El presidente de la mayor potencia económica del mundo se ha proclamado víctima del comercio internacional. Empeñado en “hacer grande América de nuevo”, ha decidido amurallarla detrás de una alambrada arancelaria. Y publica una lista que, arbitrariamente, cataloga presuntos agravios para justificar la cuantía de las tarifas adoptadas como represalia. Cunde así la amenaza de embarcar al mundo en una guerra comercial sin precedentes. Hay para casi todos: desde una base general del 10%, al 34% para China, el 20% para la Unión Europea o el 49% para Camboya. Casi todos: Rusia, Corea del Norte y Cuba, por distintas razones, no comparecen.
Las caprichosas cifras de Trump quieren ser muestra, además, de largueza y generosidad: su artillería tarifaria va con descuento, una “rebaja” presunta que vendría a dar fe de su buena voluntad. Es llevar un poco lejos el sarcasmo…
Es obvio que en cuanto desencadenen sus efectos, los aranceles de Trump provocarán una serie de distorsiones en cadena que alterará muy negativamente el comercio internacional. Los perjuicios serán tan globales como extenso el daño infligido. Conviene volver a recordar –se viene haciendo hasta la saciedad estos días– que en una guerra comercial no hay ganadores. También conviene volver a recordar por qué; volver a refrescar los argumentos que han sido el ABC de un viejo debate que parecía superado: librecambio versus protección.
UN MAL NEGOCIO… TAMBIÉN PARA ESTADOS UNIDOS
La crítica del proteccionismo arancelario puede hacerse bajo muchos aspectos y cabe destacar que entre sus damnificados hay que incluir, en primer lugar, a la economía nacional del país que lo practica:
- Los aranceles son arbitrarios. ¿Cómo se determinan las categorías de la producción nacional que han de aprovecharse de la protección arancelaria y las que deben excluirse? Si se toma el acuerdo de proteger a todas, ¿se las va a dispensar el mismo grado de protección o se va a distinguir entre las mismas y, en tal caso, conforme a qué regla se va a ponderar el grado de protección? La agricultura se quejará de que la sacrifican a la industria o viceversa. Todo proteccionismo arancelario perturba, con mayor o menor intensidad, las condiciones de la competencia y de la colaboración entre las diversas ramas de la actividad económica nacional.
- Los aranceles tienden a aumentar los precios. Suponiendo que existiera un sistema aduanero perfectamente equilibrado, subsistiría un argumento esencial contra él: que tiende a elevar los precios y, por lo tanto, los aranceles sacrifican siempre al consumidor. La finalidad de los derechos de importación no es otra que la de aumentar el precio de las mercancías en el mercado protegido. Cuando un producto extranjero se vende en el mercado nacional –hipotéticamente– a un precio que los productores nacionales consideran poco remunerador para ellos, se busca la manera de conseguir que dicho precio no sea accesible a los productores extranjeros. El derecho de Aduanas repercute sobre estos como un aumento de su coste de producción; y la relación normal que existe entre el coste de producción y el precio de venta tiene como consecuencia probable el que éste experimente el alza correspondiente. Además, el arancel no solo actúa sobre el precio de venta de los productos extranjeros que se importan, sino también sobre el precio del producto nacional similar. No hay más que un precio para un mismo producto en un momento determinado y en el mismo mercado. La incidencia de los aranceles se produce siempre a expensas del consumidor.
RAZONES QUE SON PRETEXTOS O MENTIRAS
El libre comercio internacional es una suerte de división del trabajo que beneficia a todos; tiende a establecer un estado de cosas dentro del cual cada país vende a los otros las mercancías que produce más barato y en mejores condiciones, y les compra las que no podría producir sino en condiciones más onerosas, pagando estas con aquellas. El resultado es una producción más abundante y una riqueza mayor de bienes de consumo; esa división del trabajo será mayor cuanta mayor libertad de comercio haya.
Es indudable que existen desigualdades de un país a otro. Pero el proteccionismo arancelario no es el medio más eficaz para compensar el efecto de esas desigualdades: porque persigue como fin el alza de los precios; es un elemento de carestía y acumula nuevas cargas a las que ya son demasiado gravosas.
Ninguna de las razones que en algún momento pueden limitar un libre cambio irrestricto se dan aquí:
- No se trata de alumbrar en Estados Unidos nuevas fuerzas productivas.
- No es una medida de extrema necesidad adoptada con carácter transitorio.
- No es una respuesta a un peligro inminente de guerra que busque salvaguardar sectores estratégicos.
- No es una política que responda a la quiebra del sistema monetario. Más bien parece que se está pensando en una depreciación voluntaria de la moneda para conferir a las industrias norteamericanas ventajas frente a la competencia extranjera.
Una política comercial sensata que hiciera alguna concesión puntual al proteccionismo siempre se acogería, sin embargo, a la evidencia teórica y empírica que confirma la verdad de los efectos beneficiosos del libre comercio. El proteccionismo se halla dominado casi siempre por el egoísmo de los intereses particulares y no por las amplias perspectivas del interés general. Los diferentes grupos productores consideran la protección como un derecho adquirido, y cada uno de ellos se esfuerza por lograr tanto o más que su vecino y estima lesionados sus intereses si no se les satisface. La política arancelaria es un campo propicio al regateo, a las luchas de influencia y a los compromisos en los que nada representa el interés general y donde el consumidor solo figura como objeto de explotación.
APLAUSOS QUE RETRATAN
Existe una incompatibilidad manifiesta entre los progresos técnicos que originan la producción en masa y la concentración industrial y el estado de aislamiento a que tienden los países que practican el proteccionismo. La gran industria y la producción en masa requieren grandes mercados libres; el proteccionismo arancelario reduce los mercados y traba las corrientes comerciales. Es un auténtico peligro económico.
Otra observación es que el proteccionismo, si se lo desea eficaz y coherente, tiende a ser exhaustivo y conduce así a una completa dirección de la vida económica: no solamente comercio dirigido, sino producción dirigida, agricultura dirigida, industria dirigida, consumo dirigido.
Por otro lado, una mentalidad aislacionista separa unas naciones de otras; las lanza unas contra otras; muestra a los hombres lo que les separa en lugar de aquello que les podría unir. Pueden recordarse aquí las palabras de Sully, dirigidas a Enrique IV, en el sentido de que Dios ha querido que las comarcas fuesen diferentes unas de otras “a fin de que por el tráfico y comercio de las cosas, la frecuentación, conversación y sociedad humana se mantengan entre las naciones.»
Si los dirigentes políticos que han olvidado la prudencia no encontrasen, frente a sus empresas, la resistencia firme y razonada de quienes sí la recuerdan, se verían amenazadas de ruina las bases mismas de la civilización: la miseria moral sería aún mayor que la miseria material.
Por eso asombra ver a ciertos libertarios, muy “patriotas” –y muy despistados– aplaudiendo con ganas un tarifazo brutalmente lesivo para los intereses de España. Se entiende mal lo de un españolismo contrario a los intereses de los españoles. Se entiende mejor al recordar aquello de María Zambrano: “todo extremismo destruye lo que afirma”.