitaron ayuda oficialmente a la OTAN, en concreto al Centro de Coordinación de Respuesta a Desastres. El Ministerio de Defensa remitió una lista especificando las urgentes necesidades en material sanitario y de protección personal para el ejército español y la sociedad civil. La OTAN no dispone de stocks centralizados para distribuir inmediatamente entre los países aliados, por lo que procederá a urgirles a responder a los requerimientos españoles.

Una semana antes, el 14 de marzo, el presidente del Consejo Atlántico, Frederick Kempe, instaba al presidente norteamericano Trump a invocar nada menos que la cláusula de seguridad colectiva de la Alianza Atlántica, plasmada en el famoso artículo 5 del Tratado fundacional de Washington, que prevé una respuesta colectiva frente a un "ataque armado" contra uno de los aliados[1]. Más allá de las virtualidades de orden práctico de tal iniciativa, razonaba Kempe, su activación por parte de Trump supondría un elocuente símbolo y un poderoso gesto de liderazgo internacional norteamericano en un momento de cuestionamiento y debilidad del vínculo transatlantico.

Se antoja discutible la idoneidad e incluso la eficacia de combatir una epidemia global como la del Covid-19 invocando una cláusula de seguridad colectiva, prevista para responder mancomunadamente a un ataque armado de un tercero contra un aliado. 

Es cierto que la única vez en la historia de la OTAN que se activó el artículo 5 del Tratado de Washington, con ocasión del ataque terrorista contra las Torres Gemelas de Nueva York, el 11 de septiembre del 2001, fue menester realizar una interpretación flexible y extensiva del tenor y del espíritu de dicho artículo. Pero, a fin de cuentas, se trataba de un ataque terrorista de un tercero (aunque no fuera un Estado) contra un país aliado como los EE.UU. Lo que evidentemente no es el caso en la pandemia de coronavirus que asola muchos países, miembros o no de la Alianza.

En la OTAN, acaso se podrían invocar las consultas políticas, recogidas en el artículo 4 del Tratado de Washington, con vistas a intercambiar información, compartir experiencias y acordar estrategias conjuntas para combatir la insidiosa epidemia. Esto es, para articular una respuesta coordinada más eficaz y solidaria entre los aliados.

Si se pretende que Washington asuma finalmente la posición de liderazgo mundial que le correspondería, tal como hizo en la Gran Recesión de 2008 o la epidemia del ébola de 2014, entonces quizás sería más idóneo y oportuno que el presidente Donald Trump actuase como el catalizador de los esfuerzos de la comunidad internacional para hacer frente al Covid-19 a través del G-7, o aún mejor del G-20, y hombro con hombro con la Unión Europea. De no ser así, no resulta arriesgado aventurar que será China, pese a ser el origen del coronavirus, y su modelo político autoritario y centralizado quienes aparezcan a los ojos de la comunidad internacional como el referente eficaz y resolutivo en la gestión de esta crisis global, que cuando cese de ser sanitaria será económica, financiera, social y política. Y probablemente también civilizacional. Nada será como antes. No anticipamos todavía los contornos del nuevo orden internacional que se avecina, pero sin duda será diferente al actual.

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