Relación transatlántica La crisis australiana

05/10/2021

Florentino Portero es director de programas de Relaciones Internacionales de la UFV


La ruptura por parte australiana del acuerdo firmado con Francia para construir una flota de submarinos, de propulsión diésel y eléctrica, en beneficio de la oferta angloestadounidense de construir otra más pequeña, pero de propulsión nuclear, ha generado una brusca y agria respuesta de las autoridades francesas, con la consiguiente repercusión internacional.

La primera consideración es relativa a la naturaleza de la crisis ¿Estamos ante un problema limitado a los intereses industriales de los Estados involucrados o, por el contrario, nos encontramos ante un hito más en el proceso de descomposición del vínculo trasatlántico en el marco de la crisis del orden liberal?

El vínculo trasatlántico, el pilar de nuestra seguridad que ha permitido el progreso y bienestar que hemos disfrutado, lleva años sufriendo un proceso de deterioro. Recordemos algunos hitos de este proceso:

  • El debate sobre el reparto del gasto en defensa (burden sharing) durante las décadas finales de la Guerra Fría.
  • La denuncia del gap of capabilities en el seno de la Alianza debido a la falta de inversión por parte de algunos Estados miembros, lo que dificultaba, si no imposibilitaba, actuaciones conjuntas. Debate característico de las guerras de los Balcanes.
  • La declaración del entonces secretario de Defensa norteamericano, Donald Rumsfeld, de que en el futuro las alianzas serían ocasionales (Alliances of the willing), dejando de lado las institucionalizadas, como la propia OTAN.
  • El giro al Pacífico anunciado por Barack Obama, precedido por un discurso semejante de George W. Bush en campaña electoral. Era un claro aviso de que los teatros europeo y de Oriente Medio pasaban a un segundo plano.
  • La declaración del presidente Macron afirmando que la OTAN se encontraba en estado de “muerte cerebral”.
  • La retirada de Afganistán, sin coordinación con los aliados. Estados Unidos se limitó a comunicar las fechas en las que se llevaría a cabo la operación.

A estos hitos de carácter defensivo se suman otros en el ámbito comercial, como el abandono del Tratado de Libre Comercio –rechazo asumido por los entonces candidatos presidenciales Clinton y Trump y que daría paso a una mayor integración entre las economías de ambas orillas del Atlántico– o como la política arancelaria seguida por Trump.

La conclusión es sencilla: lo que unió la amenaza soviética y el riesgo a un renacimiento de ideologías radicales, consecuencia de la destrucción provocada por la II Guerra Mundial, lo ha ido desuniendo la ausencia de una amenaza directa tras la desaparición de la Unión Soviética y la no disposición de los europeos a gastar más dinero en defensa.

A este proceso de deterioro lógico y previsible, pues el instrumento diseñado para contener a la Unión Soviética no tiene por qué ser útil en un entorno estratégico distinto, se suma el hecho capital: los Estados miembros de la Alianza Atlántica no comparten una visión estratégica sobre cómo hacer frente a la amenaza china. Esto va mucho más allá de un debate sobre presupuestos o capacidades. Estamos haciendo referencia a un problema que afecta a la razón de ser de la propia Alianza.

Si no hay acuerdo sobre cómo afrontar una amenaza común, ¿tiene sentido mantener la Alianza? ¿No es acaso la estrategia común el fundamento de una alianza? Todos los Estados miembros concuerdan en que la OTAN es demasiado valiosa como para prescindir voluntariamente de ella. Con sus limitaciones, es mejor tenerla que no tenerla. Es sólo una “caja de herramientas” común, pero vale la pena conservarla. Al fin y al cabo, el artículo 5 del Tratado de Washington no obliga a nada, por lo que no se corren más riesgos militares estando dentro que fuera.

En la medida en que la Alianza se difumina en beneficio de la Organización la relación entre sus miembros evoluciona, perdiendo intimidad y confianza mutua. La legítima defensa de los intereses nacionales ya no tiene que pasar por la negociación con el aliado. La OTAN ha perdido, a lo largo de un lento y tenso proceso, su dimensión estratégica. De hecho, el diktat planteado por Biden de aprobar una nueva estrategia en la próxima cumbre atlántica a celebrar en Madrid pone precisamente en evidencia esta realidad. Parecería que Biden quisiera escenificar la imposibilidad de lograrlo más que forzar un significativo paso adelante en su reconstrucción.

Los temas fundamentales de la agenda atlántica –Rusia, China e Irán– sólo evidencian diferencias. Para Washington, Rusia es un problema fundamentalmente europeo, aunque los Estados del Viejo Continente no sean capaces de ponerse de acuerdo sobre cómo actuar. La estrategia de confrontación norteamericana con China choca con la posición europea de colaboración y diálogo. En cuanto a la crisis general de la región MENA, Washington trata de lograr equilibrios y marcar distancia, convencida de que no es una amenaza estratégica dada su independencia energética.

Siguiendo el principio establecido por Rumsfeld, Estados Unidos no busca contener a China mediante instituciones permanentes sino a través de una red de acuerdos bilaterales y directorios. El acuerdo Five Eyes, el espacio diplomático conocido como Quad (Quadrilateral Diplomatic Dialogue) o el más reciente AUKUS son su fundamento. En el fondo se trata de reunir a las potencias anglosajonas y a los Estados que se sienten más amenazados en el grado de colaboración en el que se sientan más cómodos. La OTAN como tal no tiene lugar.

Francia, como el Reino Unido, sabe que si quiere ser un actor global tiene que estar presente en el Pacífico. Su problema es que no tiene tamaño y que el teatro de operaciones está muy lejos. Ha buscado acuerdos y el logrado con Australia era muy importante para este fin. La diplomacia francesa era consciente del cambiante entorno de seguridad, así como de la gravedad de las presiones –gestos diplomáticos, ataques cibernéticos y sanciones comerciales– sufridos por Australia. Por ello, Francia propuso a Australia modificar el contrato para construir menos submarinos, pero de propulsión nuclear. Propuesta que no tuvo respuesta. De hecho, para entonces el acuerdo con Estados Unidos estaba ya cerrado o en vías de estarlo.

Tanto el qué como el cómo de lo ocurrido sólo tienen sentido en el marco de la crisis del orden liberal y, en concreto, del vínculo trasatlántico. En mi opinión las claves a tener en cuenta son:

  1. Estados Unidos diseña y ejecuta su política de contención a China desde un sólido acuerdo parlamentario y de espaldas a Europa. No sólo no se informa a los aliados, se les oculta la información.
  2. Los acuerdos sobre capacidades militares sofisticadas nunca son sólo acuerdos industriales. Se compra a aliados fiables, como refuerzo del vínculo y como garantía de mantenimiento. Los españoles tenemos la reciente experiencia de la fallida venta de nueve fragatas a Australia, que finalmente fabricará la británica BAE.
  3. El que Estados Unidos, Reino Unido y Australia hayan ocultado hasta el último momento a Francia y a la OTAN el acuerdo final sólo se explica desde la voluntad de ofender, de enviar un mensaje claro a los miembros de la OTAN de que ya no son percibidos como aliados a la hora de afrontar los grandes retos de seguridad tiempo. Se podía haber evitado la crisis explicando con tiempo la razón del cambio de planes. Francia se habría sentido dolida, pero no humillada públicamente. Una cosa es perder un gran contrato industrial, con obvia dimensión diplomática y militar, y otra muy distinta ser objeto de pública humillación: les han engañado, se han quedado sin contrato y se les ha indicado que tienen poco que hacer en la región.

Lo ocurrido puede tener dos efectos que quizás no están entre los objetivos de Washington. A China le puede interesar adelantar los planes para la toma de Taiwán, sea cual sea la forma elegida para lograrlo, antes de que el bloque Quad disponga de mayores capacidades. Por otra parte, una Europa frágil y necesitada de mercados puede caer más fácilmente en la órbita de China.

La gestión norteamericana de esta crisis parece dar por sentado que la amenaza china se circunscribe al área Pacífico-Índico y que su naturaleza es esencialmente militar. De ahí el lujo de ofender a franceses y europeos. En realidad, la amenaza china es global y, como resultado de una estrategia integral, no se circunscribe al ámbito militar. Si Estados Unidos quiere contener a China requiere también de una estrategia integral, así como de la colaboración de muchos otros Estados, en especial de aquellos que han creído en el orden liberal. Estados Unidos necesita a Europa para contener a China. No siempre coincidiremos en la estrategia, pero podremos desarrollar políticas conjuntas.

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