Intervención de María Dolores de Cospedal en la inauguración de la décima edición del Campus FAES

    _ “El BCE ha adoptado políticas monetarias no convencionales extraordinariamente expansivas que no pueden perpetuarse”

    _ “Europa se ha quedado sin margen de actuación para un posible nuevo deterioro del escenario macro”

    _ “Los problemas europeos son estructurales y la política monetaria por creativa que sea no podrá resolverlos”

    _ “Una política monetaria ultralaxa y una política regulatoria exigente han dado lugar a incoherencias y dudas sobre su eficacia”

    _ “Las políticas de regulación y supervisión financiera no han venido acompañadas de la necesaria transparencia y accountability”

    _ Afirma que el BCE sigue considerando profundizar en esa política extraordinaria cuando debería estar preparando la estrategia de salida

    _ Apuesta por “avanzar en la mutualización de la deuda bancaria y soberana, mayor disciplina fiscal y normalizar la Unión Monetaria”

    _ “Eso devolvería el protagonismo al Consejo y la Comisión y permitiría al BCE volver a su función: consolidar la unión monetaria y evitar la fragmentación financiera”

Muchas gracias presidente y muchas gracias a la Fundación FAES por invitarme un año más a participar en la apertura del Campus.

Gracias por el sólo hecho de mantener esta organización, que yo creo que es fundamental, para dar pervivencia a un espacio ideológico determinado y dotar de convicciones y de fundamento en la política española.

Por lo tanto, agradezco muchísimo la organización tanto del Campus FAES, como que ya estemos en la X edición.

Siempre, y hablaba de convicciones anteriormente, los filósofos se han ocupado de los problemas relacionados con el lenguaje. Y quiero detenerme brevemente en este aspecto para después hablar de la política, porque el lenguaje tiene una parte y un espacio fundamental. Siempre lo ha tenido en la política pero, desde luego, lo tiene hoy en día.

Desde Platón a Kant, todos los problemas relacionados con el simbolismo, todas las cuestiones relativas a la significación de las palabras a lo que es el lenguaje o a lo que pretende ser, ha sido un cuadro fundamental de la filosofía. Ha sido así porque la relación entre las palabras y el mundo al que van dirigidas esas palabras o cómo una persona se expresa en el mundo en el que vive, marca de una manera muy importante cómo lo perciben los demás.

Decía un gran filósofo, matemático austriaco del siglo XX Wittgenstein, una obra suya muy conocida Tractatus que establece una sentencia, que es casi tan conocida como su propio autor, que el límite de su lenguaje era el límite de su mente. El límite de mi lenguaje son los límites de mi mente. Eso es así, más que nunca en un mundo en el que vivimos y en un momento donde hay algunos que pretenden apoderarse de una parte del lenguaje, de determinadas palabras que encierran determinados simbolismos detrás de los cuales hay unas ciertas concepciones de la vida.

De esto quiero hablar esta mañana, dejando a los expertos y a los filósofos las reflexiones sobre lo que tiene que ser el lenguaje o la simbología el lenguaje.

Vivimos en una época donde muchas de las fricciones generadas por el lenguaje o las palabras pueden hacer, precisamente hoy, hacernos caer en peligros, o pueden ser obstáculos para ayudarnos a salir de esta crisis económica, social y de valores en la que nos encontramos.

Ya decían Montesquieu en El espíritu de las leyes que cuando avanzaba en cosas nuevas, o cuando se le ocurrían cosas nuevas tuvo que inventar nuevas palabras y nuevas acepciones a palabras que ya existían.

Precisamente eso es lo que hoy entiendo que tenemos que hacer, y una fundación como la Fundación FAES -que se dedica a analizar nuestra sociedad, lo que ocurre hoy en día y ofrecer alternativas y soluciones-, tiene que estar perfecta y completamente involucrada en la búsqueda de las nuevas acepciones de las palabras o buscar nuevas palabras a lo que hoy está sucediendo.

Algunas ideas, al igual que ocurre también con algunas palabras, envejecen y hay que encontrarles nuevas acepciones. Hoy la realidad no se puede expresar, o no toda, con los mismos símbolos y expresiones con la que se expresaba en el pasado. Seguramente tengamos que actualizarnos, y es misión de una fundación de análisis político y de los partidos políticos, realizar ese nuevo análisis y afrontar ese desafío de actualidad.

También hay que ser muy consciente, para saber el punto en el que nos encontramos, que el naufragio del marxismo ha hecho que en una parte muy importante de la izquierda se haya producido una gran frustración y vacío emocional. Se puede comprender, porque hay mucha gente que ha vivido una gran desilusión, sobre todo aquellos que abrazaron esta ideología con buena fe.

Pero ese tiempo ya pasó. Sean cuales sean las ideas políticas de una persona que hoy se considere de izquierdas, lo que está claro, desde mi punto de vista al menos, es que la izquierda española y europea no puede seguir enfrascada en disputas retóricas y en dudas existenciales que muchas veces lo que parecen reflejar es un deseo permanente alejado  de los círculos de toma de decisiones, o lo que es lo mismo, de la esfera de poder.

Sobre todo, lo que no puede hacer la izquierda, es apropiarse haciendo uso de disertaciones grandilocuentes o de exhortaciones huecas de palabras que no pertenecen a unos pocos, ni a un espacio ideológico, sino que son principios y creencias que nos pertenecen a todos. Que son principios y creencias que desde la Ilustración hasta nuestros días ya configuran un corpus político y también moral de todos los ciudadanos europeos.

No se puede confundir a la ciudadanía haciéndoles creer que determinados valores sólo se pueden defender desde determinados bastiones ideológicos. No se puede decir, por ejemplo, ni confundir o engañar a los ciudadanos diciéndoles que sólo se puede ser solidario si se incurre, por ejemplo, en déficits excesivos, o si la única política posible para defender la solidaridad es la política de gasto desenfrenado.

No se puede decir que la equidad es tratar igual a los que son desiguales. Y no se puede defender que la justicia social es más justicia o más social cuanto más grande sea el Estado o sus organizaciones.

Desde luego, no se puede maldecir al liberalismo y culparle de todas las crisis que han venido o queden por venir, nacionales o internaciones, porque no fueron los liberales quienes se apropiaron indebidamente de este vocablo colmándole con aquello del todo vale. Nada más lejos de la realidad.

Quienes hicieron creer que este espacio ideológico que el liberalismo carecía de dimensión social no han sido los liberales, son aquellos que creían cosas como las que les acabo de comentar. Que la cohesión social, la igualdad, la justicia social o la igualdad requieren de un Estado muy grande, de coartar la libertad individual y de poner freno a la iniciativa privada.

Nada más lejos de la realidad. El primer gran liberal e ideólogo de la monarquía constitucional y representativa John Locke, decía de una manera representativa y muy clara, y que estamos hablando de uno de los principios más asentados del pensamiento liberal, que nada justificaba la dominación económica de un hombre sobre otro hombre, porque ello podía terminar violando la libertad que tiene un hombre sobre su conciencia, que es su propiedad más indispensable.

Decía también este gran filósofo, que aquellos que hemos estudiado Derecho hemos tenido que estudiar y repasar muchas veces -creo que debería ser estudiado por algunos más-, que las desigualdades no tienen que ser fruto de la búsqueda del particular beneficio, sino que son fruto de la exigencia individual basada en el mérito, en la honradez y la capacidad.

Las diferencias que pudieran surgir por la dinámica capitalista, tenían que ser siempre matizadas por los principios de dignidad y de justicia social.  Por lo tanto, desde sus inicios, el liberalismo lo que ha hecho ha sido entender, desde todos los ámbitos, que el interés público y el particular han de ir siempre de la mano. Cuando la virtud deja de existir, como decía Mostesquieu, la ambición entra en aquellos corazones que son capaces de recibirla y la codicia se apodera de ellos y de todo lo malo que pueda entrar en ellos.

Entiendo que en tiempos como los que estamos viviendo es difícil hablar de filosofía y pensamiento. Es muy difícil hablar de otra cosa que no sea ese titular de los 20 segundos. Tenemos que volver la mirada y hacer introspección y saber de dónde venimos, qué es lo que queremos ser y qué queremos aportar a la sociedad desde una fundación de análisis o partido político.

Creo que hoy nos corresponde particularmente a los integrantes de los partidos políticos, pero entiendo particularmente a los del Partido Popular, que es el que sostiene al Gobierno de España en una de las épocas más complicadas que ha tenido frente a sí un gobierno de nuestro país recuperar la esencia de lo que históricamente ha sido la grandeza de la política y esos principios liberales que entienden que el interés público y particular tienen que caminar de la mano. 

Hoy sabemos, y lo sabemos muy bien, que la prosperidad solo va a llegar a los hogares españoles si junto con el esfuerzo individual hay también un esfuerzo colectivo. Pero no se puede olvidar el esfuerzo colectivo ni tampoco el individual. Si no miramos atrás y aprendemos de nuestros errores, estaremos condenados a repetir eternamente esos errores.

La moral pública o, si se prefiere, la ética publica hoy más que nunca no es una cuestión baladí. Es algo extraordinariamente importante. Y como dijera uno de los grandes presidentes de los Estados Unidos que hicieron, con otros, que Estados Unidos fuera un gran país, el presidente Wilson, la más importante de todas las fuerzas de la historia son las fuerzas morales.

Creo que esto es una gran verdad. Cuando este referente se pierde, estamos condenados a caer en la inmediatez, en el pragmatismo más absoluto y olvidarnos de lo importante, y las consecuencias casi nunca son buenas.

Hoy tenemos que reivindicar la política del deber, de la ejemplaridad y hacer participes a todos los ciudadanos de nuestro compromiso y de una manera de hacer las cosas que no es la inmediatez o la búsqueda actual o en el corto plazo de aquello que se nos acusa siempre a quienes nos dedicamos a la política del voto cortoplacista o del interés cortoplacista.

Tenemos que involucrarnos en la defensa común de los derechos y también de las obligaciones. Renunciar a la política o tratar de destruirla es renunciar a lo que nuestra sociedad ha puesto orden real al pluralismo y a la diversidad, que es lo que es exactamente la política. Tenemos que recordar que es la política la que nos inmuniza contra la tiranía, el populismo y las demagogias o las verdades absolutas. Aquellos que tanto alardean de que es el tiempo de la antipolítica o que hay que destruir la política no se dan cuenta de que la mejor protección contra el populismo y la demagogia y la anarquía es precisamente la política escrita con letras mayúsculas. Cuando no se cree en la política, a veces la tiranía empieza a pasear.

Tampoco es un movimiento de vanguardia esto de la antipolitica. Ya en 1958, muchos franceses esperaban al general De Gaulle con una gran expectación, diciendo que era quien iba a terminar en Francia con los políticos. Y en 1961, Fidel Castro decía que él había hecho la revolución para echar de Cuba a los políticos. Ya sabemos lo que ha pasado en ambos países. En cualquier caso, llevar el odio a lo que es el arte del gobierno de los hombres que es la más alta dignidad, cuando se hace con sentido ético, a la que una persona puede aspirar.

La política y la ley nos salvan de la confusión, absolutamente. Quienes carecen de ley también carecen de libertad porque es el referente que establece los espacios de libertad, y determina donde termina la posibilidad del ejercicio de mi derecho y donde comienza tu libertad.

En cualquier caso, lo que tenemos que plantearnos para conjurar todo este tipo de movimiento es que es lo qué se puede hacer desde los partidos políticos. Entiendo que sólo podemos apaciguar estas protestas si insuflamos de auténtica vida a la política y si convertimos la política en una actividad desempeñada por personas para personas.

Sólo vamos a aplacar los reproches si recuperamos la vida pública y sus valores, y sin caer en equívocos, si ofrecemos soluciones nuevas y comprometidas a los problemas de la nueva sociedad.

No se debe olvidar el hecho de que Europa tenga un rico patrimonio histórico cultural, de bienestar durante las décadas que nos han precedido. Todo ello no nos va a vacunar de un declive político, económico, moral o espiritual. La política sin alma, sin sentimiento, sin vida, está condenada al fracaso y tenemos que ser conscientes de ello. No podemos limitarnos, en este momento todavía menos, a ser meros gestores de lo público.

Nuestra obligación es ofrecer a los ciudadanos los mimbres suficientes para tener esto que hoy los nuevos sociólogos llaman un relato histórico, duradero y coherente. O lo que es lo mismo, ofrecer hoy a los españoles una nación cargada de futuro y de porvenir. Esto sólo es posible si defendemos una política al servicio de la libertad, que tiene que velar por la calidad de las instituciones democráticas. Que tiene que tener mecanismos capaces de cercenarla corrupción allá donde brote, que tiene que garantizar la cohesión social, que tiene que dar alas a la sociedad civil y tiene que potenciar las capacidades individuales.

Una política que además de combatir el dogmatismo en sus formas más diversas, ofrezca respuestas a lo que hoy llaman los sociólogos, las identidades compartidas, es decir, todo ese espacio ideológico que de un tiempo a esta parte conforma el pensamiento ilustrado europeo.

Hoy no es incompatible, más bien al contrario, defender la protección medioambiental y dar por hecho que la economía de mercado o la propiedad es la garantía de la libertad y de la iniciativa. Hace unos años, había muchas personas que consideraban que una cosa y la otra eran incompatibles que eran espacios ideológicos separados, esto hace ya bastante tiempo que no es así. Y no sólo tenemos que saberlo nosotros, lo tiene que saber de manera muy clara la sociedad española y también la sociedad europea. 

Hoy no es incompatible defender una escuela pública y al mismo tiempo reivindicar la excelencia y calidad, y la  libertad de padres para elegir el tipo de educación que quieren para sus hijos.

Ese espacio ideológico que nos pertenece a todos o ese lenguaje y esos conceptos, que no son patrimonios de un espacio ideológico concreto, es lo que tenemos que defender. Tenemos que saber dónde estamos embarcados. Estamos en un proyecto que va  más allá de nuestro país y que va más allá de la propia Europa. Un continente que hoy, más que nunca, desde hace varias décadas está luchando por reinventarse a sí mismo y que tenemos que tener claro que todos los cambios que sellemos en estos momentos, todos los cambios a los que avancemos, no pueden ser coyunturales y tener por motivo único la recesión o la crisis, tienen que ser cambios estructurales y tener la vista puesta en el horizonte.

Este nuevo proceso de construcción europea en el que estamos embarcados y del que España tiene que ser protagonista en primera línea es quizá el más ambicioso, desde el acta única o desde la creación de la unión monetaria y va mucho más allá. En un mundo globalizado, el dialogo entre regiones es un diálogo capital.

Las negociaciones para el espacio de libre comercio ahora con Estados Unidos son una muestra de la necesidad de este mundo global y la necesidad que tenemos como españoles y europeos e integrantes dentro del mundo globalizado de un espacio de tolerancia, de libertad y de defensa de los derechos del individuo de conquistar ese espacio político, ese lenguaje, esa concepción de la política que es la que nos puede ayudar en estos momentos.

Hay que tener una mirada larga que atisbe el horizonte más allá del corto plazo. Hay que atender a los aires nuevos que nos ha dado la globalización. Hemos hablado tanto de globalización y hemos visto los efectos inmediatos pero no a qué nos ha llevado. Hay que diferenciar la vieja política de la nueva política, y hay que saber muy bien los momentos en los que nos encontramos.

Si el secreto de un gran estadista es hacer explícito lo que en cada época y en cada instante constituye la opinión verdadera e íntima de la mayoría social, esto es lo que tienen que hacer hoy nuestros líderes en España y en Europa. Como decía Ortega, penetrar en el fondo del alma colectiva para sacar a la luz las pretensiones más íntimas de toda una generación.

El proyecto reformista que está llevando a cabo o el Gobierno de España pretende sacar adelante esas pretensiones íntimas de la sociedad española que pedían cambios en todo: en nuestra percepción de la vida, de las cosas, en los valores que imperan en nuestra sociedad, en la forma de ejercer el gobierno, el arte del gobierno de los hombres como decía Aristóteles, y para eso hay que cambiarlo todo.

Hay que cambiar las concepciones y la forma de abordar el espacio de lo público, la gestión de lo público.

Necesitamos cambios económicos pero también cambios en el mundo social. Necesitamos cambios sin duda alguna en la educación. Necesitamos un auténtico proyecto reformista que con ese cambio nos permita llegar a la sociedad española y, a partir de ahí,  a la sociedad europea con toda rotundidad, con toda claridad y ofreciendo soluciones nuevas a un momento nuevo.

Este es el papel que hoy tienen que jugar con grandeza y con espíritu los partidos políticos, y este es el papel que le corresponde jugar de forma ilusionante, comprometida y responsable al Partido Popular.

###IMG### Secretaría de Estado de Cooperación Internacional y para Iberoamérica